miércoles, 4 de diciembre de 2013

El examen

   Los alumnos ya estaban sentados en sus respectivos asientos y habían empezado el examen cuando entró. El profesor le fulminó con la mirada y le señaló un asiento vacío.
   El alumno se dirigió al pupitre, pero a medio camino se chocó con una mesa, tirando al suelo la cartuchera del compañero. Pidió disculpas mientras recogía los lapices del suelo y los devolvía a la mesa, con lo que se ganó otro par de miradas fulminantes y un "shh" colectivo.
   Finalmente, el chico llegó a su pupitre, donde le esperaba su examen. Abrió la mochila intentando no hacer ruido, sacó su cartuchera y de ésta sacó un boli.
   Cuando el chico dio la vuelta al examen, vio que sólo había un ejercicio:

<<Escribe un relato (mínimo una cara).>>

   El alumno se quedó mirando el examen sorprendido, levantó la vista para mirar al profesor, que estaba escribiendo en un cuaderno, y después observó a sus compañeros. Algunos escribían como locos, otros mordían sus bolígrafos con expresiones pensativas, y otros ni siquiera intentaban hacer nada, resignándose a suspender.
   El chico volvió a mirar su examen, levantó de nuevo la vista hacia el resto de compañeros y miró su examen otra vez.
   No sabía qué hacer, y no es que tuviera la mente en blanco, al contrario, las ideas iban y venían, pero el alumno no se movía más que para levantar la vista y volver a mirar su examen.
   Finalmente, el alumno cogió su boli y empezó a escribir:

 <<Los alumnos ya estaban sentados en sus respectivos asientos y habían empezado el examen cuando entró. El profesor le fulminó con la mirada y le señaló un asiento vacío.>>


Escrito por Alicia González.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Arrugas


  Una vez, cuando era pequeño, le dije a mi madre que qué significaban esas líneas en su cara, las que se iban añadiendo año tras año a su piel. Ella me dijo que en la vida, al igual que una persona pasa por momentos felices, también pasa por momentos tristes, y que cada línea en la piel era como uno de esos momentos, y dependiendo del sitio, podían ser de felicidad o tristeza.
   Por ejemplo, cuando una persona pasa por momentos felices sonríe mucho, por lo que le sale arrugas en las mejillas. Pero cuando una persona está triste o enfadada, hace otros gestos, como fruncir el ceño, por lo que le sale una línea entre las cejas.
   Desde ese día me fijé en las arrugas de la gente que conocía para saber si habían tenido buenos y malos momentos en la vida; mi padre tenía muchas de esas líneas en las comisuras de los ojos, de tanto reír, y mi madre muchas en la frente, por lo que me imaginé que había vivido muchas sorpresas.
   El día que mi hermano Kyle murió, en la cara de mis padres se dibujaron miles de líneas más, todas ellas de tristeza. Parecía que habían envejecido 10 años justo en el momento en el que la policía llamó a casa para dar la noticia.
   Hoy, al ver mi cara en el espejo, veo que he pasado muchos momentos felices en mi vida, muchísimos, pero por desgracia, también otros muchos de tristeza, y me pregunto cuantas líneas tendría Kyle en su cara ahora.

Escrito por Alicia González.

jueves, 18 de julio de 2013

Historia a cuatro manos - David y Sean

Las dos amigas que formamos este blog vamos a empezar a escribir algunas historias juntas. Que disfrutéis :)


Un día, que tendría que haber sido como otro cualquiera, resultó no ser como siempre.
Me desperté de madrugada y bajé a la cocina a por algo de picar. No podía dormir.
Pero cuando busqué algo para comer, nada me apetecía.
Tan solo podía pensar en él.
¿Por qué? Él sólo era un amigo, ¿no?
O quizás yo sintiera algo más que amistad, quizás Sean fuera más que un simple chico.
Pero, ¿por qué él? Con lo irritantemente tranquilo que era, y torpe, e inmaduro...
Y gracioso, y amable, y sensible, y comprensivo, y friki...
Pero si somos totalmente diferentes el uno del otro. ¿Por qué? ¿Tiene siquiera un por qué?
Entonces sonó el teléfono, era él. A veces le daban esos puntos de llamarme a cualquier hora, por cualquier motivo, simplemente para hablar.
-¿Sí? -dije yo, intentando aparentar indiferencia- ¿Quién es?
-Soy yo, Sean. ¿Molesto?
-Sabes que no -¿me lo parecía a mi o le temblaba la voz?
-Acabo de dejarlo con mi novia.
-¿Y eso? -ahora era a mi a quien le temblaba la voz.
-No sé... Ya... no la quiero, eso es todo.- Dijo. No sonaba muy convincente.
-¿Seguro que eso es todo? -pregunté, intentando sin mucho éxito no sonar preocupado.
-Claro. Oye, ¿haces algo mañana? Porque había pensado... Pero si estás ocupado no importa, lo dejamos para otro día.
-No, no. ¿Qué habías pensado?
-O mejor, ¿quedamos ahora?
-Eh... sí, claro. ¿Dónde?
-Sorpresa. Ya verás, ¿te recojo en media hora?
-Sí, claro.
-Pues hasta luego.- Colgué , y me quedé un rato observando el teléfono, sin saber del todo lo que acababa de pasar.
Y al darme cuenta de lo que hacía reaccioné, y fui corriendo hacia mi cuarto intentando no hacer ruido para no despertar a nadie.
Ya se acercaba el verano, y con él el calor, por lo que por las noches dormía siempre en calzoncillos.
Busqué unos pantalones vaqueros y alguna camiseta decente que ponerme, y corrí al cuarto de baño a lavarme los dientes y peinarme.
Justo a las dos de la madrugada, Sean vino a recogerme.
No dejaba de pensar en cosas ridículas mientras salía de casa, como por ejemplo si estaría bien la ropa que llevaba, si me había peinado bien, etc.
-Me gusta mucho tu camiseta.- Dijo- Te sienta bien ese color.- Al parecer no iba tan desastroso como yo pensaba.
-Gracias -menos mal que estaba oscuro y no pudo ver como me sonrojaba...
-¿Y bueno, qué? ¿Intrigado? ¿nervioso?- Preguntó. Parecía haberme leído el pensamiento.
-Sabes que sí -y para mi sorpresa, me cogió de la mano.
Sonrió. Yo estaba muy nervioso, y él pareció darse cuenta.
-Tranquilo, ¿vale? Sólo quiero hablar contigo, hace tiempo que quiero hacerlo.
-¿Hablar? ¿Sobre qué?
-Espera que lleguemos, paciencia.
-¿Llegar adónde?
-Paciencia -dijo riendo.
Paciencia. Yo no tenía de eso, y menos en aquel momento.
Al fin, llegamos a un edificio. Al llegar a la puerta, Sean cogió unas llaves del bolsillo con la mano que no sostenía la mía y me invitó a pasar tras abrirla.
-¿Dónde estamos? ¿Qué es este lugar?
-Sólo un poco más de paciencia, ya verás, merecerá la pena.
Entonces, tocó el interruptor de la luz que había a nuestra derecha, y me guió de la mano mientras subíamos unas escaleras.
Subimos hasta el último piso del edificio. A esas alturas, no podía estar más nervioso.
-Cierra los ojos. -Me dijo.
-¿Por qué?
-¿Por qué qué?
-¿Por qué estamos aquí? No entiendo qué...
-No pasa nada, tú confía en mí.
Y confié en él.


Escrito por Ellen Hamon y Alicia González.

martes, 16 de julio de 2013

El primer sábado de cada mes.


 Cuando era niño, a mis padres les gustaba llevarnos a mis cinco hermanos y a mi a pasar el día en el campo. En realidad, el campo no era ninguna novedad para nosotros, ya que nuestra familia era pobre y trabajábamos mucho todos desde pequeños, pero el primer sábado de cada mes, todos nosotros dejábamos lo que teníamos que hacer para el día siguiente, nos poníamos nuestras mejores ropas y salíamos en familia a disfrutar del día.
   Cuando llovía, mis padres se quedaban en el porche trasero de la casa hablando mientras nosotros nos metíamos en una pequeña casa de madera que habían hecho mis dos hermanos mayores, Luis y Jorge, y pasábamos el día jugando a juegos de cuando éramos críos. Luis, el mayor de todos con 19 años, era mi hermano favorito. Como era el más pequeño de todos mis hermanos con 7 años, ellos no me querían incluir en sus juegos a veces, pero él siempre me sentaba en su regazo, me preguntaba a qué quería jugar yo y jugaba conmigo a cualquier cosa, fuera lo que fuera, cualquier cosa.
   En cambio, cuando hacía el sol, cada uno iba por su cuenta; Jorge y Luis se quedaban en la casita hablando de cosas de mayores. Los mellizos, María y Pablo, se iban con Lucas, con quien sólo se llevaban un año a dar paseos, y yo pasaba el día entero tirado en la hierba mirando el cielo, desde por la mañana para ver las nubes e imaginar formas en ella, hasta por la noche para mirar las estrellas. Mis padres seguían en el porche, y de vez en cuando me animaban a que fuera a jugar con mis hermanos, pero yo siempre les decía que quería estar allí.
   Cuando ya era muy tarde y era hora de volver a casa, yo me quedaba siempre dormido en el suelo mientras miraba al cielo, así que Luis siempre me llevaba en brazos a la cama.
   Esos fueron los mejores días de mi vida.


Escrito por Alicia González.

miércoles, 3 de julio de 2013

Pensamientos de un bebé


Elena sonreía, asombrada, ante todo lo que veía. El cielo azul, un sol gigante iluminando el cielo, algunas nubes blancas que se movían con la suave brisa que soplaba. Sentada en la hierba, podía sentir el tacto, el olor, la delicadeza de las flores que la rodeaban, tan diferentes, tan coloridas. Árboles altísimos a lo lejos, en la montaña. Mariposas revoloteando alrededor, y la pequeña casita blanca al fondo del prado...
Una mariquita se posó en la pierna de la bebé. Ella, impresionada, intentó atraparla entre risas, hasta que la mariquita salió volando. Elena extendió la mano todo lo que pudo para alcanzarla, pero la mariquita siguió su camino.
Elena era pequeña, aún no había aprendido a hablar, ni siquiera se sostenía en pie por sí misma, tenía que gatear para desplazarse, y llorar si tenía hambre, o frío, o sueño, o por cualquier cosa. Eso era algo que a veces irritaba a sus padres, y ella lo sentía mucho, pero no sabía de qué otra manera comunicarse.
Su madre estaba justo detrás de ella, sujetándola por la espalda para que Elena no se cayese. Tumbada en la hierba, disfrutando de aquel maravilloso día, canturreaba una cancioncilla que su madre solía cantarle siempre, por lo que terminó memorizándola. Elena ya había empezado a reconocerla, cada vez que su madre la cantaba, Elena sabía de qué canción se trataba, aunque todavía no fuese capaz de cantarla con ella. A Elena le gustaba mucho la voz de su madre, suave, dulce, siempre calmada...
- ¡Cariño! ¡La comida está lista!- Gritó papá desde el interior de la casita blanca.
- ¡Ya vamos!- Dijo mamá.- Elena, tesoro, ¿tienes hambre?- Elena tan solo sonreía, admirando lo guapa que era su madre.- Vamos, vamos a ver qué nos ha preparado papá.- La madre cogió a Elena en brazos, ésta contenta y sonriente. Todavía le quedaba mucho por aprender, pero tenía ganas. Ganas de conocer más cosas, ganas de pasar más tiempo con esa mujer y ese hombre, su padre y su madre, que tanto la cuidaban y tan feliz la hacían. Elena esperaba poder devolverles todo aquello algún día.



Ellen Hamon.



martes, 2 de julio de 2013

Para Inma Nieto :)

  Érase una vez, en un instituto de La Línea, una clase que, aunque la media de notas era alta, no había muy buena relación entre los alumnos. Los chicos no eran malos en realidad, sino que cada uno miraba por sí mismo, sin preocuparse por los problemas de otros.
   El primer día del curso, cuando los alumnos oyeron el nombre de la que sería su tutora ese año, se miraron extrañados. Por una parte, se alegraron de que no volvieran a tener el mismo tutor del curso anterior, pero por otro, les preocupaba que la nueva fuera aún peor. ¿Quién era Inma Nieto?
   Cuando subieron a clase aquel día y la tutora les dio una charla, quedó más que claro que aquella profesora no toleraría tonterías, aunque tampoco se le veía que fuera mala. Ellos pensaron que sería una de tantas profesoras que habían tenido, que se limitaría a entrar y salir de su vida sin dejar marca, pero se equivocaron.
   A lo largo del curso, los alumnos pudieron ver que aquella profesora, además de llevar sus clases realmente bien, era un gran ejemplo a seguir. Los alumnos vieron también que la profesora realmente quería ayudar en los problemas de la clase, que para ella los alumnos no sólo eran eso, alumnos, sino también personas, lo que hizo que quisieran mejorar.
   Al final del curso, aunque no todos habían mejorado como alumnos, sí que lo hicieron como personas.

Alicia González.


   Un día, no hace mucho tiempo, alguien me preguntó: “¿quién ha sido la personas que más te ha marcado en la vida?”.
   Aquella pregunta me hizo reflexionar. ¿Mis padres? ¿Algún amigo? ¿Algún famoso?
   Y entonces el nombre de “Inma Nieto” se cruzó por mi mente.
   Inma fue mi tutora y profesora de lengua en 3º de ESO.
   Recuerdo claramente el día en que la conocí, aunque ya hace años de aquello. Recuerdo el momento en el que nos llevo a la que sería nuestra clase, y nos empezó a hablar sobre lo que haríamos durante el curso, el horario, las normas... Recuerdo cuando me hizo tirar el chicle a la papelera, recuerdo haber mirado a Marta y ambas decir con una sonrisilla: “Esta nos va a poner firmes”. Y la verdad es que nos hacía falta. Inma llegó justo en el momento oportuno, cuando la relación entre compañeros de clase no era muy buena. Inma nos enseñó mucho, pero no sólo sobre gramática y literatura. Nos enseñó cosas más importantes, nos enseñó a conocernos, nos enseñó a ser mejores personas. Se preocupaba por nosotros y nos ayudaba a mejorar. Recuerdo cuando tenía quince años y pensé: “yo quiero ser como ella de mayor”, porque Inma fue todo un modelo a seguir, y ahora que ya he crecido, y tengo mi casa, mi trabajo, mi marido y mis hijos, me siento orgullosa de haberla tomado como ejemplo, porque Inma Nieto me ayudó a crecer, tanto académica como personalmente. Por eso cuando me preguntaron qué persona me había marcado más en la vida, yo contesté segura: Inma Nieto.
   Porque es una mujer admirable, guapa, inteligente, segura de sí misma... y me alegro de haberla conocido, me alegro de haber sido su alumna, me alegro de lo mucho que me hizo reflexionar, me alegro por todo lo que hizo en el curso por nosotros...


   
Por todo eso y más, Inma Nieto marcó mi vida.
Ellen Hamon.



Con mucho cariño, de tus alumnas Ali y Ellen :)

viernes, 28 de junio de 2013

Amy

  
 Lo notó desde la primera vez que entró en la casa en la que pasaría los fines de semana.
   Sus padres se habían separado, y ahora tenían custodia compartida, por lo que entre semana Amy viviría con su madre y seguiría yendo al mismo instituto y los fines de semana los pasaría con su padres y su nueva novia, Jane, la cual tenía la mitad de años que su padre.
   -¡Amy! ¡Hola cariño! ¿Qué tal el viaje? ¿Muy largo verdad? -dijo Jane para abrazarla- Espero que vengas con hambre. Tu padre me chivó cual era tu comida favorita, y he estado haciéndola durante toda la mañana para ti. ¡Pasa! ¡No te cortes! ¡Como si estuvieras en tu casa!
   Amy intentaba llevarse bien con Jane, pero a veces era realmente insoportable. Se limitaba a hablar y a hablar todo el rato. Realmente, no sabía que había visto su padre en Jane para abandonar a su madre. No es que le guardará rencor, Amy era lo suficientemente mayor y madura para saber que los matrimonios no siempre salen bien, pero, ¿qué tenía Jane que no tuviera su madre?
   Mientras Amy reflexionaba sobre sus padres y Jane hablaba y hablaba mientras la llevaba a su habitación, notó una mano en su hombro, pero al girarse no había nadie. Bah, serían imaginaciones suyas...
   -Bueno, ¿qué te parece? -preguntó Jane cuando entraron en el que sería el cuarto de Amy- Ayer estuve limpiándolo y arreglando una par de cosas. No debería decirlo yo, pero puedo llegar a ser toda una manitas, ¿quién lo diría?
   Dijo todo esto entre sonrisas y carcajadas, pero a Amy no le salían más que muecas en sus intentos por sonreír.
   -Está muy bien, gracias -se limitó a contestar ella.
   -De nada, cariño. Como si estuvieras en tu casa -repitió Jane antes de despeinarle con la mano y salir de la habitación.
   Amy respiró profundamente antes de peinarse el pelo con las manos y sentarse en la cama. Odiaba que le llamara “cariño”, y tampoco le hizo mucha gracia que le tocara el pelo, no la conocía más que de dos o tres semanas.
   Se quedó mirando su habitación, realmente satisfecha. Para su sorpresa, Jane tenía muy buen gusto. Las paredes estaban pintadas de azul claro con detalles de flores de distintos tonos de azules, algunas blancas. Había un escritorio con un portátil en una esquina del cuarto, dos puertas que debían ser el cuarto de baño y un vestidor para ella sola, una estantería para poner algunos libros y una cama de matrimonio para ella sola. También había una ventana que daba a la piscina. Desde luego, no se podía quejar...
   La casa era realmente grande, de dos pisos, con piscina, cuartos gigantes y cuarto de baño en cada uno de ellos.
   Amy colocó la ropa que había traído de casa en el gran vestidor y echó un vistazo a los libros que había en la estantería. Su padre sabía lo mucho que le gustaba la lectura, así que le había conseguido algunos libros, pero ni siquiera eso lograba alegrarla. Volvió a sentarse en la cama y a observar todo el cuarto. No podía dejar de preguntarse por qué se habían separado sus padres. ¿Era su culpa? Había ido todo tan rápido... en dos meses, cada uno iba por su lado.
   Amy intentó dejar de pensar en eso y decidió bajar ya a comer. En el comedor la esperaban su padre y el hijo de Jane, Arthur. Arthur era sólo un año mayor que Amy, pero la trataba como si fuera una niña pequeña. Cuando entró ni se molestó en mirarla, estaba demasiado concentrado en su móvil, al cual no dejaba de teclear, por lo que se oía un molesto “tic-tic-tic” todo el rato que al parecer no le molestaba más que a ella.
   -Hola, Amy -le dijo su padre sonriendo-. ¿Qué tal todo? ¿Te gusta tu cuarto?
   A Amy le encantaba ver a su padre últimamente. Intentaba negárselo, pero desde que se divorció y le presentó a Jane le brillaban más los ojos y la sonrisa cuando hablaba.
   -Bien, está realmente bien -contestó Amy mientras se sentaba a la silla que daba al lado de su padre, quedando frente a frente con Arthur.
   -¿Qué tal tu madre? Me hubiera gustado hablar con ella, pero ya sabes, tenía que trabajar...
   -Bien. Este fin de semana va a pasarlo en casa de la tía Annie.
   -Me alegro mucho -dijo apretándole la mano.
   Jane entró en el comedor con los platos de comida. Amy no pudo evitar ponerse algo triste al ver lo contento que estaba su padre al verla, a ella le gustaría que sonriera así cuando viera a su madre, no a Jane...
   Notó una mano rozando en la mejilla y no pudo evitar sobresaltarse. Estaba convencida de que no habían sido imaginaciones suyas.
   -¿Amy? ¿Pasa algo? -preguntó su padre.
   -¿Eh?
   Entonces Amy se fijó en que todos la miraban; su padre con gesto de preocupación, Jane elevando las cejas con la cabeza ladeada, curiosa, y Arthur como si estuviera loca.

   -No, nada -dijo Amy sonriendo mientras notaba como se ponía roja.


Escrito por Alicia González.

Locuras de un alma viajera

   
-¿Qué quieres ser de mayor? 
   No sé cuántas miles de veces en la vida me habrán hecho esa pregunta, sobre todo mi madre, que se preocupaba por lo soñadora que siempre había sido.
   -Déjala mujer, ya se le pasará -decía mi padre siempre.
   Y mi madre se mordía las uñas hasta la raíz mientras me miraba como si de un momento a otro fuera a desaparecer.
   Lo que le preocupaba tanto a mi madre era la respuesta que yo siempre daba a la pregunta que ya he dicho anteriormente.
   -Seré exploradora, y veré el mundo entero. Conoceré a millones de personas y hablaré cientos de idiomas distintos.
   Cuando era pequeña la gente me despeinaba el pelo con la mano y no me tomaban muy en serio, aunque tampoco era de extrañar. Pero cuando ya tenía mis 15 años, la gente me miraba algo extrañada.
   -Pero, ¿no vas a estudiar nada? ¿No quieres ir a la universidad? -decían algunos.
   -Bueno, tendré que estudiar idiomas. Y dígame usted para que me serviría la universidad si lo que yo quiero es ver mundo -les contestaba yo.
   A medida que iba creciendo, la gente se iba apartando más de mi, ya que ninguno compartía mi punto de vista, aunque a mi no me importaba, yo seguía encerrada en libros y en sueños por voluntad propia; hasta que llegó él.
   Se llamaba Dante. Dante había nacido en un pueblecito de Italia, pero no permaneció mucho tiempo allí. Había viajado con su madre desde que tenía uso de razón, por lo que no recordaba aquel pueblecito en el que nació, ni tampoco conoció nunca a su padre, pero hablaba muchísimos idiomas y había visto mundo, que era lo que realmente me interesaba a mi.
   No tardé mucho en caer rendida a sus pies, y lo mismo de él conmigo.
   -Dante, ¿en qué sitios has estado? -le preguntaba yo siempre.
   -En muchos, Annie, y algún día te llevaré a todos ellos -respondía él siempre.
   Dante no se quedó mucho tiempo donde yo había vivido durante toda mi vida, pero prometió volver cuando yo cumpliera los 18 y pudiera ir a donde me diera la gana aunque mis padres no quisieran, que era el problema, mis padres.
   -¿Por qué no me dejáis soñar? -les decía yo siempre.
   -Ya has soñado más que suficiente, Annie -contestaba mi padre enfadado siempre-. Y encima llega el italiano ese y hace que te vuelvas aún más loca...
   Y mi madre seguía mordiéndose las uñas hasta la raíz.
   ¿Por qué me llamaba loca? ¿Porque para mi las cosas que a ellos les parecían esenciales no eran más que tonterías? ¿Por qué no compartía el mismo punto de vista que tenían ellos sobre todo? Quizá los locos fueran ellos, que creían que podrían pararme los pies...


Escrito por Alicia González.

viernes, 21 de junio de 2013

Amigo

   Terry salió de casa a las 6 para correr, igual que todos los fines de semana. Entre semana corría antes de ir al instituto, y por la tarde podía llegar a pasarse horas en el gimnasio.
   Terry medía alrededor de 1,75 m, y era ancho y musculoso, aunque antes no había sido así.
   Desde que era pequeño había sido un niño gordo. En el colegio le habían empezado a molestar con eso, y en el instituto habían llegado a fastidiarle bastante con el tema. Había llegado a pesar más de 100 kilos.
   Siempre que salía a correr no podía evitar recordar su anterior vida. ¿Por qué a la gente le había importado tanto su peso? Incluso acabó por importarle a él también. Aunque era un chico de lo más inteligente, buena persona e incluso divertido, a la gente le daba igual, lo que les importaba era su físico.
   Llegó a un punto en el que Terry no soportaba mirarse en un espejo, y ni hablar de que alguien le viera sin camiseta.
   Terry pensó que si empezaba a comer mejor y a hacer ejercicio acabarían aceptándolo, y aceptándose a sí mismo, pero resultó que la gente que, cuando perdió peso, se acercó a él, era gente de lo más estúpida y superficial.
   ¿Dónde estaba la solución entonces? ¿Qué tenía que hacer para tener amigos? Y es que se sentía tan sólo...
   Esa mañana, Terry llevaba la música a todo volumen en sus auriculares. Iba a cruzar por una esquina, cuando chocó con algo y cayó sentado en el suelo. Había un chico más bien pequeño tumbado en suelo mirándolo con sorpresa. Terry se quitó los auriculares y, tras levantarse él, ayudó al otro chico a levantarse.
   -Eh, ¿estás bien? Lo siento, no te he visto -le dijo Terry.
   -Ya, ya, se ve...
   -¿Te has hecho daño?
   -No, no. Estoy bien -dijo el chico pequeño sonriendo-. Me llamo Kevin, ¿y tú?
   -Terry -dijo éste dándole la mano al pequeño Kevin.
   No parecía en realidad tan pequeño, tendría a lo mejor uno o dos años menos que Terry.
   -Creía que era el único que corría tan temprano un sábado -dijo Kevin.
   -Pues ya ves que no -contestó Terry sonriendo.
   -Bueno, yo me tengo que ir ya. ¿Hacia dónde vas tú?
   -Ah, en realidad pensaba dar un rodeo por la manzana, pero si quieres te acompaño, no tengo prisa.
   -Bien, ¿vamos?

   Y así conoció Terry a su primer y mejor amigo, pensando en lo sólo que estaba y sin esperárselo, desde luego.


Escrito por Alicia González.

miércoles, 19 de junio de 2013

Perfección



Te sigo, te observo, memorizo. Todos y cada uno de tus movimientos, los proceso y los guardo en mi memoria. Tus gestos, tus miradas, tu sonrisa, esos movimientos tan elegantes que haces con el pelo... Perfección.
Estamos hechos el uno para el otro, aunque tú aún no te hayas dado cuenta.
Me crearon para estar a tu lado, y tú naciste para estar al lado mío. Yo, mente brillante, cuerpo impecable. Perfecta. Diseñada para no cometer errores.
Y enamorada, de ti.
Mi corazón no va al mismo ritmo que el tuyo, está hecho de otro material. No corre sangre por mis venas, pero eso no importa. Tarde o temprano comprenderás. Tarde o temprano te darás cuenta de lo que podríamos llegar a ser. Tú y yo. Perfección. Tu lado más humano, latidos regulares; mi lado más completo, inmejorable.
Ya soy tuya, y aunque tú aún no reconozcas, ya eres mío. Inevitable.
Perfecto.


Escrito por Ellen Hamon :)

domingo, 16 de junio de 2013

Las dos lunas

   Hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano, había un planeta dividido en dos reinos, en los cuales había dos jóvenes que serían los futuros reyes de cada uno. Uno de ellos era un joven llamado Koa, con la piel negra y los ojos y el pelo plateado; la otra era una joven llamada Ame, con la piel plateada y los ojos y el pelo negro. Algún día, ellos reinarían sobre sus respectivos reinos, situados en lados opuestos del planeta.
   Cada reino tenía una luna; la del reino de Koa se llamaba Alana, y la del reino de Ame, Liliana. Los habitantes de los reinos no adoraban a un Dios, sino que adoraban a las lunas. Alana y Liliana estaban quietas en el cielo, justo encima de donde se habían construido los dos palacios, siempre ahí, y siempre ahí iban a rezar los habitantes de los reinos.
   A pesar de que los dos reinos eran similares en costumbres, eran enemigos. Ninguna persona que fuera de un reino tenía relación con otra del otro, nunca.
   Una de las noches en las que Ame, como futura reina que era, vigilaba su territorio, se encontró con Koa en la frontera entre los reinos, y no pudieron evitar enamorarse el uno del otro.
   Se encontraban allí todos los días, para pasar unos minutos juntos. Pero cuando los entonces actuales reyes de los reinos se enteraron de su relación, les obligaron a separarse para no verse más.
   Ame y Koa rogaron a sus respectivas lunas que les dejaran estar juntos. Las lunas, al ver el amor sincero que había entre los dos jóvenes, hablaron con el planeta, e hicieron un trato; una vez al año, Ame y Koa podrían estar juntos en el centro del planeta durante 24 horas, donde estarían protegidos de los habitantes del reino, pero sólo a cambio de que los jóvenes les entregaran su alma a las lunas.
   Desde entonces, las lunas empezaron a girar por el planeta, y una vez al año, cuando daban la vuelta completa, se quedaban quietas durante 24 horas sobre sus respectivos reinos, para que Koa y Ame estuvieran juntos.



Escrito por Alicia González.

Confianza

   
   En realidad, todos somos frágiles por dentro. Quizás nos confundimos y creemos que somos como una especie de caja, o armario, alguna caja fuerte donde guardar nuestros secretos, defectos, inseguridades, fallos, problemas. ¿Somos lo suficientemente fuertes para aguantar todo eso sin rompernos? No, tan sólo somos personas, simplemente no estamos hechos para guardarnos cosas.
   A mi me gusta esconder mis sentimientos y reflexiones en palabras, en historias, por eso escribo tanto. No se me da muy bien hablar, no suelo decir las palabras más adecuadas, por eso prefiero escribir, si me equivoco sólo tengo que borrar y volver a escribir otra cosa.
   Pero, ¿es un buen escondite éste? ¿No es mejor que puedas contarle todo a otra persona, en lugar de esconder y esconder? Pero espera, ¿cómo sé en quién puedo confiar y en quién no? Puedo estar equivocándome.
¿Qué es peor, no saber en quien confiar o no querer confiar en nadie?


Escrito por Alicia González.

domingo, 9 de junio de 2013

El poema 2

   Leo y Nina salían juntos del instituto para dirigirse a casa de esta última.
   -¿Me puedes leer algún poema hoy? -dijo Leo cogiendo a Nina de la mano.
   -Si quieres... hay uno muy bonito, muy romántico -le contestó Nina-. A lo mejor ya lo conoces.
   -No sé, no conozco yo mucha poesía que digamos.
   -Seguro que sabes cual es.
   Cuando Nina y Leo llegaron a la casa, se metieron en el cuarto de Nina. Leo se sentó en el sofá mientras Nina buscaba el poema que quería leerle a Leo entre sus libros.
   -¡Aquí! ¿Empiezo?
   -Sip.

<<Me gusta cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como ausente.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.>>

   -Este es de Pablo Neruda. ¿Qué tal?
   -Me gusta más el otro, pero este está bien. Me sonaba el primer verso, pero ya está, el resto no lo conocía, ni tampoco sabía de quien era. Léelo otra vez.
   Nina se sentó al lado de Leo y empezó a leerlo otra vez.


Escrito por Alicia González.

sábado, 8 de junio de 2013

Las tres rejas

   ¡Hola a todos! Este es un mini-relato que acabo de leer en internet, que ya conocía de hace tiempo y me gusta mucho, así que lo comparto con vosotros.

LAS TRES REJAS
   Un joven discípulo de un filósofo sabio llega a cada de éste y le dice:
   -Escucha, maestro. Un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia...
   -¡Espera! -lo interrumpe el filósofo- ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?
   -¿Las tres rejas?
   -Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?
   -No. Lo oí comentar a unos vecinos.
   -Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?
   -No, en realidad no. Al contrario...
   -¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquiera?
   -A decir verdad, no.
   -Entonces -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.



Alicia González. 

Como nacer de nuevo


Cada uno tiene sus creencias. Yo creo que todos tenemos una vida pasada, pero que ninguno recordamos cuál fue. También creo que en algunos casos es posible traer de nuevo a la memoria vivencias y recuerdos de aquella otra vida, de aquel otro ser que en un tiempo fuimos.
¿Imaginas que en el pasado hayas pertenecido a la realeza? ¿Podrías haber sido una persona famosa en tu antigua vida? ¿Fuiste una persona, o tal vez un animal? En ese caso, ¿un animal terrestre, acuático...? ¿Podías volar en tu otra vida? ¿Fuiste hombre o mujer?
Seguramente te parecerá un estupidez esto que te estoy contando, pero tengo mis motivos, y te puedo asegurar que es la pura verdad. Yo misma he experimentado esa sensación, la sensación de recordar cosas que nunca antes has vivido, o que puede que hayas vivido pero tú no lo recuerdes. No hablo de deja vu, ni nada por el estilo. Hablo de auténticos recuerdos. Cosas que ya han pasado.
Por ejemplo, el otro día me encontraba yo con mis amigos en la plaza, sentados en los bancos situados en frente de la iglesia de estilo gótico que tanto fascinaba a Julián. Él fue quien me habló de todo esto de la reencarnación. Me contó que aquella iglesia llevaba allí varios siglos, y que él solía acudir a menudo a sus misas. Me explicó que hace muchísimo tiempo, en su vida pasada, él fue católico practicante, y que en esa misma iglesia se casó con Ana, la cual fue su esposa durante varios años, hasta que falleció debido a un terrible accidente, pues murió al caerse desde lo más alto de un campanario, y entonces él solo se hizo cargo de sus cuatro hijos, y logró sacar su familia adelante. Me contó que su nombre verdadero no era Julián, pero que no recordaba cuál era. Le comenté, entonces, que a veces me venían imágenes a la cabeza, imágenes de lugares en los que nunca había estado o de personas que no conocía, pero que de algún modo, sabía que eran reales. Él me sonrió.
- Eso es que estás empezando a recordar.- Me dijo.

Por fin llegaron las vacaciones, y así pude pasar más tiempo con Julián, aprendiendo mucho más sobre este tema que tan cautivada me tenía.
- ¿Qué puedo hacer para recordar más cosas sobre mi otra vida?- Le pregunté. Él se encogió de hombros.
- No sé.- Me contestó.- No todo el mundo es capaz de recordar, y mucho menos recordarlo todo. Cada uno tiene sus límites. Yo, por ejemplo, no soy capaz de recordar ningún nombre, excepto el de mi mujer, Ana. No recuerdo el de mis hijos, ni si quiera el mio propio... Sin embargo, recuerdo perfectamente sus caras, sus voces, recuerdo con claridad dónde vivíamos, y a veces recuerdo vagamente momentos exactos que sucedieron en aquel tiempo.- Cualquiera que no crea en esto que os estoy contando, seguramente pensará que estamos locos, que deberían encerrarnos en un manicomio, que todo esto no es más que fruto de nuestra imaginación y que nos lo hemos inventado todo. Pero, dejadme deciros una cosa, ¿no sentís a veces, como que no sois vosotros? ¿Os sentís diferentes, raros sin ningún motivo? ¿Veis a alguien, o algo que os resulta familiar, pero no sabéis de qué? Pues bien, pensad lo que queráis, pero yo creo que todo eso no es otra cosa mas que recuerdos de una vida pasada.
  
Aquella misma noche tuve un sueño, un sueño rarísimo.
Era yo, subida a una torre altísima, casi podía rozar las nubes con mis dedos. Entonces miré hacia abajo, y sentí cómo estaba apunto de caer. Miedo, mareo, una sensación de vértigo que jamás antes había sentido. Yo no le tenía miedo a las alturas, ¿acaso en mi vida anterior sí? Aquella sensación era horrible. Sufrimiento. Agobio. Desesperación.
- ¡Me quiero bajar! ¡Me quiero bajar! ¡Que alguien me ayude! ¡Quiero bajar!- Gritaba. Pero nadie me oía. Y entonces lo vi, a lo lejos. Julián. Tenía algo extraño en su mirada. Y su sonrisa, ya no era cálida y amistosa como siempre. - ¡Julián! ¡Julián, ayuda!- No parecía escucharme.- ¡Marco! ¡Marco, ayúdame, por favor!- Grité de repente. Aún no sé bien por qué. Julián se acercó poco a poco, al escuchar aquel nombre, y con una expresión, ahora de cariño en su rostro, subió, y me ayudo a bajar de la torre.Una vez abajo, me abrazó fuerte, pero dulcemente.
- Te he echado de menos, Ana.- Dijo. Y entonces desperté.

Al día siguiente Julián me llamó, diciendo que tenía una sorpresa para mí. Sonaba muy excitado, por lo que supuse que sería algo importante.
Quedamos a las cuatro de la tarde en la plaza, y juntos caminamos hacia el cementerio del pueblo. Estaba divido en dos partes, la parte vieja y la nueva, que fue construida hace unos 50 años. Nos detuvimos casi al final de la parte vieja.

-¿Por qué me has traído aquí?- Estaba un poco preocupada. Durante este tiempo había llegado a pensar que entre Julián y yo podría haber algo, algo más que amistad, pero este era un lugar muy extraño para una primera cita.
-Shhh.- Dijo.- Observa.- Entonces señaló en dirección a una tumba. -Lee la inscripción.- Me costó un poco, ya que era una lápida muy, muy antigua, consumida por el polvo, la mugre, y el tiempo. Pero entonces, tras concentrarme mucho, leí, sorprendida, en voz alta:

Aquí yace Ana de la Villa”
Nuestro amor es eterno, volveremos a encontrarnos”
   -Marco.

Entonces comprendí, y varias lágrimas brotaron de mis ojos para recorrerme las mejillas. Julián se acercó por detrás, él también estaba llorando, llorando de alegría.
- Un amor así no podía acabar de esa manera. Te dije que nos volveríamos a encontrar.- Y acto seguido me abrazó. No sé cuánto tiempo estuvimos así, los dos quietos, llorando y abrazándonos en aquel viejo cementerio, pero lo que sí sé es que a partir de ese momento, nada volvió a ser como antes. Era como nacer de nuevo, había comenzado mi nueva vida...


Por Ellen Hamon :)





jueves, 6 de junio de 2013

Miedos

   Recuerdo aquel día como si hubiera sido ayer. Por aquel entonces yo tendría unos 12 ó 13 años, y mi vecino Jerry... ¿15? Más o menos. Desde que mi madre y la suya se habían hecho amigas, Jerry había empezado a venir a casa cada vez que ellas salían a algún sitio.
   Aquel día, Jerry me preguntó a qué tenía miedo. Estaba realmente pesado, y se puso aún más cuando me negué a decírselo.
   -Venga Carol -me decía una y otra vez-, si me dices tu miedo, yo te digo el mío.
   -¿Por qué no lo dices tú primero? -le dije yo.
   Jerry se quedó mirándome con los ojos entrecerrados.
   -Me da miedo la oscuridad -me dijo-. ¿Y a ti?
   -Vale, voy a decírtelo porque tú me lo has dicho, y la verdad, pensaba que no lo harías... pero ni se te ocurra contárselo a nadie, ¿eh? Será nuestro secreto.
   -Y me llevaré el secreto a la tumba.
   -Bien -respiré hondo y solté el aire sin prisa antes de hablar. En realidad, no me importaba decírselo, pero era graciosa la cara que ponía mientras esperaba a que yo hablara-. Me da miedo el mar.
   -¿El mar? -dijo decepcionado.
   -¿Qué pasa?
   -No, nada. No me imaginaba que eso te diera miedo.
   -¿Y qué creías que me iba a dar miedo entonces?
   Jerry se encogió de hombros.
   -Ven conmigo -le dije.
   Fui a mi cuarto y bajé la persiana de la única ventana que había allí.
   -¿Qué pasa? -dijo Jerry a mi espalda.
   -Shh.
   Cerré la puerta del cuarto y puse la mano sobre el interruptor.
   -¿Listo? -pregunté sonriendo.
   Vi como se le descomponía la cara cuando vio lo que me disponía a hacer.
   Y apagué la luz.
   No oí ningún ruido, así que avancé hasta chocarme con Jerry, quien gritó por la sorpresa.
   -Jerry, tranquilo, soy yo.
   -¿Por qué haces esto, Caroline? ¿Crees que estaba bromeando antes?
   -Quiero que dejes de tener miedo, Jerry...
   -Enciende la luz, por favor.
   -Jerry, escúchame...
   -Carol, enciende la luz.
   -Calla ya y escúchame.
   -Carol...
   Abracé a Jerry antes de que dijera algo más. No era muy alto, un poco más que yo. Le rodeé el cuello con los brazos y le hablé:
   -Olvida donde estamos, ¿vale? Concéntrate en mi.
   -Pero no puedo verte.
   -Pero puedes hablarme. Cuéntame, ¿cómo te ha ido el día hoy?
   Jerry me rodeó con los brazos y empezó a hablar. Podía notar
sus acelerados latidos, y la agitación con la que respiraba.
   -Pues... me ha costado mucho levantarme esta mañana, estuve estudiando hasta tarde anoche.
   -Sigue, muy bien.
   -El examen de matemáticas, para el que había estado estudiando, me salió bastante bien.
   -¿Sí? Me alegro.
   -Sí, yo también. Aunque el profesor de historia me echó la bronca.
   -¿Por qué?
   -Porque me dormí en su clase -dijo riendo.
   Yo me reí con él. Notaba su aliento en la cara cuando hablaba, pero no me molestaba.
   -¿Porque habías estado estudiando hasta tarde?
   -Sí -y volvió a reír.
  Cada vez le notaba más relajado.
   -Lo estás haciendo muy bien Jerry, sigue contándome.
   -Pues Claire ha vuelto a molestarme hoy.
   -¿Claire? ¿Quién es?
   -¿Celosa?
   -Qué más quisieras tú.
   Jerry volvió a reír antes de hablar.
   -Es una niña que está en un curso menos que yo y no me deja tranquilo. Cada vez que paso al lado de ella y sus amigas por el pasillo se ríen y me señalan.
   -¿Y qué ha hecho hoy para molestarte?
   -Me ha mandado una nota en la que ponía lo guapo que era, firmada por “mi admiradora secreta”.
   -¿En serio? -dije riendo.
   -Totalmente en serio -dijo riendo también-. Es irritante.
   -Vamos, sigue diciéndome.
   -Pues... después del instituto ayudé a mi hermana con los deberes. Y más tarde mi madre me ha dicho que se iba con la tuya y con mi hermana, así que he venido a verte.
   -Ajá.
   -¿Y tú?
   -¿Qué?
   -¿Qué has hecho tú?
   -Se supone que el que debe hablar eres tú, no yo, para distraerte.
   -Bueno, tú me distraes.
   -¿Quieres salir ya?
   -¿Por qué haces eso?
   -¿El qué?
   -Siempre que intento saber algo de ti, o no sé, cuando intento conocerte, llevarme mejor contigo, me rehuyes, rehuyes el tema, y no tengo ni idea de ti cuando yo te lo cuento todo.
   -Jerry...
   -¿Qué?
   -Pero, ¿a que ya no tienes miedo?
   Jerry apoyó su frente en la mía y me apretó contra sí.
   -¿Sabes qué me da aun más miedo que la oscuridad?
   -¿El qué? -le pregunté.
   -Tú.



Escrito por Alicia González.

lunes, 3 de junio de 2013

El desconocido

   Aquel día yo iba caminando como si nada hacia el instituto, como hacía cada día, cuando pasó algo que no pasaba cada día.
   Recuerdo que estaba comiendo una manzana por el camino de desayuno, ya que iba tarde a clase, pero en cuanto lo vi, la manzana se me cayó al suelo por la impresión y me olvidé de las clases. Era alto y ancho, con el pelo muy corto y rubio y los ojos negros, completamente negros. Llevaba una mochila colgada del hombro, y sujetaba una hoja de papel en una mano, la cual estaba leyendo con el ceño fruncido.Cuando me quedé pasmada mirándolo fijamente, él levantó la vista y se me quedó mirando también.
   Yo había visto a aquel chico antes, estaba segura, pero ¿dónde?
   El chico rubio se acercó a mi despacio sin dejar de mirarme a los ojos hasta pararse en frente de mi.
   -¿Liz? -preguntó él mientras me acariciaba la mejilla.
   Yo me quedé quieta sin decir nada.
   -¿Eres tú de verdad? -volvió a preguntar el chico rubio.
   -¿De qué te conozco? -le pregunté yo.
   -Nos conocemos de toda la vida, Liz -dijo él-. Ven conmigo.
   Me cogió la mano y me llevó a rastras hasta una casa que había allí cerca, la suya supuse.
   -¿Dónde vamos? -le dije.
   El chico se limitó a sonreírme sin decir una palabra.
   Entramos en la casa y subimos al piso de arriba, entramos en una habitación y me indicó que me sentara en la cama.
   -Espera un momento.
   Estuve estudiando la que debía ser su habitación mientras él rebuscaba en un cajón. Había algunos dibujos de paisajes colgados en las paredes, y no muchos muebles; un escritorio, una cama pequeña y un armario.
¿Qué hacía yo allí, en la casa de un desconocido? ¿Y por qué me parecía como si estuviera en casa?
   Un rato después, el chico se sentó a mi lado en la cama y me dijo:
   -No te asustes, ¿vale? Es normal que no me recuerdes, pero se que lo harás en cuanto veas esto.
   Y me enseñó la foto. En ella aparecíamos el chico rubio y yo. El chico rubio aparecía besándome la mejilla mientras me abrazaba y yo estaba con la boca abierta y los ojos cerrados, como riéndome.
   Y entonces lo recordé todo.
   -¿Aiden? -le dije, sabiendo ya que el desconocido no era para nada un desconocido.
   Él se limitó a asentir. Yo me abalancé sobre él y le llené a besos.


Escrito por Alicia González.

domingo, 2 de junio de 2013

Madres


   -Marta, cielo, ¿puedes llegarte a por el pan? -dice su madre.
   Marta se limita a mirarla elevando las cejas, con gesto de incredulidad.
   -Vale cariño, no hace falta, ya voy yo...
   -Sí, mejor.
   Marta sigue mirando la televisión.
   -¡Ah, Marta! ¡Se me olvidaba! Hoy vamos a comer con un compañero de trabajo de tu padre y su mujer. También vendrán sus hijas, que tienen las dos la misma edad que tú. Estoy segura que...
   -Mamá -interrumpe Marta-, ya he quedado.
   La madre de Marta pestañea.
   -Pero cariño, ya saliste ayer.
   -Sí, y hoy también te he dicho.
   -¿No podrías dejarlo para otro día? A tu padre y a mi nos...
   -Mamá, te he dicho que no, ya está.
   La madre de Marta se muerde el labio para disimular el temblor. Tiene muchas arrugas en la frente, y también a cada lado de la boca. Parece diez años mayor, cuando en realidad sólo tiene 33 años, con una hija de 16. Se quedó embarazada muy joven, pero quiso tener a su pequeña, para que ahora la trate así... todas las oportunidades que ha perdido en su vida...



   -Paula, ¿puedes ayudarme a levantarme? -dice su padre.
   -Sí, voy.
   -Ay, Paulita... ¿qué haría yo sin ti?
   -Pues nada papá, pues nada.
   El padre de Paula se ríe y la despeina con la mano. Cada vez se parece más a su madre...
   -Tengo una sorpresa para ti.
   -¿Una sorpresa?
   -Sí, para que no estés triste por mamá.
   -Pero, ¿qué sorpresa?
   -Si te lo digo deja de ser sorpresa -dice poniéndose su chaqueta-. Tráeme las llaves del coche, ¿quieres?
   -Papá, no estás en condiciones de ir a ningún lado...
   -Tonterías.
   Paula y su padre pasaron el día en el que había sido el restaurante favorito de su madre, hacía ya 4 años de su muerte, y su padre, aunque cada vez le costaba más levantarse de la cama, la llevaba allí a comer para que no estuviera triste, con tal de verla contenta...


Escrito por Alicia González.

jueves, 30 de mayo de 2013

Cita

   Esto que voy a escribir ahora es una cita que he visto en un libro. Ningún personaje lo decía, es que en este libro que me estoy leyendo, al principio de cada capítulo sale algún fragmento de otro libro.
   Allá va:

Porque me maravillé que otros, sujetos a la muerte, vivieran, ya que  aquel al que yo amaba como si nunca debiera morir, estaba muerto; y me maravillé aún más de que yo, que para él era como un segundo yo, pudiera vivir, habiendo muerto él. Bien dijo uno de sus amigos: <<Eres la mitad de mi alma>>; porque sentía que su alma y mi alma eran <<un alma en dos cuerpos>> y, por tanto, mi vida se convirtió en un horror para mí, porque no quería vivir sólo a medias. Y al mismo tiempo temía morir, no fuera que aquel  al que yo tanto amaba muriera por entero.

SAN AGUSTÍN, Confesiones, Libro IV


Alicia González.

miércoles, 29 de mayo de 2013

La curiosidad mató al gato


Matthew cruzó la puerta, indeciso. Dudaba de que aquello fuera lo correcto, por algo su tío se había mostrado tan estricto a la hora de mantenerlo alejado de aquella habitación. Pero la curiosidad que Matthew sentía en aquel momento podía más que todas las normas impuestas por su tío. Además, ahora no se encontraba en casa, no tenía por qué enterarse de que Matthew le había desobedecido.
La sala estaba oscura, no se veía nada. A Matthew le entró un poco de miedo, ¿dónde se había metido? De repente notó como algo suave caía lentamente sobre su cabeza y, temeroso, lo cogió. No estaba seguro, pero por el tacto aquello parecía la hoja de un árbol. ¿Dónde estaba? ¿Qué era realmente aquella habitación?
Decidió caminar a ciegas, quizás hubiera algún interruptor en alguna parte. Según avanzaba, notaba que el suelo que pisaba se reblandecía, ya no parecían losas de mármol, ahora era como... tierra. Pensó que su mente le estaba jugando una mala pasada, siempre había sido un chico con mucha imaginación. Pero lo cierto era que estaba asustado, no sabía hacia dónde iba, no sabía cómo salir de aquel lugar. Pero una vez más, la intriga y la curiosidad pudieron más que su miedo, y no dejó de caminar, quería descubrir lo que estaba ocurriendo.
No sabía cuánto tiempo llevaba caminando en la oscuridad, aquello que siempre había creído una habitación normal y corriente, ahora le parecía infinita. Por más que andaba en línea recta jamás chocaba con ninguna pared. No se oía ningún sonido, le costaba incluso escuchar sus propios pasos, no olía a nada, y como estaba tan oscuro, obviamente el sentido de la vista tampoco le servía de mucho. Aún tenía aquella hoja en su mano. Entonces, algo le hizo dejarla caer de pronto. Un ruido, como el rugido de un animal, de una bestia... Algo se abalanzó sobre Matthew y...
- ¡Ahhh! 
- ¡Te advertí que jamás abrieras esta puerta!- Rugió la bestia, que había derribado a Matthew.
Él forcejeaba, pataleaba y gritaba... Pero ya era demasiado tarde...
Siempre se lo habían dicho, desde pequeño, cuando se inventaba aquellas ridículas historias de fantasía y aventuras, y no paraba quieto explorándolo todo a su alrededor, metiendo las narices en asuntos ajenos... “La curiosidad mató al gato”


Por Ellen Hamon:)

martes, 28 de mayo de 2013

Libros, libros...

   ¡Hola a todos! Bueno, a las personas que lean con frecuencia el blog les extrañará que esto no sea un relato, ya que siempre lo son. Aquí me he animado a escribir ideas que salían de mi cabeza junto con mi gran amiga Ellen, pero he estado pensando durante un tiempo en escribir algo más personal, por lo que poder hablar un poco con las personas que nos lean.
   En esta entrada me gustaría recomendar unos libros que me encantaron cuando los leí. Intentaré hacer entradas como de este estilo con regularidad y lo mejor que pueda.
   Allá van:

Nombre: Just Listen
Autor: Sarah Dessen
Número de páginas: 398
Sipnosis: <<Cuando una vez más Annabel dcide huir en vez de afrontar los problemas, su vida da un cambio radical. Aislada en el colegio y en casa, solo encuentra apoyo en Owen, un compañero del instituto, que tiene por norma decir siempre la verdad, sin importar las consecuencias. Annabel convierte la música en su vía de escape y trata de encontrar el valor de afrontar lo que de verdad ocurrió la noche en la que Sophie dejó de ser su mejor amiga.>>
Opinión personal: Este es el primer libro de esta escritora que leí, y la verdad, aunque al principio era algo entretenido, a medida que seguía leyendo me gustaba aún más.
Me encanta la protagonista de este libro, Annabel, y bueno, estoy enamorada de Owen. Annabel es una chica que ha sufrido mucho, ya sea por los problemas que han habido en su familia o por los que ella misma ha tenido que afrontar.
Y bueno, Owen... ¿qué puedo decir de él? No es ningún estereotipo, es... No sé, en mi opinión, es simplemente perfecto.

<<Bueno, si te das cuenta, la música une a la gente. Posee una fuerza increíble. Algo que dos personas totalmente distintas en todo lo demás pueden tener en común.>>



Nombre: Una canción para ti
Autor: Sarah Dessen
Número de páginas: 399
Sipnosis: <<La regla de oro de Remy es no enamorarse nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia. Es una chica inteligente y muy popular, pero teme involucrarse en una relación y siempre decide cortar antes de que la cosa se ponga seria. Sin pretenderlo, es una rompecorazones, como su madre, una famosa escritora de novelas románticas y coleccionista de maridos. La regla sagrada de Remy se tambalea todo lo que ella odia. Para colmo es músico como su padre. ¿Puede que haya llegado el momento de que Remy descubra el auténtico sentido de esas estúpidas canciones de amor que la gente tararea y que ella detesta?>>
Opinión personas: Este libro es el segundo que leí, lo voy poniendo en orden. La verdad, tenía muchas expectativas para este libro después de haber leído "Just Listen", y aunque no me gusto tanto, también estuvo muy bien.
También me gusta mucho la protagonista del libro, Remy, a pesar de que al leer la sipnosis me pareció que sería una estúpida, me gustó mucho. Eso es algo que tienen en común todos los libros que he leído de esta escritora, que tienen unas protagonistas que me encantan, no como me pasa con muchos otros libros.
Y bueno, qué decir de Dexter... me encantó, incluso me gustó más que Owen, y eso es mucho ¿eh?

<<El amor es una excusa para aguantar cosas que no deberías aguantar. Así es como te engancha. Altera la balanza de forma que las cosas que deberían ser muy pesadas no parecen serlo. Es una estupidez. Una trampa.>>



Nombre: Atrapa la luna
Autor: Sarah Dessen
Número de páginas: 252
Sipnosis: <<Mientras su madre, la reina del aeróbic Kiki Sparks, pasa el verano de gira por europa, a Colie, de quince años, le toca quedarse con su tía Mira en un aburrido pueblecito de Carolina del Norte. Está convencida de que va a ser el peor verano de su vida, pero pronto se da cuenta de que quizá sea todo lo contrario.
Colie consigue un trabajo de camarera en un restaurante donde conoce a Morgan, Isabel y Morgan, con quienes entabla una amistad especial. Gracias a los tres, al final del verano Colie se verá a sí misma de otra manera.>>
Opinión personal: Y por último, pero no por ello menos importante... ¡El tercer libro! Lo encontré en la librería un día de tantos en los que estaba buscando algún libro que leer y me da pena pensar que, si no hubiese sido porque me di cuenta de que era de una autora de la que ya había leído anteriormente, no hubiera reparado en él. Aunque al leer la sipnosis no me interesé mucho, me animé a comprármelo, y no me arrepiento. Este es el que más me ha gustado de todos, el que más me ha hecho pensar.
Al principio, no me gustaba la inseguridad que tenía la protagonista, pero es que ese es el tema principal del libro. Os aseguro que si lo leéis no os arrepentiréis de nada.

<<Hay un secreto que puede convertirte en una chica más guapa y segura de ti misma, pero no es lo crees.>>


A parte de lo que ya he dicho que tenían en común estos tres libros (que me gustan mucho las protagonistas, todas ellas chicas), también tienen en común que su objetivo es hacerte pensar (algo que bastante necesita de vez en cuando...).
Tengo muchísimas ganas de que algún otro libro de esta misma autora se publique en España. Espero no defraudaros con mis recomendaciones. Saludos a todos :)


Alicia González.

El poema

   -¡Aquí está! -dijo Nina sonriendo.
   -¿Me vas a decir ya qué estás buscando? -preguntó Leo.
   -No -dijo Nina riendo-. Ven aquí.
   Leo se levantó de la cama de Nina y ésta lo guió de la mano hasta el diminuto sofá que ocupaba una de las paredes de su diminuta habitación.
   -¿Estás cómodo?
   -Sí -dijo Leo impaciente-, ¿me lo vas a decir ya o no?
   -Lo bueno se hace esperar.
   Leo se rió y se acomodó en el sofá.
   -A saber con qué me sorprendes esta vez...
   Nina cogió la silla del escritorio y se sentó en frente de Leo. Lo observó sin decir nada. Leo parecía mirar a través de ella, a algún punto invisible. A veces le gustaría que pudiera verla, y que le gustara lo que viera, pero eso era imposible.
   Leo se había quedado ciego cuando tenía 6 años.
   -¿Qué estás haciendo? No oigo nada -preguntó Leo.
   -Te estoy mirando.
   Las pálidas mejillas de Leo se tiñeron de un tierno color rojo.
   -No es justo -dijo él.
   -Pero es lo que hay -contestó ella.
   -Ya, bueno.
   Leo extendió la mano hacía Nina. No era la primera vez que lo hacía, así que ella ya sabía lo que quería hacer. Le cogió la mano y se la puso en la mejilla.
   Leo tocó su cara, como tantas veces había hecho ya. Primero sus mejillas, la línea de su mandíbula, hasta la barbilla. Subió hasta sus labios, le acarició la nariz con la suya y apoyó su frente en la de Nina con los ojos cerrados.
   Nina le dio un beso en la mejilla y se levantó de la silla para acomodarse junto a él en el diminuto sofá.
   -Allá va, ¿eh? Atento.
   -Sí, señora.
<<Novia del campo, amapola,
que estás abierta en el trigo;
ampolita, amapola,
¿te quieres casar conmigo?
Te daré toda mi alma,
tendrás agua y tendrás pan.
Te daré toda mi alma,
toda mi alma de galán.
Tendrás una casa pobre,
yo te querré como un niño,
tendrás una casa pobre
llena de sol y cariño.
Yo te labraré tu campo,
tú irás por agua a la fuente,
yo te regaré tu campo
con el sudor de mi frente.
Amapola del camino,
roja como un corazón,
yo te haré cantar al son
de la rueda del molino;
yo te haré cantar, y al son
de la rueda dolorida
te abriré mi corazón,
¡amapola de mi vida!
Novia del campo, amapola,
que estás abierta en el trigo;
ampolita, amapola,
¿te quieres casar conmigo?>>

   Leo se quedó en silencio mientras acariciaba la mano de Nina. Ésta le miraba, esperando su reacción.
   -Ya ha terminado, ¿eh? -dijo Nina.
   Leo asintió lentamente.
   -¿Y bien? -volvió a hablar Nina.
   -No sabía que te gustase la poesía -se limitó a contestar él.
   -Es un libro que leía en el colegio de pequeña, de la biblioteca de allí -explicó ella encogiéndose de hombros-. Es de Juan Ramón Jiménez. Me gustaba, y aún me gusta. ¿Te gusta a ti?
   Leo asintió sonriendo.
   -Está muy bien. ¿Puedes leerlo otra vez?
   -Allá va.





Escrito por Alicia González.