martes, 30 de abril de 2013

Carta a papá


Querido padre:

Aún recuerdo el día en que te marchaste.
Mamá dijo que volverías, pero ella estaba llorando, así que dudo que realmente lo creyera.
Recuerdo que llevabas tan solo una maleta, donde al parecer cabían muchas cosas, ya que la mitad de tu armario y varios cajones de tu dormitorio quedaron vacíos. Te pusiste ese abrigo negro que tanto abrigaba, sí, el que yo solía usar para disfrazarme. Aún recuerdo el verte salir por la puerta, con ese sombrero que usabas para cubrirte del sol, y esos zapatos tan ruidosos, de los que mamá siempre se quejaba.
Yo tenía apenas cinco años, pero recuerdo los detalles muy claramente. No consigo deshacerme de aquel recuerdo.
Tú miraste una última vez hacia atrás, hacia la puerta de nuestra casa. Yo quería salir a la puerta a decirte adiós, a darte un beso y abrazarte muy fuerte, pero mamá no me dejó, así que te observaba desde la ventana.
Sonreíste una última vez, para que no me sintiera triste, y agachaste de nuevo la cabeza. Te vi marchar, caminando en línea recta. No te llevaste el coche, tampoco llamaste a ningún taxi. ¿Adónde te ibas papá?
Diez años después, aún no sé nada de ti. No te conozco, padre, solo confío en mis recuerdos, y en que algún día volverás. No espero que te enamores de nuevo de mamá, pero sí que me quieras como antes.
No he recibido ninguna carta tuya, ninguna llamada... Nada. ¿Ya te has olvidado de mí? Porque yo no lo consigo. Aún tengo esos sueños, en los que te veo marchar desde la ventana, una y otra vez, se repiten como en bucle, y no me dejan dormir.
He crecido. Ahora soy mucho más alta, mi pelo está mucho más largo y un poco más claro que cuando era niña. Mis dientes están rectos, ya que hasta hace poco llevaba aparato. Mis ojos no han cambiado, aunque ahora uso mucho maquillaje, lo que hace que resalten más. Mi piel sigue igual de morena y suave que siempre, la pubertad no me ha afectado mucho.
Los potajes siguen sin gustarme, pero ahora no monto un berrinche a la hora de comérmelos. Sigo siendo adicta al chicle de fresa, y sí, a mamá le sigue fastidiando cuando lo mastico ruidosamente. Reconozco que a veces lo hago para chincharla.
La música me apasiona. A los ocho años entré un conservatorio profesional, donde aprendí a tocar la flauta, y debo reconocer que no se me da nada mal.
Sigo yendo a las clases de baile, donde también he mejorado muchísimo.
He ganado varios premios de literatura en el colegio, escribir me encanta. Sabes que desde pequeñita me gusta mucho leer.
No me va nada mal en la escuela, tengo muchos amigos y saco buenas notas, excepto en matemáticas... Soy una torpe con los números.
Por último, quería decirte, que no te odio por haberte ido, ni tampoco te obligo a volver, solo te pido que no me olvides, y que sepas que si algún día quieres volver a verme, y hablar sobre todo lo que te he contado en esta carta, no tienes más que llamarme, o venir directamente, no me importa.
Quiero que sepas que te quiero, y espero que tú también me quieras a mí.

Saludos, tu hija.


Escrito por Ellen Hamon :)

El libro extraño



   Abrí el libro sin saber que encontraría en él, ya que no había ningún título o autor en la portada ni ningún resumen en la contraportada. Era de color verde oscuro, con algunos detalles grises.
   En el primer capítulo pude leer la historia de cómo mis padres se conocieron.
   En el segunto, leí cómo se enamoraron.
   En el tercero cómo se fugaron de casa para casarse.
   En el cuarto fue donde mi hermana mayor nació.
   En el quinto cuando nací yo.
   En el sexto nuestra feliz infancia.
   En el séptimo la muerte de mi padre.
   En el octavo nuestro viaje por el mundo.
   En el noveno mis enamoramientos con una chica de cada país.
   Etc.
   
¿Cuándo me había convertido yo en un personaje de libro?


Escrito por Alicia González.

viernes, 26 de abril de 2013

Embarazo inesperado



   No entraba en mis planes eso de quedarme embarazada.
   Yo siempre había sido una chica problemática, me metía en muchos líos, bebía y me drogaba a menudo, etc.
   Una de esas veces en las que estaba no sabía siquiera si drogada o borracha, bueno... mantuve relaciones sexuales con un chico.
   Unos días más tarde, no sé cómo, supe que estaba embarazada.
   Compré tests de embarazos, y estuve esperando hasta el día en que debía venirme el periodo, pero los tests dieron positivo y ese día en el que debía venirme la regla no llegó.
   Lo peor de todo fue contárselo a mi madre, la cual al principio se puso histérica, pero luego me ayudó y apoyó en todo a pesar de todos los disgustos que le había dado.
   Desde el principio tenía claro que tendría al bebé, sin ninguna duda. Sabía que no sería la mejor madre del mundo, pero desde luego que lo intentaría.
   Al padre no le dije nada, era un caso perdido.
   A los cuatro meses de embarazo nos enteramos de que era una niña. Sara, se llamaría Sara.
   A los siete, una noche me desperté con ganas de orinar, pero cuando estaba en el servicio me di cuenta de que había roto aguas, dos meses por adelantado.
   Mi madre me llevó al hospital y me sujetó la mano mientras yo daba a luz.
   Cuando la vi, fue como si todo se parara un momento. Sara no paraba de llorar, pero a pesar de su cuerpecito diminuto y morado y su llanto, a mi me parecía la criatura más bonita del mundo.
   Fue la primera vez que de verdad quise esforzarme en ser mejor persona, quería que algún día Sara me dijera que me quería, y quería tenerla y cuidarla siempre.


Escrito por Alicia González.

Pensamientos de un sordo



   No es fácil ser sordo. Empezó cuando tenía ocho años. Un día, en el colegio, empecé a oír un pitido. A partir de ese día empecé a oír el mismo pitido cada vez con más frecuencia, cada vez más fuerte. Al cabo de un tiempo se convirtieron en dos pitidos, que más tarde fueron tres. Esos pitidos tapaban las voces de quienes me hablaban, cada vez oía menos. Alrededor de un año después dejé de oír incluso los pitidos, era definitivamente sordo.
   Al principio fue horrible. En “el año de los pitidos”, como lo llamo yo, fui al médico claro. Me dijeron ya que me iba a quedar sordo y empecé a aprender esa lengua de signos tan extraña. La verdad, yo no me lo tomé muy en serio, no podía creerme que fuera a quedarme sordo, sólo tenía ocho años. Cuando me quedé sordo me liaba bastante, pero claro, me quedaba toda la vida para perfeccionar el idioma que tendría que hablar el resto de mi vida.
   En el años de los pitidos empecé a tener cada vez menos y menos amigos, claro, en el colegio apenas me enteraba de lo que decían, y además los pitidos me ponían de un humor de perros, y mucho más cuando me enteré de que me quedaría sordo.
   Cuando me quedé sordo, casi todo cambió en mi mundo. Yo tan sólo tenía 9 años, tuve que aprender que hablar con las manos, acostumbrarme a no oír ni nada ni a nadie, perder a todos mis amigos de la infancia, etc. Una mujer empezó a venir a mi casa para enseñarme a mi, a mis padres y a mi hermana mayor el lenguaje de signos. Mis padres y mi hermana se hablaron a hablar en casa siempre hablando y reproduciendo las palabras con las manos, aunque no se dirigieran a mi, lo cual me hacía sentir mejor, ya que así me enteraba de lo que hablaban.
   La misma mujer que nos enseñó a todos el lenguaje de signos empezó a darme clases en casa, yo aun era muy pequeño y me negaba a ir a un colegio especial para sordos. Mis padres y mi hermana me ayudaron mucho, se turnaban para entretenerme, llevarme a algún sitio, jugar conmigo, contarme cuentos (con señas).
   En realidad, aunque echaba de menos oír las voces de la gente y escuchar música, mi hermana me decía que tenía suerte de no tener que oír las tonterías que decían algunas personas.
   Lo que más me consolaba eran los libros. Era algo que no había cambiado. Me gusta releer viejos libros que leí hace ya tiempo, aunque sean infantiles, me hacen pensar por un momento que todo sigue igual.


Escrito por Alicia González.

lunes, 22 de abril de 2013

El loco

   Todos conocíamos al loco del pueblo. Bueno, eso es lo que tienen los pueblos, que todos sabemos todo de todos.
   El loco siempre llevaba las mismas sandalias y bata, barbas larguísimas y ojos tristes. En realidad no había hecho nada fuera de lo normal como para tacharlo de loco, pero la gente ya le había puesto la etiqueta porque no era una persona sociable, en muy pocas ocasiones salía de casa.
   Un día llegó una mujer al pueblo. Llevaba tacones, una falda y una chaqueta, el pelo perfectamente peinado y una gran sonrisa en la cara. Todos los jóvenes se quedaban mirándola al pasar, algunos incluso hicieron algún intento de entablar conversación con ella, pero la mujer siempre decía que llegaba tarde a algún sitio.
   ¿Hacía dónde se dirigía la mujer? A la casa del loco. El loco la dejó pasar y, unas horas más tardes, salieron de allí una dama y un caballero.
   ¿Qué es lo que le pensaba al loco? No, no tenía mal la cabeza como todos pensaban, sino que tenía mal el corazón.
   El loco dejó sus sandalias y bata, barba y mirada triste en el pueblo y vivió una vida llena de amor y felicidad.



Escrito por Alicia González.

domingo, 21 de abril de 2013

Julianna, parte 4

 Al final a mi hermano no le había pasado nada grave, estuvo inconsciente por unas horas, pero al final no fue nada serio. Mi madre me dijo que le pidiera disculpas a Owen (bueno, más bien me obligó). Esta fue nuestra fue nuestra conversación:
-Owen... siento haberte hablado así ayer.
-Ya, yo también quería pedirte disculpas, era normal que estuvieras preocupada por tu hermano, bla bla bla.
Lo curioso es que él parecía decir las cosas en serio, y no obligado como yo, pero la verdad es que me importó poco, yo seguía pensando que era su culpa.
Estuvo viniendo los próximos días a casa para ver como estaba mi hermano. ¿Me lo parecía a mi o me miraba más que antes? Yo seguía prestándole la misma atención, vaya.
Uno de esos días resultó que mi hermano había salido, harto del reposo que le había dicho el médico que tomara, y yo no sabía cuando vendría, así que lo invité a pasar. Owen se sentó en el sofá del salón y señalando la play dijo:
-¿Puedo?
-Sí, claro -le contesté yo.
-¿Quieres jugar?
-No, yo no sé jugar a eso.
-Pues te enseño -dijo él encogiéndose hombros.
La verdad, en ese momento no estaba haciendo nada interesante... ¿por qué no?
Al principio hice un poco (bastante) el ridículo, ya que nunca me había interesado por los videojuegos, pero poco a poco empecé a mejorar (o mejor dicho a parecer menos patética). Incluso una vez me dejó ganar, pero me di cuenta y se lo reproché. Poco a poco me fui relajando y, la verdad, me lo pasé fenomenal con Owen, me caía mejor por momentos.
Sí, ahí es cuando empecé a prestarle atención.
Me estaba riendo muchísimo con él, incluso empecé a pensar que era muchísimo más que “mono”, como le había descrito yo al principio. Era muy agradable pasar tiempo con él. Fue una lástima que al final llegara mi hermano. Owen y él se quedaron jugando con los videojuegos en el salón.
-¿Por qué no te quedas, Juli? -me dijo Owen.
Yo les dije que tenía deberes por hacer y me subí a mi cuarto, aunque en realidad lo que estuve haciendo más que hacer deberes fue distraerme cada dos por tres con Owen. ¿Qué había pasado esa tarde?


Escrito por Alicia González.

sábado, 20 de abril de 2013

"Ángel" Parte III

Sergio se despertó de madrugada, se había quedado dormido mientras hacía los deberes en su escritorio. Ahora tenía una manta sobre los hombros, que no recordaba haber cogido en ningún momento. Confundido, se la quitó. Entonces le llegó un olor familiar, aquella manta olía a Belinda.
-Ya basta, Sergio. Te estás obsesionando- Se dijo a sí mismo. Belinda lo observaba desde una esquina. Odiaba no poder hacer nada para que su amigo se sintiera mejor. Si hubiese alguna manera de hacerle comprender que seguía allí, que no se había marchado... Pero ahora mismo no encontraba el modo.
Sergio se levantó de la silla y cogió su mp3. Al encenderlo, sonó esa canción que tanto le hacía pensar en Belinda.

Aquí estoy,
tú también,
aunque sea en la imaginación baby...

-Esta vez, quiero ser, la luna llena que te espera y te ilumina...- Cantaba Sergio.
-Como amiga te he sido fiel, ahora te llevo en la piel...-Continuó Belinda.
-Sé que no va ha suceder, pero lo puedo soñar...
-Te digo: somos los dos, como el aire que está, flotando libre en la inmensidad, oigo tu voz, sueño contigo...
-Eres mi ángel de paz, déjame volar, a tu lado yo por siempre quiero estar, tus alas me llenan el alma...- Sergio no pudo evitar que salieran sus lágrimas de nuevo. Se sentía triste y culpable, pero a la vez, sentía algo muy distinto. No sabía qué era ni cómo explicarlo. Sentía que, de alguna manera, Belinda no se había marchado del todo.
- ¿Por qué te siento tan cerca? Eh, ¿por qué?- Se lamentaba Sergio.
-¡Porque lo estoy! ¡Estoy aquí! ¡Dios, Sergio! ¿Por qué no me ves? ¿Por qué no puedo hacer que me veas?- Belinda, irritada, se acercó a su amigo, y lo abrazó.
Entonces Sergio reaccionó. No había visto ni oído nada, pero lo que acababa de sentir era suficiente para saber lo que pasaba.
-¿Belinda?- Belinda se sorprendió.
-Sergio, ¿puedes oírme?- Sergio no respondió. A Belinda no le importaba, por lo menos, de alguna manera, se había dado cuenta de que ella estaba allí.
-Si realmente eres tú, si realmente estás aquí, dame una señal.-Belinda no hizo nada. ¿Qué señal podía darle?- Por favor, Belinda. Necesito estar seguro de que no me he vuelto loco. Por favor.- Suplicaba Sergio. Belinda se acercó a la estantería de libros que Sergio tenía en su cuarto, y cogió de ella un libro que tiempo atrás le había regalado por su cumpleaños. Aquel era básicamente el único libro que Sergio se había leído sin que lo hubieran obligado, pues la lectura no le interesaba demasiado.
Sergio giró la cabeza cuando oyó caer el libro al suelo. Se levantó a recogerlo, y entonces vio la portada. Era "Halo" de Alexandra Adornetto, el libro preferido de Belinda, que meses atrás había querido compartir con él, regalándoselo por su cumpleaños.
Sergio comprendió entonces, que realmente era su amiga, que estaba intentando contactar con él. Sonrió.
-Entonces eres... ¿como un fantasma?- Preguntó Sergio. Belinda no sabía qué contestar. Jamás se había parado a pensar en ello. ¿Era ella acaso un fantasma, como decía Sergio? No lo sabía. ¿Cómo eran los fantasmas? Belinda no tenía ni idea, nunca le había interesado ese tema. Entonces sonrió, y respondió en voz alta a la pregunta de su amigo, aún sabiendo que él no podría escucharla.
-No soy ningún fantasma. Soy un ángel, y estoy aquí para cuidarte...



Escrito por Ellen Hamon :)

viernes, 19 de abril de 2013

"Ángel" Parte II

Belinda bailaba en el cuarto de Sergio. Había pasado allí toda la noche, observando como él dormía, y ahora que se había marchado al instituto, ella había encendido la radio y se había puesto a bailar. Con algo tendría que entretenerse hasta que Sergio regresara.

A Belinda le encantaba bailar, siempre le había gustado. No bailaba especialmente bien, tampoco iba a clases de baile ni nada por estilo, pero aún así le encantaba bailar. Sentía que era una manera de liberarse. Aquello le hizo recordar aquel día, en el campo, con su familia y con la de Sergio (ya que eran amigos desde pequeños), en el que ella y Sergio se pasaron el día corriendo, saltando, bailando... Belinda paró un momento. Ahora no podría volver a vivir esos momentos con él, ni con él ni con nadie. Aquello la entristeció un poco. "Ánimo."Se dijo. "Estás aquí para cuidar de Sergio, tal como le prometiste".

Sergio llegó a casa a eso de las tres y media, almorzó, y se puso a ver la tele. Una hora o así más tarde, subió a su cuarto y comenzó a hacer sus deberes. Entonces notó una suave brisa sobre su hombro. Miró a su derecha, la ventana estaba cerrada, no podía haber entrado por ahí.
-¿Necesitas ayuda?- Preguntó Belinda.- Eso parece muy complicado, ¿seguro que no quieres que te eche un cable?- Pero Sergio no le hacía caso, porque seguía sin poder escucharla.


Por Ellen Hamon :)


"Ángel" Parte I




Te digo: somos los dos
como el aire que está
flotando libre en la inmensidad,
oigo tu voz sueño contigo...
Eres mi ángel de paz,
déjame volar
a tu lado yo por siempre quiero estar,
tus alas me llenan el alma...

Sergio lloraba en su habitación, mientras escuchaba aquella canción que tanto le recordaba a Belinda.
Hacía poco que se había marchado, hacía poco que Belinda ya no estaba junto a él, hacia poco que Belinda se había ido... para siempre. Sergio no dejaba de repetirse que era su culpa, que tendría que haber prestado más atención a la carretera, que el  estar discutiendo no era ninguna escusa para soltar el volante... Se sintió fatal por haberle gritado minutos antes del accidente, minutos antes de que aquel camión los arrollara.
¿Por qué ella? ¿Por qué ella y no él, si la culpa había sido suya? Eso era lo que Sergio se preguntaba. Cada día, cada hora, se martirizaba con aquello.

La canción terminó y Sergio la puso de nuevo. ¿Cuántas veces la había puesto ya? ¿Por qué seguía torturándose de aquella manera?
El recuerdo de Belinda lo perseguía, era como si todavía estuviese ahí, con él.
La sentía tan cerca... Eso era lo que más le asustaba, que no era capaz de reconocer que Belinda había muerto. Aunque sabía que era imposible, aún tenía la esperanza de que volviese.

-¡Estoy aquí! ¿Es que no me ves?- Sergio parecía no oírla. Seguía sentado sobre su cama, llorando, con la mirada perdida y escuchando aquella canción.- ¡Sergio! ¿Me oyes? ¡Estoy aquí!- Nada. Sergio no reaccionaba. Belinda, enfadada, se acercó a la radio, y paró la canción. Sergio, sorprendido, se levanto de golpe.
-¿Qué ha ocurrido?- Se dijo a sí mismo. entonces puso la canción de nuevo. Justo cuando se giró para tumbarse de nuevo en su cama, Belinda volvió a parar la canción. Sergio, más que asustado, estaba confuso.-¿Belinda? ¿Eres tú?- Preguntó.
-¡Pues claro que soy yo! ¿Quién iba a ser si no?
-Claro que no. ¿Cómo va a ser Belinda, Sergio? Belinda está muerta... Deja ya de pensar en fantasmas... Aprende a superarlo.- Sergio hizo caso omiso a la respuesta de Belinda, pues simplemente no la había escuchado, no podía, porque Belinda realmente no estaba allí, o por lo menos no era visible.
Sergio se tumbó de nuevo, y tras escuchar la canción un par de veces más, se quedo dormido, con lágrimas en los ojos.

Por Ellen Hamon :)

Julianna, parte 3

   Bueno... no sé cómo empezar a contar esto.
   Mi hermano no se juntaba con cosas demasiado aconsejables. Por eso en parte no le había prestado mucha atención a Owen que se diga, pensé que sería como él. El caso es que mi hermano había tenido varios problemas anteriormente con la policía, en los que se había salvado por los pelos, pero aun así no aprendió la lección.
   Un día la policía llamó a casa porque al parecer mi hermano había tenido un accidente con el coche mientras conducía borracho. Cuando mi madre y yo llegamos al hospital nos encontramos con Owen. Él tenía un corte cosido por encima de la ceja bastante largo y un moratón en la sien.
   -¿Qué ha pasado? -le preguntó mi madre.
   -Ha conducido borracho.
   -¿Ibas con él? -le dije yo.
   -Sí.
   Igual creéis que esta es alguna escena de película en la que nos consolamos mutuamente, pasamos mucho tiempo juntos, hablamos mucho durante el tiempo de recuperación de mi hermano, acabamos saliendo y bla bla bla. Siento decepcionaros, pero en ese momento puedo aseguraros que no pensaba de manera romántica en él.
   -¿Y por qué le dejaste conducir? -dije frunciendo el ceño.
   Él me miró sorprendido ante mi tono de voz.
   -Yo iba peor que él, ¿cómo querías que volviéramos a casa?
   -Mmm, ¿con un taxi?
   -¿Cómo íbamos a dejar el coche allí?
   -Pues... ¿dejándolo allí donde estuvierais y yendo a por él en taxi cuando estuvierais sobrios, tal vez?
   -Oye, no pagues tu mal humor contigo, yo no tengo la culpa de que hayamos tenido el accidente, y a mi también me preocupa tu hermano.
   -Sí, se ve lo que te preocupa mi hermano cuando le dejas conducir borracho. Tengo toda la razón del mundo cuando digo que tienes la culpa.
   -¡He sido tan inconsciente como lo ha sido tu hermano!
   -¡Lo que has sido es un gilipollas!
   -¡Eh! ¡Se acabó! -dijo mi madre- ¡A callar los dos ya! ¡Ahora mismo os quiero a cada uno en silencio en puntas opuestas de la sala! ¡Y sin armar más jaleo!
   Owen y yo nos quedamos mirándonos. Se le había puesto la cara roja con la discusión, y su moratón contrastaba aún más contra su piel.
   ¿Veis a lo que me refería cuando os aseguré que no pensaba en él de una manera romántica?


Escrito por Alicia González.

Fragmento de "Tú no me conoces", de David Klass


   […], te estoy observando en este mismo momento, estás sentada en el sofá junto al hombre que no es mi padre, fingiendo leer un libro que no es un libro, esperando a que él te de palmaditas como a un perro, o a que te acaricie como a un gato. Seamos sinceros, el hombre que no es mi padre no es muy buena persona. No sólo porque no es mi padre, sino porque me pega cuando tú n estás, y dice que si te lo cuento, entonces se ocupará de mi de verdad.
   Estas son sus palabras: <Me ocuparé de ti de verdad, John. No te chives o te arrepentirás.> Que tío más majo.
   Pero te lo estoy contando ahora. ¿No me oyes? Te está dando palmaditas en la cabeza cómo haría con un perro, con su mano derecha, que casualmente es la misma mano con la que me pega. Cuando me pega no lo hace con el puño porque eso dejaría señal. Me da con la palma de la mano. PLAF. Y ahora observo cómo te acaricia el cuello con esos mismos dedos. Me sujeta con fuerza con la mano izquierda cuando me pega para que no me pueda escapar. Y ahora te abraza con ternura con la mano izquierda.
   Y yo te cuento esto mientras observo por la ventana, pero tienes los ojos cerrados y te importa un rábano, porque él te está acariciando como acariciaría a un gato y apuesto a que ronroneas.
   Tú no me conoces en absoluto.
   Te crees que soy un buen alumno. ¡Ja!
   Te crees que tengo amigos. ¡Ja!
   Te crees que esta vida me hace feliz. ¡Ja, ja!


Alicia González.

jueves, 18 de abril de 2013

Julianna, parte 2

   Finalmente, un día acabamos hablando Owen y yo.
   Mi madre me llamó por teléfono para decirme que ese día se retrasaría del trabajo, y que como mi padre trabajaba hasta tarde y mi hermano no estaba en casa yo me tuve que encargar de hacer la compra para la cena.
   Tras hacer una pequeña lista que me guardé en el bolsillo y coger el dinero necesario me dirigí al supermercado. Ese día no había mucha gente, además que ya se había hecho tarde, por lo que tardé poco en encontrar todo lo que necesitaba y ponerme a la cola de la caja registradora.
   Estaba poniendo las cosas que iba a comprar en la cinta del supermercado cuando le oí.
   -¿Julianna?
   Cuando levanté la vista le vi mirándome con una ceja elevada. ¡Exacto, ahí estaba él! Sí, él... ¿Cómo se llamaba? Mierda, pero si ya se lo había oído decir como un millón de veces a Logan...
   -¡Hola! -saludé yo.
   Bueno, a lo mejor podía pasar un momento sin tener que nombrar su nombre, ¿no?
   -¿Qué haces aquí sola tan tarde? Ya vamos a cerrar.
   -Mi madre no podía venir porque tenía aun trabajo, y me lo dijo hace un momento, así que he tenido que venir ahora, que remedio...
   -¿Has traído el coche?
   -Claro que no, aun no tengo 16.
   -¿Has venido andando?
   -Sí, ¿por qué?
   -Anda qué... espérame a que salga y te llevo a casa.
   Oh, oh. ¿Tenía que aguantar aun más sin nombrarle?
   -No, no, no hace falta de verdad, si no vivo lejos...
   -Ya lo sé, pero está muy oscuro, no creo que a tu madre le gustase.
   Por Dios Juli, no exageres, seguro que no es para tanto. Pero, y si le quiero llamar, ¿qué hago?
   -Mi madre no está en casa, da igual.
   -No seas tonta, además que me pilla de camino.
   Bueno, tendré que apañármelas.
   -Son 26,50.
   Le di el dinero y le esperé hasta que se despidió de sus compañeros y cogió su chaqueta. Yo no podía evitar dar toquecitos con el pie, pero, ¿por qué me ponía tan nerviosa? Sólo sería un viaje en coche, daba igual.
   -¿Vamos? -me dijo sonriendo.
   Yo asentí y le seguí hasta su coche. Puse el par de bolsas que llevaba en los sitios traseros y me senté en el asiento delantero. Encendió la radio tras poner las llaves en el contacto. Buscó hasta encontrar un dial con música aceptable.
   -¿Qué has hecho hoy? -me preguntó él.
   -Pues... estuve leyendo, escuchando música, hice deberes, escribí un poco, etc.
   -Te gusta mucho leer, ¿no? -preguntó apartando la vista de la carretera un momento para mirarme.
   -Sí, leo mucho.
   -No sabía que escribías también.
   -Sí, también escribo bastante.
   -¿Quieres dedicarte a eso?
   -¿A escribir dices? -pregunté elevando las cejas.
   -Sí.
   Me quedé pensando en eso. La verdad... nunca me había parado a pensar en la escritura como un trabajo. No sé, para mi era un hobbie, algo que hacía para disfrutar. Aun no sabía que iba a estudiar, ahí es cuando empecé a considerar de dedicarme a escribir cuando fuera mayor.
   -En realidad no tengo ni idea de qué voy a estudiar, así que no sé.
   Él se limitó a asentir un par de veces mirando al frente.
   -¿Y tú qué? -le pregunté yo- Quiero decir, ¿qué harás? ¿A qué vas a dedicarte tú?
   Él se encogió de hombros.
   -Creo que voy a acabar quedándome trabajando en la empresa de mi padre.
   -¿Crees?
   -No lo sé, tampoco yo lo tengo muy claro. No tengo ninguna meta ni nada por el estilo, quiero algo con lo que mantenerme bien económicamente, pero creo que si acabo en la empresa acabaré muriéndome de aburrimiento -dijo poniendo los ojos en blanco.
   Yo no pude evitar reírme. Él me miró como sorprendido y me sonrió. Aun no recordaba como se llamaba el chico. ¿Oliver? ¿Oscar? ¿Otto? Ni idea.
   Estuvimos hablando sobre música, películas, hobbies, animales, incluso me habló de mi hermano (todo eso sin decir su nombre) hasta que llegamos a mi casa.
   -Bueno, ya nos veremos -dijo él sonriendo.
   -Sí, adiós -le contesté yo, sonriendo también.
   Se despidió con la mano y esperó con el coche frente a mi casa hasta que entré.
   No fue hasta la cena, cuando Logan mencionó a Owen, que recordé su nombre. No, no fue ahí cuando me enamoré, ahí seguía sin llamarme la atención.


Escrito por Alicia González.

miércoles, 17 de abril de 2013

Notas desordenadas


   Ese día estaba muy cabreada, aunque no recuerdo la razón. El radio-cassette estaba en el suelo y la música a todo volumen, mi cuarto desordenado y nadie en mi casa con quien pagar mi mal humor. Me puse a patear todo lo que había por allí cerca; la silla del escritorio, la mochila del colegio, la papelera, etc. Hasta que le di al cassette.
   Le di una patada tan fuerte que de repente todas las notas salieron de los altavoces y dejó de oírse la canción. Me senté en la cama y me restregué las manos por la cara intentando tranquilizarme.
   Cuando ya me sentía más tranquila, busqué una por una todas las notas, lo cual no fue nada fácil. Una se había escondido en un libro, otra estaba en la papelera, otra en el cajón de la ropa, otra se había caído por la ventana y tuve que salir a buscarla, otra más se había escondido en la lámpara, etc. Tardé horas en encontrarlas todas, y después tuve que ponerlas en orden y devolverlas a la radio.
   Finalmente, volvió a sonar la canción.


Escrito por Alicia González.

martes, 16 de abril de 2013


Te amo”, me dijo. “Te amo”. Con esa fina, dulce y suave voz que la caracteriza, con esa sonrisa tímida que tantas veces le he dicho que me encanta...Y esa mirada. La mirada que me dejó fascinado desde el primer momento en que la vi.
Sinceramente, no podía creérmelo. Me había dicho “Te amo”, así, con esas palabras. Ella nunca le había dicho a nadie que lo amaba, es demasiado tímida. Pero el hecho de que me lo haya dicho a mí, hace que me sienta feliz, porque eso significa que realmente le importo, que realmente me quiere.
Recuerdo el día en que la conocí. Jamás la había visto antes. Ha pasado ya un año. Recuerdo que fue una mañana lluviosa de noviembre, yo había salido a pasear, pues desde pequeño me encanta el olor a mojado de las calles cuando llueve.
Caminando , caminando, fui a parar a la playa. Siempre me ha gustado ir a la playa, el mar me fascina. Es tan inmenso y profundo... Se ve el principio pero nunca el final. Quién sabe lo que podríamos descubrir si nos adentrásemos a lo más hondo, ¿llegaríamos a tocar el fondo alguna vez, o es realmente tan infinito como parece?
Llegué a la playa y algo captó mi atención, una melodía. Sonaba parecido a un violín, y entonces la vi a lo lejos. De pie, sobre la arena mojada, había una chica delgada y bajita, a la que solo alcancé a verle el pelo, de color castaño, pues estaba de espaldas. Efectivamente, estaba tocando el violín. Era una música, suave, melancólica, que jamás había escuchado antes. Me acerqué a la chica, pues realmente me había impresionado cómo tocaba. Iba tan absorto en mis pensamientos, fijándome solo en la música, que no vi que en el suelo se encontraba la funda del violín de aquella chica, con la que obviamente tropecé. Típico de mí. Torpe y ruidoso. La chica se giró bruscamente, asustada. Fue entonces cuando pude verle la cara. Tenía unos ojos enormes y azules, enorme y azul como el mar... Unos labios finísimos, perfilados y de un color rosado. Una nariz diminuta, al igual que toda ella. Se la veía tan frágil y delicada, pero elegante y fuerte a la vez, pues transmitía mucho con su música.
-Perdón por haberte asustado.- Le dije. Ella tan solo sonrió.- Sigue tocando, por favor. Tan solo quería escucharte más de cerca.- La chica se negó a seguir tocando. Me explicó que era muy, muy tímida, y que jamás tocaba su violín si había alguien delante, por eso venía a la playa en días como aquel, para estar sola.
A partir de entonces empezamos a hablar, a conocernos, y el día en que por fin me dejó escucharla con su violín, supe que había algo especial. Supe que me había enamorado. 


Escrito por Ellen Hamon :)

Fragmento de 'Insurgente', de Veronica Roth

   <Una vez leí en alguna parte que llorar desafía cualquier explicación científica. Las lágrimas sólo sirven para lubricar los ojos. No existe una razón real para que las glándulas lagrimales produzcan un exceso de lágrimas a instancias de las emociones.
   Creo que lloramos para liberar nuestra parte animal sin perder nuestra humanidad, porque llevo dentro una bestia que ladra, gruñe y lucha por la libertad, por Tobias y, sobre todo, por la vida. Y, por mucho que lo intento, no logro acallarla.
   Así que sollozo con la cara entre las manos.>




Alicia González.

Julianna, parte 1

   Si te digo la verdad, nunca supe cuándo empezó todo, ¿fue la primera vez que le vi? ¿No fue cuando hablamos? Igual yo ya sabía antes de verle que me enamoraría algún día. El caso es que lo hice, aun sin saber cómo ni cuándo.
   La primera vez que le vi fue en la hora libre. Mi madre me había apuntado a gimnasia, pero de vez cuando, sin razón alguna, me escabullía. Ya tenía mi propio escondite, que en verdad no era un escondite si ahora mismo estás pensando en una guarida, una habitación o por el estilo. Cuando no iba a clase de gimnasia, daba la vuelta al instituto y me sentaba en uno de los bancos que había detrás de la cafetería, por allí nunca pasaba nadie, así que podía estar tranquila.
   El caso es que ese día no era de mis mejores. Por la mañana me había quedado dormida y llegado tarde a un examen importante, con las prisas también se me olvidó el desayuno en casa, y yo nunca como en la cafetería, y también algunas chicas de mi clase se habían burlado de mi en clase de mates. Pero claro, mi mal día no acababa ahí, por eso se dice mal día, no mala mañana ni mala tarde, un mal día completo.
   Saqué un libro de mi mochila para ponerme a leer como hacía siempre que me saltaba gimnasia y la lectura me absorbió. Tanta atención le estaba prestando al libro que no me di cuenta de que se me acercaba alguien hasta que lo tuve prácticamente en mis narices.
   -¿No deberías estar en clase? -dijo mi hermano.
   -Logan...
   -¿Se lo explicas después a mamá tú o lo hago yo? Vete a tu clase, Julianna.
   -Logan, eso no es justo, yo siempre te cubro cuando haces algo malo, y por el amor de Dios no me llames así -le contesté yo enfadada.
   -Vete a clase, Julianna.
   -No se lo dirás a mamá, ¿verdad?
   Logan se me quedó mirando. Éramos prácticamente iguales; pecas, ojos grandes y verdes, pelo castaño (aunque él corto y yo largo), ambos altos y delgados.
   Entonces reparé en el chico que estaba a su lado. Era aun más alto que mi hermano, con los ojos y el pelo negro y piel bronceada. Llevaba una camiseta roja con publicidad de un supermercado. Cuando se dio cuenta de que le estaba observando me sonrió y yo aparté la vista y la volví a dirigir a mi hermano.
   -Además, ¿no tendrías que estar ahora en clase tú también?
   -Es diferente, Juli.
   -Y una mierda diferente, no se te ocurra tratarme a mi de cría como si tú fueras todo un adulto.
   Nos quedamos mirándonos el uno al otro sin decir nada hasta que yo hablé de nuevo.
   -Mira, yo no digo nada, tú tampoco, yo me quedo aquí y tú te vas adonde te dé la gana con tu amigo, y todos contentos. ¿Te parece?
   Logan se quedó mirándome un rato más y se fue con el chico que había visto antes.
   Sí, ahí fue la primera vez que lo vi. Bueno, en realidad fue más bien la primera vez que me fijé en él, pero aun así no le presté mucha atención. Era mono, pero tampoco nada del otro mundo, nada que me fuera a llamar la atención. Eso suena un poco superficial, pero, ¿acaso no es verdad? Ni que fuera yo la única que se fijara en chicos guapo vaya...
   Cada vez veía más a ese chico, ya que cada vez mi hermano y él eran más amigos. Empezó a venir a casa a menudo, él y mi hermano me echaban del salón para jugar con sus vídeo juegos, ya sabes, cosas de chicos. Me enteré de que se llamaba Owen, que jugaba al fútbol en el mismo equipo que mi hermano por las tardes y, claro está, también le gustaban los videojuegos. Mi hermano y él se llevaban bastante bien, lo cual me daba un poco de envidia, lo admito. Pero no os confundáis, ya os he dicho que hasta que no pasó tiempo no empezó a llamarme la atención. Mi envidia se debía a que yo siempre había querido una amiga con la que hacer cosas de chicas, y mi hermano siempre había tenido un amigo con el que hacer cosas de chicos. En eso éramos muy diferentes, él atraía a la gente, caía bien desde el primer momento, era fácil confiar en él, en cambio a mi me costaba hablar con la gente, y mucho más hacer amigos.


Escrito por Alicia González.

Kleenex, amor


    Marissa siempre había sido una niña muy insegura. Siempre le solía caer bien a le gente, pero a Marissa no le gustaba su cuerpo, no se aceptaba a sí misma. Una de las cosas que siempre había odiado sobre ella era su alergia, la cual tenía durante todo el año. Tenía alergia a el chocolate, al polen, a los guisantes, a el pelo animal, etc. A cualquier cosa. Su nariz siempre estaba enrojecida e irritada por muchas cremas que se echase, y tenía que cargar siempre con mínimo tres paquetes de kleenex.
   Entonces Marissa se enamoró. Fue algo bonito para ella, ya que nunca había sentido ese sentimiento por nadie, y nunca imaginó que sería tan fuerte, y es que no podía apartar de su cabeza a su querido Paul. Paul era le chico más guapo de la clase, todas las chicas estaban locas por él, sin excepción. Paul era guapo, atento con las chicas, simpático, gracioso...
   Un día Marissa se atrevió a hablar con él. Para ella fue un momento mágico, y para él el comienzo de una pesadilla. A partir de ese momento, Marissa le saludaba siempre que lo veía, siempre, además intentaba entablar conversación con él sobre cualquier cosa en cualquier momento, estuviera donde estuviera, hicieran lo que hicieran, y es que era tan inocente la pobre Marissa... Empezó incluso a sentirse más segura de sí misma, ya que ella pensaba que Paul sentía lo mismo por ella que ella por él.
   En una ocasión en la que Marissa fue a hablar con Paul, oyó nombrar su nombre. Paul estaba hablando con algunos amigos en una zona retirada del recreo. Marissa se escondió en una esquina mientras escuchaba la conversación que mantenían.
   -¿Cómo te va con tu novia, Paul? -preguntó uno de sus amigos riéndose a carcajadas.
   -Para ya Billy... -contestó él.
   -Es que no entiendo por qué no le dejas las cosas claras, siempre te está molestando, ¿cuándo piensas mandarla a paseo? ¿Cuando estéis en la boda?
   -¡Tío, no me casaría jamás con esa máquina de mocos! ¿Has visto su nariz? Da asco -dijo Paul riéndose-, si me casara con ella tendría que comprar una fábrica de klee
nexs.
   Paul y sus amigos rieron a carcajadas mientras Marissa se iba de allí. Nunca, en su vida, se había sentido más humillada que en ese momentos. Pero bueno, no todos son finales felices, ¿no? Y eso ayudó a Marissa a darse cuenta de que aquel chico no merecía la pena, claro que también bajó su autoestima hasta límites insospechados, pero con ello aprendió mucho.


Escrito por Alicia González.

domingo, 14 de abril de 2013

Historia de un circo diminuto y el bolso en el que habitaba


Había una vez, un circo muy, muy, muy pequeño. Era tan pequeño aquel circo que hasta cabía en un bolso. Así es, el circo se encontraba en el interior del bolso de Marina.
Aquel circo realizaba actuaciones de todo tipo, la gente disfrutaba como nunca lo habían hecho.
Se corrió la voz y el circo se hizo en poco tiempo muy famoso. “Es un circo mágico”, decía la gente.
Había elefantes, leones, tigres, jirafas, osos... Y toda clase de animales salvajes. Dante, el dueño del circo, se encargaba de adiestrarlos.
También había payasos, inquietos y divertidos, siempre haciendo el ridículo para entretener a la gente.
Carina realizaba un show especial junto con sus dos hijas. Las tres hacían acrobacias, saltos espectaculares, coreografías increíbles...

Era verano, y cada día que pasaba hacía más calor. Marina solía dejar su bolso abierto para que los habitantes del circo no se achicharraran. Pero un día, Marina olvidó que allí dentro guardaba un circo, y cerró su bolso.
Días después, cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde. Horrorizada, observaba cómo todas las pequeñas criaturas del circo se derretían dentro de su bolso.
Marina no volvió a mencionar jamás el tema, nadie volvió a hablar más de aquel circo mágico. Pronto todos se olvidaron de él, de que algún día, hace mucho tiempo, existió un circo diminuto, que actuaba dentro de un bolso...


Por Ellen Hamon :)

La chica cuervo


No estaba acostumbrada a tanta luz, a tanta alegría. Siempre había vivido sola, en la sombra, con el frío y la oscuridad. Nunca nadie se había preocupado por mí. Quizás por eso no entendía bien los sentimientos de Ulises. ¿Cómo podía alguien tratarme tan bien? Quizás, nos parecemos más de lo que pensamos. Por eso me dolía tener que dejarlo. Ahora que por fin me sentía bien, ahora que había encontrado a alguien con quien ser feliz... Supongo que nunca podría serlo del todo, no mientras el sol se siguiera escondiendo y la luna saliendo todas las noches.
El sol ya casi se ocultaba del todo tras la colina. Oí un graznido y miré al cielo. Los cuervos volaban por encima de mí, aclamando a su ama.
Me transformé de nuevo, como todas las noches, y levanté el vuelo.
Era hora de irse. Irse para siempre.


Por Ellen Hamon :)

INTRODUCCIÓN

¿Quién está gritando? ¿Por qué no cesan esos gritos? ¿Por qué estoy aquí sola? ¿Por que está tan oscuro? ¿Por qué hace tanto frío?
¿Qué es esto que noto sale de mi cuerpo? Es... ¿sangre?
¿Mamá?¿Papá? ¿Hermano? ¿Hermana? ¿Dónde están todos? ¿Por qué se han ido?
Los gritos se callan, una voz melodiosa parece cantarme al oído, pero a mi lado no hay nadie. A lo lejos veo una luz. No puede ser verdad...¿Será que me estoy...muriendo?

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Dicen que cuando una estrella se muere, se apaga; otra nace y comienza a brillar, poco a poco más y más. Cuando una persona muere, otra nace, e igual que con la estrella, se ilumina poco a poco. Comienza a vivir. Le espera un largo camino... Puede que al principio su luz no alumbre mucho, y lo único que se observe sean esos llantos y quejidos propios de los bebés. Pero esa luz, por muy poco que brille ahora mismo, habita dentro de nosotros, y llegará el día, en que haya crecido lo suficiente en nuestro interior, y salga y se muestre tal y como es. Bella, increíble, radiante... Lo más maravilloso que tenemos, nuestra luz, nuestra alma.

Mamá y papá se han ido. Estoy sola en casa con hermano y hermana. Pero pasa algo raro, hermano está en la cocina, sentado en una esquina, en el suelo. Se abraza las piernas y se ríe solo, muy ruidosamente. Está pálido, tiene el pelo despeinado y sucio.
Hermano, ¿qué te ocurre?” pregunto. Hermano no contesta. Me mira a los ojos muy fijamente, y se ríe. Camino de espaldas hacia la puerta de la cocina, quiero salir, pero no puedo apartar los ojos de él. Estoy asustada, más por él que por mí. Hermano, ¿qué te ocurre?

Hermana está sentada en el sofá, llorando. Desesperada señala a la tele. Pero en la tele no hay nada, está apagada. Entonces, ¿por qué llora? ¿Qué ve ella en la pantalla?
Hermana, ¿estás bien? ¿Qué sucede?” Hermana no contesta, sigue llorando frente a la tele.

Ya han pasado dos horas, ¿dónde están mamá y papá? Tengo hambre, pero no quiero bajar a la cocina, pues hermano sigue tirado en el suelo, sin parar de reírse. Su risa me da miedo. No es la misma risa alegre que suele tener normalmente, es una risa... malvada... Es... como si no fuera su risa, como si no fuera él.
Hermana ha dejado de llorar, pero sigue sentada frente a la tele, no se mueve, no hace el menor gesto, parece incluso no respirar. Tan solo mira la pantalla del televisor muy fijamente, como si una imagen hipnotizante no le dejara apartar la vista. Pero la tele está apagada, allí no hay nada más que una pantalla negra.

Tres horas, cuatro... papá y mamá siguen fuera, y yo tengo mucha hambre.
Debo entretenerme con algo hasta que lleguen y me preparen la cena. Cojo uno de mis juguetes. Mi favorito. Una muñeca hermosa. Finos rasgos, suaves y elegantes, piel blanca, un poco rosada por las mejillas. Ojos azules, profundos, y un pelo largo, rubio y rizado. Lleva un vestido rosa, y sombrero a juego. “¿Qué tal está hoy, señorita Elizabeth?” le pregunto. “Muy bien señorita Carla, ¿Y usted?” Me responde. “Muy bien. ¿Le apetece una taza de té?” “Pues no le diría que no” Cojo una taza pequeña de plástico y le sirvo el té de mi tetera de juguete.”Es usted muy amable, señorita Carla, gracias” “De nada, Elisabeth.” “Y cuénteme, ¿qué le ocurre a nuestro hermano?” “No lo sé, lleva así un buen rato” “¿Crees que mamá y papá tardarán mucho en regresar?” “No lo sé” “¿Qué tal está hermana?” Yo me encogí de hombros. Pensaba que aquella charla con Elisabeth me distraería, pero lo único que hace es preguntarme sobre aquello de lo que precisamente no quiero hablar. Doy por zanjada la conversación y vuelvo a colocar a Elisabeth encima de la cama.
Quizás la música me despeje un poco. Cojo mi caja de música de encima del escritorio y giro la llave que le da cuerda. Una melodía tranquila y relajante comienza a sonar desde la caja, quizás un poco melancólica.
Oigo pasos, alguien sube por las escaleras a toda prisa. Me asusto. Quien sea que haya sido, parece haberse parado justo delante de mi habitación. La puerta está cerrada. Me da miedo abrirla. Miro hacia donde está Elisabeth, tengo la caja de música aún en mi mano. La llave gira, la música suena... Elisabeth me mira con expresión dolorosa. “¿Qué ocurre?” Elisabeth no me responde. Poco a poco me acerco a la puerta. Bajo el pomo, y ésta se abre lentamente. Pego un salto, dejando, sin querer, que la caja caiga al suelo. La música no se detiene. Hermano y hermana están frente a mí, los dos en la puerta, mirándome fijamente. Ambos sonríen, no entiendo por qué. Doy un paso hacia atrás, ellos uno hacia delante, vuelvo a dar otro paso, y ellos dan otro más. Poco a poco, paso a paso, consiguen arrinconarme contra la pared. Miro hacia la izquierda, Elisabeth llora. Miro a la derecha. La ventana. Ellos cada vez están más cerca, no sé lo que me harán, quizás no sea nada malo, al fin y al cabo, son mis hermanos. Pero todo esto me asusta, no lo comprendo, y sin pensarlo, abro la ventana y salto por ella.


 Por Ellen Hamon :)
A ella le gusta bailar. El baile lo es todo para ella. Cuando baila, se siente viva, siente que ya no es ella, que es una nueva persona, única y extraordinaria. El baile es su manera de expresarse, de demostrar lo que siente. El baile es su pasión.
Por eso, cuando baila, todo mi mundo tiembla. No puedo apartar los ojos de ella. Se la ve tan contenta, tan libre... Como un ave que vuela en el cielo. Sus movimientos, todos y cada uno de ellos bien marcados y definidos, elegantes, envolviéndote como en una burbuja, transmitiendo todos y cada uno de los sentimientos que se muestran en la historia. Un ballet precioso.
La actuación del estreno finalizó y todo el teatro se lleno con aplausos. Ella saludaba, sonriente a su público, que la aclamaban como a una reina. Eso era ella para mí, una reina. La más bella y talentosa de todas.
Cuando por fin salió del camerino, vestida con ropa de calle y aún con su pelo recogido, me acerqué a ella.
Sonrió, sus dientes blancos, rectos... Boca perfecta.
-Hola.- Le dije tímidamente.
-Hola.- Contestó.¿Por que me ponía tan nervioso cuando hablaba con ella?
-E...Esto...Esto es para ti.- Dije entregándole el ramo de flores que había comprado justo antes de la actuación.
-¡Violetas, mis preferidas! Muchas gracias.- Ella cogió el ramo de flores y me abrazó. Me quedé paralizado. ¿De verdad me estaba abrazando? Debía de estar soñando. Cerré los ojos para disfrutar del momento, y cuando los abrí, ella ya no estaba allí. Ni yo tampoco. Estaba tumbado en mi cama, y sobre mi escritorio descansaba el ramo de violetas que compré, pero que nunca llegué a darle.
Había sido todo un sueño... ¿Me atrevería algún día a hacerlo realidad?



Por Ellen Hamon :)

Perro, puntualidad


    En cuanto salí del colegio, me dirigí corriendo al callejón donde siempre estaba Toby. Desde que le conocí, empecé a dejar de comerme el desayuno que mi madre preparaba. Me daba pena no comérmelo, pues mi madre lo había hecho con mucho cariño para mi, y siempre con lo que más me gustaba, y también tenía mucha hambre, pero Toby lo necesitaba más que yo.
   Allí estaba él cuando llegué, tan puntual como siempre.
   -¡Hola pequeño! ¿Qué tal tu día hoy? -le saludé.
   Toby era un perro callejero. Cuando lo encontré estaba muerto de hambre, tenía suerte de que yo llevara algo de dinero encima para comprarle algo de comer. Alguna tarde lo había llevado a mi casa cuando no estaba mi madre para lavarlo, quitarle las pulgas, etc. Pero no se podía quedar en casa, mi madre odiaba los animales.
   Cada tarde iba al callejón donde conocí a Toby, él me esperaba allí y yo le daba de comer, también algo de agua. Me alegraba ver como Toby cada vez estaba menos flacucho, ahora era incluso más bonito. Era blanco entero, excepto los ojos y las orejas, que eran marrones.
   Le puse el bocadillo a Toby en el suelo también le puse agua en un cacharrito que siempre traía conmigo, mi madre no lo echaría de menos por unas horas.
   A mi tampoco me había atraído nunca antes ningún animal, como a mi madre, pero con Toby fue diferente. Era tan bueno... tan noble... el mejor amigo que nadie podía tener.


Escrito por Alicia González.

Nota, dolor


   
De nuevo, Laura había sacado una mala nota. Bueno, en realidad, su nota era un 7, pero sabía que eso no sería suficiente para sus padres. Apuntó el 7 en su agenda e intentó no pensar en lo que vendría luego, algo que tantas veces había experimentado por cualquier pequeño fallo.
   Cuando llegó a casa subió a su habitación y dejó allí su mochila y su chaqueta, luego bajó y saludó a su madre.
   -¿Qué tal el día, cariño? -dijo su madre mirándola.
   Se secaba las manos con un pañuelo mientras le sonreía con cariño. Hacía tiempo que había dejado de verla como una amiga, como una aliada.
   -Bien, mamá.
   Laura pensó que quizá se le había olvidado el examen que había tenido una semana atrás, bueno, más bien intentó engañarse a sí misma diciéndose que se le habría olvidado a su madre, pero ella sabía que no sería así, a ella nunca se le olvidaba eso.
   Y llegó la pregunta.
   -¿Te han dado ya la nota de tu examen? -dijo poniendo un plato de sopa delante de Laura.
   Laura asintió y empezó a comer. Podía haberle mentido claro, pero eso sólo hubiera empeorado las cosas. Su madre esperó a que contestara, pero como no hablaba hizo otra pregunta:
   -¿Y bien?
   Laura la observó. Su madre antes era preciosa, realmente guapa, pero cada año tenía más arrugas, a veces había días en los que parecía diez años mayor de lo que realmente era.
   -He sacado un siete -contestó finalmente Laura.
   Su madre dejó el pañuelo en el fregadero y se sentó frente a ella.
   -Sabes lo que eso significa, ¿verdad? -Laura asintió- Ya hablaremos cuando venga tu padre.
   Odiaba cuando decía eso. ¿Por qué tenía que ser él que decidiera todo? ¿Ella no tenía un mínimo de autoridad en aquella casa? ¿Por qué no se lo ocultaba? Total, para el tiempo que pasaba su padre en casa, no sería muy difícil callárselo.
   La madre de Laura se fue a su cuarto y no salió hasta que por la noche su padre llamó al timbre de casa, entonces salió y le abrió.
   -¡Hola, cariño! -saludó ella.
   Olía a alcohol, otra vez. El marido la apartó y se dirigió al sofá a ver la tele.
   -Cariño... hay malas noticias.
   El padre de Laura la miró entonces.
   -¿Qué pasa?
   -Laura ha sacado un siete.

   Un par de horas más tarde Laura se metía en su cuarto y se tumbaba en la cama. Tenía moratón en el brazo, allí donde su padre la había agarrado tan fuerte, y le sangraba la nariz. También le dolía el estómago, pero ella resistía bien el dolor, llevaba años soportándolo.
   Laura se metió en su pequeño cuarto de baño, se limpió la sangre que salía por su nariz y se metió en la cama. Allí era donde se desahogaba, pues se negaba a llorar frente a su madre y a su padre. Este era un día normal en su vida.
   Finalmente, se quedó dormida.


Escrito por Alicia González.

sábado, 13 de abril de 2013



 Dani se estaba impacientando. Ya eran las cinco y media y aquella chica aún no había aparecido. Aunque claro, quizás sí que estaba allí, pero no había manera de reconocerla. Decidió mandarle un mensaje.

DE DANI PARA DESCONOCIDO: Te estoy esperando. ¿Has llegado ya?

Segundos después, ya le había contestado.

DE DESCONOCIDO PARA DANI: Sí, pero por lo que veo tú aún no.

DE DANI PARA DESCONOCIDO: Estoy sentado en una de las mesas.

DE DESCONOCIDO PARA DANI: Pues no te veo.

DE DANI PARA DESCONOCIDO: Claro que no me ves, ni si quiera me conoces, no sabes quién soy.

DE DESCONOCIDO PARA DANI: De acuerdo, si no te conozco y ya estás aquí, dime, ¿cómo podré reconocerte? Ve dando mi pistas y yo me acercaré a tí.

Dani sonrió. Aquello parecía un juego.

DE DANI PARA DESCONOCIDO: De acuerdo. Llevo puesta una camiseta roja y unos vaqueros rotos. Llevo gafas, mi pelo es negro y rizado y obviamente, tengo mi móvil en las manos.

Dani envió su mensaje. Un grupo de chicas se levantaron de la mesa que estaba frente a la suya, permitiendo a Dani observar a una chica joven, más o menos de la misma edad que él, que chateaba por su teléfono en la mesa del fondo. Era morena, de ojos azules. La chica levantó la vista hacia donde estaba Dani, y sonrió.

DE DESCONOCIDO PARA DANI: Te encontré.

Dijo levantándose. La chica se sentó en la mesa con Dani.

-Así que al final, estaba equivocada. Lo siento. Ha debido ser un incordio recibir todos esos mensajes.
-En realidad, ha sido divertido. Esta semana ha sido la más entretenida e interesante.- La chica rió. Tenía una risa preciosa.
-¿Te apetece tomar algo? Yo invito. En recompensa por lo de los mensajes acosándote y eso.
-No hace falta, en serio. Yo tengo dinero.- Pasaron la tarde en el café, conversando. Prometieron quedar otro día, y ni si quiera hizo falta un intercambio de números, pues lo primero que supieron el uno del otro, incluso antes de conocerse, eran sus números de teléfono.

Por Ellen Hamon :)


 Había pasado poco tiempo desde que Dani se compró un teléfono móvil nuevo. Quién iba a pensar que se encontraría allí, justo en ese lugar, justo en ese momento, simplemente porque unas semanas atrás se compró un móvil nuevo.
Dos días después de recogerlo de la tienda, le empezaron a llegar mensajes de un número desconocido. Al principio pensó que se habrían equivocado, le podía pasar al cualquiera. Pero después terminó por creer que se trataba de una broma, ya que no dejaban de llegarle mensajes, que obviamente no eran para él.
MENSAJE 1: Ya he terminado el proyecto de biología, no pienses que voy a poner tu nombre porque me lo he tragado todo yo sola.
MENSAJE 2: Venga, ignórame, sabes que llevo razón.
MENSAJE 3: Sé que estás mosqueado por la nota que te han puesto, pero no es mi culpa, deberías haber participado en el proyecto.
MENSAJE 4: No pienses que me voy a sentir culpable simplemente porque ya no me hables.

Mensajes por el estilo seguían llegando cada día. Dani pensó que si aquello fuese una broma, ya se habrían cansado hace tiempo de seguir con lo mismo y ver que ignoraba los mensajes. Volvió a la suposición de que los mensajes fueran para otra persona, y que por error le estaban llegando a él. Un día, decidió responder.

MENSAJE DE DANI PARA DESCONOCIDO: Creo que ha habido un error, te has confundido de número.

La respuesta no tardó en llegar.
MENSAJE DE DESCONOCIDO PARA DANI: Sí, claro, y ahora me tomas por tonta, ¡lo que faltaba!

MENSAJE DE DANI PARA DESCONOCIDO: No te tomo por tonta, ni si quiera te conozco. ¿Podrías dejar de mandarme esos mensajes?

MENSAJE DE DESCONOCIDO PARA DANI:  A mí no me engañas, sé que eres tú. No finjas que no eres tú porque estoy convencidísima de que sí lo eres. Hiciste mal lo del proyecto, ahora acarrea con las consecuencias, pero a mí no me tomes por tonta.

Dani no daba crédito a lo que veían sus ojos. Esa chica era realmente testaruda.

MENSAJE DE DANI A DESCONOCIDO: ¿Cómo puedo demostrarte que no soy quien crees que soy?

MENSAJE DE DESCONOCIDO PARA DANI: ¿Todavía sigues con eso? Está bien, ¿por qué no quedamos en el café de la plaza, mañana a las cinco?

MENSAJE DE DANI PARA DESCONOCIDO: De acuerdo.

Así que ahí estaba Dani, sentado en una de las mesas del café, esperando a que la loca del teléfono llegase y entendiera, por fin, que todo había sido un malentendido.

Por Ellen Hamon :)



La oficina era muy grande, al igual que el despacho del jefe.
El jefe estaba sentado en el sofá de su despacho, pues era mucho más cómodo que el escritorio. Leía tranquilamente cuando llamaron a la puerta.
-Adelante.
-Christian, ha llegado tu mujer.- Dijo la secretaria.-¿Estás ocupado?
-No, dile que pase, por favor.- La secretaria se marcho y segundos después entró Tamara.
-¿Qué tal te encuentras, mi amor?
-Bien, acabo de salir del hospital.
-¿Qué? ¿Por qué no me has avisado? Habría ido contigo.
-No quería molestarte, pensaba que estarías ocupado.
-Y bueno, ¿qué te han dicho?- Tamara sonrió.
-Es una niña. Vamos a tener una niña, Chris.- Christian se levantó de golpe y rió entusiasmado. Abrazó a su mujer y le dio un beso en la barriga.
-Una niña, una niña...
-Sí, Christian, una niña. Habrá que ir pensando un nombre, ¿no?- Christian miró al sofá, donde había dejado su libro. "Donde habitan los ángeles"...
-Eva-Dijo finalmente. - Me gustaría que se llamase Eva.
-Eva... Me gusta.- Contestó Tamara. Ambos sonrieron. Tamara acarició su vientre.- Cada vez queda menos, Eva. No puedo esperar.

Por Ellen Hamon :)




 -¿Qué lees?- Eva se giró para comprobar quién le había hablado. Un chico alto de pelo negro y corto se encontraba ahora en frente de ella. Lo había visto antes dando vueltas por allí, pensó que  sería algún familiar o amigo de alguno de los ingresados.
La enfermera cerró el libro. No había cosa que odiara más que la molestaran mientras leía.
El chico la miraba fijamente, pero ella ni si quiera le contestó a su pregunta. Era su hora libre y no quería malgastarla hablando con un niño pequeño que seguramente solo se había acercado para tocarle las narices.Eva abrió el libro de nuevo y siguió leyendo por donde lo había dejado, ignorando a aquel chico.
-La gente educada, cuando le hacen una pregunta, contestan.- Eva estaba mosqueada. Aquel chico no solo la había interrumpido de su lectura, si no que ahora encima la llamaba maleducada.
-¿Qué quieres?
-Quiero saber qué estás leyendo.- Eva le mostró la portada a el chico, que la leyó lentamente.
-"Donde habitan los ángeles". ¿Es interesante?
-Sí, niño, muy interesante. Me gustaría terminarlo, ¿sabes? ¿Por qué no te entretienes jugando por ahí un rato, y me dejas tranquilita?
-Es que me aburro.
-¿Y qué quieres que yo le haga? ¿Dónde están tus padres? Díselo a ellos.
-Están en casa. Yo he venido a ver a mi amiga, la igresaron hace dos noches.
-¿Y estás aquí desde entonces?- El chico asintió.
-¿Por qué?
-Porque le prometí a Tamara que no me iría hasta que se encontrara mejor y pudiera volver a casa, que cada vez que tuviese que venir, yo vendría con ella.
-¿Cuántos años tienes?
-Nueve, señora.
-Deberías irte a casa, el hospital no es lugar para niños.
-Todo el mundo dice eso, pero a este hospital no hacen más que llegar niños. Algunos heridos, otros enfermos... Como mi amiga Tamara. Si no es un lugar para niños, tal y como dices, ¿por qué no la dejan marchar?- Eva sonrió. Aquel niño era especial, podía verlo. Sabía expresarse muy bien, era bastante maduro para un chico de su edad.
-Toma.- Dijo la enfermera entregándole el libro.- Ya me lo devolverás otro día, cuando te lo leas. Así mientras tu amiga Tamara está ocupada con los doctores, tú no te aburrirás.- A el pequeño se le iluminó la cara con una sonrisa.
-¡Gracias, señora!- Dijo feliz.
-De nada, pequeño.- Eva observaba como aquel chico se alejaba dando saltos de alegría. a pesar de ser maduro, aún seguía siendo un niño. "Con qué poco se conforman los niños" Pensó Eva, mientras revivía en su memoria los recuerdos de su infancia.

Por Ellen Hamon :)


El vaso temblaba en la mano de Tamara. Pequeñas gotas de agua salían disparadas de él, salpicando el suelo.
-¿Te encuentras bien?- Preguntó Christian.
-Sí.-Contestó Tamara, dejando el vaso sobre la mesa.
-¿Seguro?- Insistió.
-Sí, seguro. Ya me conoces, sabes que siempre me pasa cuando me pongo nerviosa. Mi cuerpo tiembla exageradamente, pero pasado un rato se me quita.
Christian sonrió. Definitivamente estaba enamorado.
-No tienes por qué estar nerviosa, ya verás como a partir de ahora todo sale bien.
-Ojalá...- Tamara suspiró. Ya estaba harta de hacer y deshacer la maleta todo el tiempo, de tener que dejar y volver a su casa cada dos por tres. Estaba harta de tener que acordarse siempre de tomarse sus pastillas con cada comida, de no poder salir los fines de semana con sus amigos, como hacían todos los demás. Harta de mirar por la ventana y ver cómo pasaba la vida ante sus ojos, y harta de no poder aprovecharla.
-¿Quieres que te de un masaje? Fuerte, como a ti te gusta. Eso te relajaría un poco, ¿no?- Le dijo Christian con una sonrisa. Tamara lo miró a los ojos y sonrió.
-No, no perdamos más el tiempo.- Dijo decidida. Christian agarró la silla de ruedas y caminó hacia la salida. Tamara se despidió de todos, contenta de poder intentarlo de nuevo, de intentar volver a vivir.
-¿Lista?
-Lista.- Tamara agarró la mano de Christian, mientras los dos salían del hospital.


Por Ellen Hamon :)


"Bella y Bestia"


Hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano, existió una vez un pequeño instituto. En aquel instituto todo estaba planificado y definido, cada uno tenía su lugar:
Los deportistas con los deportistas, los empollones con los empollones, los guaperas con los guaperas, etc.
Nadie se atrevía a dejar su grupo y relacionarse con otras personas, tenían miedo de lo que la gente podía pensar de ellos.
Pero había un joven, alto, pálido, de ojos marrones y pelo negro, que no tenía grupo. No era para nada atlético, ni un estudiante ejemplar, y aunque no fuera feo, tampoco lo consideraban un bellezón. Siempre andaba solo, porque intimidaba a la gente. No es que lo hiciera a propósito, la gente se asustaba nada más verlo porque estaba lleno de cicatrices, lo que le daba un aspecto un poco aterrador. Todos huían debido a su aspecto, nadie lo conocía en realidad, nadie sabía cómo era él por dentro. Nadie sabía que todos los fines de semana se dedicaba a ayudar en un albergue para pobres, dándoles de comer, o que recogía animales de la calle y los cuidaba hasta encontrarles una casa mejor; nadie sabía que la mayoría de esas cicatrices eran por culpa de su padre, que desde hace años abusaba de él y de su madre. Todos huían, se apartaban nada más verlo llegar, no sabían lo buena persona que era ese chico en el fondo, a pesar de lo mal que lo había pasado a lo largo de su vida.
Un día, mientras alimentaba a los gatos callejeros que vivían en un callejón cerca de su casa, vio como un hombre, armado con una navaja, intentaba aprovecharse de una joven muchacha.
La muchacha gritaba, pedía socorro, pero nadie la oía, pues muy pocas personas pasaban por aquella calle justo en ese momento.
El joven no se lo pensó dos veces, y a pesar de que aquel hombre tenía una navaja y él no contaba con nada para defenderse, no dudó en ir a socorrer a aquella chica, que tan asustada estaba.
Finalmente, tras varios movimientos forzosos, el hombre de la navaja huyó corriendo, no sin antes dejarle una nueva cicatriz al joven.
La chica estaba sentada en el suelo, llorando, sudando por culpa del miedo que había pasado.
-¿Estás bien?- Preguntó el muchacho. La chica no contestó. Entonces el joven pudo fijarse bien ella, y se dio cuenta de a quién acababa de salvar. Su nombre era Blanca, e iba a su instituto. Era la “líder”, digamos, del grupo de los guaperas, aquel grupo que tanto se había metido con él, que tanto se había esforzado por humillarlo y marginarlo, y ahora él acababa de salvar a uno de sus miembros.
Blanca era una chica muy guapa, de ojos grandes y verdes, pelo largo y marrón, dientes y boca perfecta...
-Gracias.- Logró decir al fin. El joven la llevo a su casa, que no estaba muy lejos, y le dio un vaso de agua para que se calmase un poco.- ¿Por qué me has ayudado?- Preguntó Blanca.
-¿Por qué no iba a hacerlo?- Respondió el joven.
-Después de como te hemos tratado mis amigos y yo, lo último que me esperaba de ti era que arriesgaras tu vida para salvarme.
-No me conoces-Dijo el joven- siempre intento hacer lo correcto y ayudar a los demás. Que no sea tan guapo físicamente como tú o los de tu grupo, no significa que tengáis un mejor corazón que yo. Sois atractivos por fuera, pero por dentro apestáis.- Aquellas palabras hicieron mella en Blanca. El joven tenía toda la razón. Por fuera era muy bella, y él quizás no tanto, pero uno se da cuenta de quien es realmente el malo del cuento cuando mira en su interior.


Por Ellen Hamon :)

jueves, 11 de abril de 2013

Teclado, amigo


    Jordi nunca había sido bueno en nada. No se le daban bien los deportes, no sacaba buenas notas, no tenía amigos, tenía unos padres que estaban siempre demasiado ocupados para prestarle atención, etc.
   Él siempre se había sentido sólo, ya que siempre lo había estado. Pasaban los años y Jordi seguía igual, nada le hacía querer ser mejor, había desistido hacía tiempo de intentar hacer algún amigo. Entonces, un día caminando por la calle, lo escuchó. Al principio eran algunas notas sueltas, apenas un susurro, poco a poco se fue formando una melodía. Jordi dejó de andar, cerró los ojos y se dedicó a escuchar. Nunca había oído nada tan dulce. ¿De dónde provenía aquello? Jordi, sin abrir los ojos, empezó a moverse hacia donde sus oídos le decían que estaba aquella melodía. 
   Cuando abrió los ojos, Jordi se encontró en frente de una puerta. Oía la melodía con tanta claridad... Llamó a la puerta con los nudillos, un par de toques, y enseguida la melodía se interrumpió. Unos segundos después, un joven le abría la puerta a Jordi.
   -¿Querías algo chico? -le preguntó el joven a Jordi.
   Jordi se quedó en blanco, ¿qué podía decir ahora? ¿Que había llamado porque había escuchado la música? ¿Cómo se le había ocurrido llegar allí?
   -¿Quieres pasar? -preguntó de nuevo el chico.
   Jordi asintió sin decir nada y pasó al interior de la casa. No había nada de lujo en aquella casa, un par de muebles en un pequeño salón, un par de ventanas,... y un piano. Tenía la tapa abierta.
   -¿Sabes tocar? -le preguntó el joven a Jordi.
   -No -habló él por primera vez.
   -¿Te gustaría?
   Jordi asintió lentamente sin apartar la vista del piano.
   El chico se llamaba Pablo. Se había dedicado a tocar el piano prácticamente toda su vida. Esa tarde, Jordi conoció al primer amigo que había tenido en toda su triste vida. Además de eso aprendió a tocar el piano claro, el propio Pablo le enseñó. Jordi se compró un teclado barato y con él practicaba siempre que podía todas las partituras que le daba Pablo, incluso empezó a improvisar pequeñas melodías, hasta que fue capaz de tocar la que le había llevado hasta Pablo.
   Jordi estudió en el conservatorio, era el mejor de todos los alumnos que había allí, el que más amaba la música, el que más estudiaba y el que más disfrutaba. Acabó siendo un conocido profesor, y aunque tuvo la posibilidad de ser un músico famoso, él no quería la fama, él sólo quería tocar por amor a la música, por disfrute, por nada más que eso. Pablo y el siguieron siendo amigos durante muchísimos años, y Jordi nunca más volvió a sentirse solo ni desdichado. ¿Qué hubiera sido de él si no hubiera escuchado aquella melodía?


Escrito por Alicia González.