viernes, 28 de junio de 2013

Amy

  
 Lo notó desde la primera vez que entró en la casa en la que pasaría los fines de semana.
   Sus padres se habían separado, y ahora tenían custodia compartida, por lo que entre semana Amy viviría con su madre y seguiría yendo al mismo instituto y los fines de semana los pasaría con su padres y su nueva novia, Jane, la cual tenía la mitad de años que su padre.
   -¡Amy! ¡Hola cariño! ¿Qué tal el viaje? ¿Muy largo verdad? -dijo Jane para abrazarla- Espero que vengas con hambre. Tu padre me chivó cual era tu comida favorita, y he estado haciéndola durante toda la mañana para ti. ¡Pasa! ¡No te cortes! ¡Como si estuvieras en tu casa!
   Amy intentaba llevarse bien con Jane, pero a veces era realmente insoportable. Se limitaba a hablar y a hablar todo el rato. Realmente, no sabía que había visto su padre en Jane para abandonar a su madre. No es que le guardará rencor, Amy era lo suficientemente mayor y madura para saber que los matrimonios no siempre salen bien, pero, ¿qué tenía Jane que no tuviera su madre?
   Mientras Amy reflexionaba sobre sus padres y Jane hablaba y hablaba mientras la llevaba a su habitación, notó una mano en su hombro, pero al girarse no había nadie. Bah, serían imaginaciones suyas...
   -Bueno, ¿qué te parece? -preguntó Jane cuando entraron en el que sería el cuarto de Amy- Ayer estuve limpiándolo y arreglando una par de cosas. No debería decirlo yo, pero puedo llegar a ser toda una manitas, ¿quién lo diría?
   Dijo todo esto entre sonrisas y carcajadas, pero a Amy no le salían más que muecas en sus intentos por sonreír.
   -Está muy bien, gracias -se limitó a contestar ella.
   -De nada, cariño. Como si estuvieras en tu casa -repitió Jane antes de despeinarle con la mano y salir de la habitación.
   Amy respiró profundamente antes de peinarse el pelo con las manos y sentarse en la cama. Odiaba que le llamara “cariño”, y tampoco le hizo mucha gracia que le tocara el pelo, no la conocía más que de dos o tres semanas.
   Se quedó mirando su habitación, realmente satisfecha. Para su sorpresa, Jane tenía muy buen gusto. Las paredes estaban pintadas de azul claro con detalles de flores de distintos tonos de azules, algunas blancas. Había un escritorio con un portátil en una esquina del cuarto, dos puertas que debían ser el cuarto de baño y un vestidor para ella sola, una estantería para poner algunos libros y una cama de matrimonio para ella sola. También había una ventana que daba a la piscina. Desde luego, no se podía quejar...
   La casa era realmente grande, de dos pisos, con piscina, cuartos gigantes y cuarto de baño en cada uno de ellos.
   Amy colocó la ropa que había traído de casa en el gran vestidor y echó un vistazo a los libros que había en la estantería. Su padre sabía lo mucho que le gustaba la lectura, así que le había conseguido algunos libros, pero ni siquiera eso lograba alegrarla. Volvió a sentarse en la cama y a observar todo el cuarto. No podía dejar de preguntarse por qué se habían separado sus padres. ¿Era su culpa? Había ido todo tan rápido... en dos meses, cada uno iba por su lado.
   Amy intentó dejar de pensar en eso y decidió bajar ya a comer. En el comedor la esperaban su padre y el hijo de Jane, Arthur. Arthur era sólo un año mayor que Amy, pero la trataba como si fuera una niña pequeña. Cuando entró ni se molestó en mirarla, estaba demasiado concentrado en su móvil, al cual no dejaba de teclear, por lo que se oía un molesto “tic-tic-tic” todo el rato que al parecer no le molestaba más que a ella.
   -Hola, Amy -le dijo su padre sonriendo-. ¿Qué tal todo? ¿Te gusta tu cuarto?
   A Amy le encantaba ver a su padre últimamente. Intentaba negárselo, pero desde que se divorció y le presentó a Jane le brillaban más los ojos y la sonrisa cuando hablaba.
   -Bien, está realmente bien -contestó Amy mientras se sentaba a la silla que daba al lado de su padre, quedando frente a frente con Arthur.
   -¿Qué tal tu madre? Me hubiera gustado hablar con ella, pero ya sabes, tenía que trabajar...
   -Bien. Este fin de semana va a pasarlo en casa de la tía Annie.
   -Me alegro mucho -dijo apretándole la mano.
   Jane entró en el comedor con los platos de comida. Amy no pudo evitar ponerse algo triste al ver lo contento que estaba su padre al verla, a ella le gustaría que sonriera así cuando viera a su madre, no a Jane...
   Notó una mano rozando en la mejilla y no pudo evitar sobresaltarse. Estaba convencida de que no habían sido imaginaciones suyas.
   -¿Amy? ¿Pasa algo? -preguntó su padre.
   -¿Eh?
   Entonces Amy se fijó en que todos la miraban; su padre con gesto de preocupación, Jane elevando las cejas con la cabeza ladeada, curiosa, y Arthur como si estuviera loca.

   -No, nada -dijo Amy sonriendo mientras notaba como se ponía roja.


Escrito por Alicia González.

Locuras de un alma viajera

   
-¿Qué quieres ser de mayor? 
   No sé cuántas miles de veces en la vida me habrán hecho esa pregunta, sobre todo mi madre, que se preocupaba por lo soñadora que siempre había sido.
   -Déjala mujer, ya se le pasará -decía mi padre siempre.
   Y mi madre se mordía las uñas hasta la raíz mientras me miraba como si de un momento a otro fuera a desaparecer.
   Lo que le preocupaba tanto a mi madre era la respuesta que yo siempre daba a la pregunta que ya he dicho anteriormente.
   -Seré exploradora, y veré el mundo entero. Conoceré a millones de personas y hablaré cientos de idiomas distintos.
   Cuando era pequeña la gente me despeinaba el pelo con la mano y no me tomaban muy en serio, aunque tampoco era de extrañar. Pero cuando ya tenía mis 15 años, la gente me miraba algo extrañada.
   -Pero, ¿no vas a estudiar nada? ¿No quieres ir a la universidad? -decían algunos.
   -Bueno, tendré que estudiar idiomas. Y dígame usted para que me serviría la universidad si lo que yo quiero es ver mundo -les contestaba yo.
   A medida que iba creciendo, la gente se iba apartando más de mi, ya que ninguno compartía mi punto de vista, aunque a mi no me importaba, yo seguía encerrada en libros y en sueños por voluntad propia; hasta que llegó él.
   Se llamaba Dante. Dante había nacido en un pueblecito de Italia, pero no permaneció mucho tiempo allí. Había viajado con su madre desde que tenía uso de razón, por lo que no recordaba aquel pueblecito en el que nació, ni tampoco conoció nunca a su padre, pero hablaba muchísimos idiomas y había visto mundo, que era lo que realmente me interesaba a mi.
   No tardé mucho en caer rendida a sus pies, y lo mismo de él conmigo.
   -Dante, ¿en qué sitios has estado? -le preguntaba yo siempre.
   -En muchos, Annie, y algún día te llevaré a todos ellos -respondía él siempre.
   Dante no se quedó mucho tiempo donde yo había vivido durante toda mi vida, pero prometió volver cuando yo cumpliera los 18 y pudiera ir a donde me diera la gana aunque mis padres no quisieran, que era el problema, mis padres.
   -¿Por qué no me dejáis soñar? -les decía yo siempre.
   -Ya has soñado más que suficiente, Annie -contestaba mi padre enfadado siempre-. Y encima llega el italiano ese y hace que te vuelvas aún más loca...
   Y mi madre seguía mordiéndose las uñas hasta la raíz.
   ¿Por qué me llamaba loca? ¿Porque para mi las cosas que a ellos les parecían esenciales no eran más que tonterías? ¿Por qué no compartía el mismo punto de vista que tenían ellos sobre todo? Quizá los locos fueran ellos, que creían que podrían pararme los pies...


Escrito por Alicia González.

viernes, 21 de junio de 2013

Amigo

   Terry salió de casa a las 6 para correr, igual que todos los fines de semana. Entre semana corría antes de ir al instituto, y por la tarde podía llegar a pasarse horas en el gimnasio.
   Terry medía alrededor de 1,75 m, y era ancho y musculoso, aunque antes no había sido así.
   Desde que era pequeño había sido un niño gordo. En el colegio le habían empezado a molestar con eso, y en el instituto habían llegado a fastidiarle bastante con el tema. Había llegado a pesar más de 100 kilos.
   Siempre que salía a correr no podía evitar recordar su anterior vida. ¿Por qué a la gente le había importado tanto su peso? Incluso acabó por importarle a él también. Aunque era un chico de lo más inteligente, buena persona e incluso divertido, a la gente le daba igual, lo que les importaba era su físico.
   Llegó a un punto en el que Terry no soportaba mirarse en un espejo, y ni hablar de que alguien le viera sin camiseta.
   Terry pensó que si empezaba a comer mejor y a hacer ejercicio acabarían aceptándolo, y aceptándose a sí mismo, pero resultó que la gente que, cuando perdió peso, se acercó a él, era gente de lo más estúpida y superficial.
   ¿Dónde estaba la solución entonces? ¿Qué tenía que hacer para tener amigos? Y es que se sentía tan sólo...
   Esa mañana, Terry llevaba la música a todo volumen en sus auriculares. Iba a cruzar por una esquina, cuando chocó con algo y cayó sentado en el suelo. Había un chico más bien pequeño tumbado en suelo mirándolo con sorpresa. Terry se quitó los auriculares y, tras levantarse él, ayudó al otro chico a levantarse.
   -Eh, ¿estás bien? Lo siento, no te he visto -le dijo Terry.
   -Ya, ya, se ve...
   -¿Te has hecho daño?
   -No, no. Estoy bien -dijo el chico pequeño sonriendo-. Me llamo Kevin, ¿y tú?
   -Terry -dijo éste dándole la mano al pequeño Kevin.
   No parecía en realidad tan pequeño, tendría a lo mejor uno o dos años menos que Terry.
   -Creía que era el único que corría tan temprano un sábado -dijo Kevin.
   -Pues ya ves que no -contestó Terry sonriendo.
   -Bueno, yo me tengo que ir ya. ¿Hacia dónde vas tú?
   -Ah, en realidad pensaba dar un rodeo por la manzana, pero si quieres te acompaño, no tengo prisa.
   -Bien, ¿vamos?

   Y así conoció Terry a su primer y mejor amigo, pensando en lo sólo que estaba y sin esperárselo, desde luego.


Escrito por Alicia González.

miércoles, 19 de junio de 2013

Perfección



Te sigo, te observo, memorizo. Todos y cada uno de tus movimientos, los proceso y los guardo en mi memoria. Tus gestos, tus miradas, tu sonrisa, esos movimientos tan elegantes que haces con el pelo... Perfección.
Estamos hechos el uno para el otro, aunque tú aún no te hayas dado cuenta.
Me crearon para estar a tu lado, y tú naciste para estar al lado mío. Yo, mente brillante, cuerpo impecable. Perfecta. Diseñada para no cometer errores.
Y enamorada, de ti.
Mi corazón no va al mismo ritmo que el tuyo, está hecho de otro material. No corre sangre por mis venas, pero eso no importa. Tarde o temprano comprenderás. Tarde o temprano te darás cuenta de lo que podríamos llegar a ser. Tú y yo. Perfección. Tu lado más humano, latidos regulares; mi lado más completo, inmejorable.
Ya soy tuya, y aunque tú aún no reconozcas, ya eres mío. Inevitable.
Perfecto.


Escrito por Ellen Hamon :)

domingo, 16 de junio de 2013

Las dos lunas

   Hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano, había un planeta dividido en dos reinos, en los cuales había dos jóvenes que serían los futuros reyes de cada uno. Uno de ellos era un joven llamado Koa, con la piel negra y los ojos y el pelo plateado; la otra era una joven llamada Ame, con la piel plateada y los ojos y el pelo negro. Algún día, ellos reinarían sobre sus respectivos reinos, situados en lados opuestos del planeta.
   Cada reino tenía una luna; la del reino de Koa se llamaba Alana, y la del reino de Ame, Liliana. Los habitantes de los reinos no adoraban a un Dios, sino que adoraban a las lunas. Alana y Liliana estaban quietas en el cielo, justo encima de donde se habían construido los dos palacios, siempre ahí, y siempre ahí iban a rezar los habitantes de los reinos.
   A pesar de que los dos reinos eran similares en costumbres, eran enemigos. Ninguna persona que fuera de un reino tenía relación con otra del otro, nunca.
   Una de las noches en las que Ame, como futura reina que era, vigilaba su territorio, se encontró con Koa en la frontera entre los reinos, y no pudieron evitar enamorarse el uno del otro.
   Se encontraban allí todos los días, para pasar unos minutos juntos. Pero cuando los entonces actuales reyes de los reinos se enteraron de su relación, les obligaron a separarse para no verse más.
   Ame y Koa rogaron a sus respectivas lunas que les dejaran estar juntos. Las lunas, al ver el amor sincero que había entre los dos jóvenes, hablaron con el planeta, e hicieron un trato; una vez al año, Ame y Koa podrían estar juntos en el centro del planeta durante 24 horas, donde estarían protegidos de los habitantes del reino, pero sólo a cambio de que los jóvenes les entregaran su alma a las lunas.
   Desde entonces, las lunas empezaron a girar por el planeta, y una vez al año, cuando daban la vuelta completa, se quedaban quietas durante 24 horas sobre sus respectivos reinos, para que Koa y Ame estuvieran juntos.



Escrito por Alicia González.

Confianza

   
   En realidad, todos somos frágiles por dentro. Quizás nos confundimos y creemos que somos como una especie de caja, o armario, alguna caja fuerte donde guardar nuestros secretos, defectos, inseguridades, fallos, problemas. ¿Somos lo suficientemente fuertes para aguantar todo eso sin rompernos? No, tan sólo somos personas, simplemente no estamos hechos para guardarnos cosas.
   A mi me gusta esconder mis sentimientos y reflexiones en palabras, en historias, por eso escribo tanto. No se me da muy bien hablar, no suelo decir las palabras más adecuadas, por eso prefiero escribir, si me equivoco sólo tengo que borrar y volver a escribir otra cosa.
   Pero, ¿es un buen escondite éste? ¿No es mejor que puedas contarle todo a otra persona, en lugar de esconder y esconder? Pero espera, ¿cómo sé en quién puedo confiar y en quién no? Puedo estar equivocándome.
¿Qué es peor, no saber en quien confiar o no querer confiar en nadie?


Escrito por Alicia González.

domingo, 9 de junio de 2013

El poema 2

   Leo y Nina salían juntos del instituto para dirigirse a casa de esta última.
   -¿Me puedes leer algún poema hoy? -dijo Leo cogiendo a Nina de la mano.
   -Si quieres... hay uno muy bonito, muy romántico -le contestó Nina-. A lo mejor ya lo conoces.
   -No sé, no conozco yo mucha poesía que digamos.
   -Seguro que sabes cual es.
   Cuando Nina y Leo llegaron a la casa, se metieron en el cuarto de Nina. Leo se sentó en el sofá mientras Nina buscaba el poema que quería leerle a Leo entre sus libros.
   -¡Aquí! ¿Empiezo?
   -Sip.

<<Me gusta cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como ausente.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.>>

   -Este es de Pablo Neruda. ¿Qué tal?
   -Me gusta más el otro, pero este está bien. Me sonaba el primer verso, pero ya está, el resto no lo conocía, ni tampoco sabía de quien era. Léelo otra vez.
   Nina se sentó al lado de Leo y empezó a leerlo otra vez.


Escrito por Alicia González.

sábado, 8 de junio de 2013

Las tres rejas

   ¡Hola a todos! Este es un mini-relato que acabo de leer en internet, que ya conocía de hace tiempo y me gusta mucho, así que lo comparto con vosotros.

LAS TRES REJAS
   Un joven discípulo de un filósofo sabio llega a cada de éste y le dice:
   -Escucha, maestro. Un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia...
   -¡Espera! -lo interrumpe el filósofo- ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?
   -¿Las tres rejas?
   -Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?
   -No. Lo oí comentar a unos vecinos.
   -Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?
   -No, en realidad no. Al contrario...
   -¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquiera?
   -A decir verdad, no.
   -Entonces -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.



Alicia González. 

Como nacer de nuevo


Cada uno tiene sus creencias. Yo creo que todos tenemos una vida pasada, pero que ninguno recordamos cuál fue. También creo que en algunos casos es posible traer de nuevo a la memoria vivencias y recuerdos de aquella otra vida, de aquel otro ser que en un tiempo fuimos.
¿Imaginas que en el pasado hayas pertenecido a la realeza? ¿Podrías haber sido una persona famosa en tu antigua vida? ¿Fuiste una persona, o tal vez un animal? En ese caso, ¿un animal terrestre, acuático...? ¿Podías volar en tu otra vida? ¿Fuiste hombre o mujer?
Seguramente te parecerá un estupidez esto que te estoy contando, pero tengo mis motivos, y te puedo asegurar que es la pura verdad. Yo misma he experimentado esa sensación, la sensación de recordar cosas que nunca antes has vivido, o que puede que hayas vivido pero tú no lo recuerdes. No hablo de deja vu, ni nada por el estilo. Hablo de auténticos recuerdos. Cosas que ya han pasado.
Por ejemplo, el otro día me encontraba yo con mis amigos en la plaza, sentados en los bancos situados en frente de la iglesia de estilo gótico que tanto fascinaba a Julián. Él fue quien me habló de todo esto de la reencarnación. Me contó que aquella iglesia llevaba allí varios siglos, y que él solía acudir a menudo a sus misas. Me explicó que hace muchísimo tiempo, en su vida pasada, él fue católico practicante, y que en esa misma iglesia se casó con Ana, la cual fue su esposa durante varios años, hasta que falleció debido a un terrible accidente, pues murió al caerse desde lo más alto de un campanario, y entonces él solo se hizo cargo de sus cuatro hijos, y logró sacar su familia adelante. Me contó que su nombre verdadero no era Julián, pero que no recordaba cuál era. Le comenté, entonces, que a veces me venían imágenes a la cabeza, imágenes de lugares en los que nunca había estado o de personas que no conocía, pero que de algún modo, sabía que eran reales. Él me sonrió.
- Eso es que estás empezando a recordar.- Me dijo.

Por fin llegaron las vacaciones, y así pude pasar más tiempo con Julián, aprendiendo mucho más sobre este tema que tan cautivada me tenía.
- ¿Qué puedo hacer para recordar más cosas sobre mi otra vida?- Le pregunté. Él se encogió de hombros.
- No sé.- Me contestó.- No todo el mundo es capaz de recordar, y mucho menos recordarlo todo. Cada uno tiene sus límites. Yo, por ejemplo, no soy capaz de recordar ningún nombre, excepto el de mi mujer, Ana. No recuerdo el de mis hijos, ni si quiera el mio propio... Sin embargo, recuerdo perfectamente sus caras, sus voces, recuerdo con claridad dónde vivíamos, y a veces recuerdo vagamente momentos exactos que sucedieron en aquel tiempo.- Cualquiera que no crea en esto que os estoy contando, seguramente pensará que estamos locos, que deberían encerrarnos en un manicomio, que todo esto no es más que fruto de nuestra imaginación y que nos lo hemos inventado todo. Pero, dejadme deciros una cosa, ¿no sentís a veces, como que no sois vosotros? ¿Os sentís diferentes, raros sin ningún motivo? ¿Veis a alguien, o algo que os resulta familiar, pero no sabéis de qué? Pues bien, pensad lo que queráis, pero yo creo que todo eso no es otra cosa mas que recuerdos de una vida pasada.
  
Aquella misma noche tuve un sueño, un sueño rarísimo.
Era yo, subida a una torre altísima, casi podía rozar las nubes con mis dedos. Entonces miré hacia abajo, y sentí cómo estaba apunto de caer. Miedo, mareo, una sensación de vértigo que jamás antes había sentido. Yo no le tenía miedo a las alturas, ¿acaso en mi vida anterior sí? Aquella sensación era horrible. Sufrimiento. Agobio. Desesperación.
- ¡Me quiero bajar! ¡Me quiero bajar! ¡Que alguien me ayude! ¡Quiero bajar!- Gritaba. Pero nadie me oía. Y entonces lo vi, a lo lejos. Julián. Tenía algo extraño en su mirada. Y su sonrisa, ya no era cálida y amistosa como siempre. - ¡Julián! ¡Julián, ayuda!- No parecía escucharme.- ¡Marco! ¡Marco, ayúdame, por favor!- Grité de repente. Aún no sé bien por qué. Julián se acercó poco a poco, al escuchar aquel nombre, y con una expresión, ahora de cariño en su rostro, subió, y me ayudo a bajar de la torre.Una vez abajo, me abrazó fuerte, pero dulcemente.
- Te he echado de menos, Ana.- Dijo. Y entonces desperté.

Al día siguiente Julián me llamó, diciendo que tenía una sorpresa para mí. Sonaba muy excitado, por lo que supuse que sería algo importante.
Quedamos a las cuatro de la tarde en la plaza, y juntos caminamos hacia el cementerio del pueblo. Estaba divido en dos partes, la parte vieja y la nueva, que fue construida hace unos 50 años. Nos detuvimos casi al final de la parte vieja.

-¿Por qué me has traído aquí?- Estaba un poco preocupada. Durante este tiempo había llegado a pensar que entre Julián y yo podría haber algo, algo más que amistad, pero este era un lugar muy extraño para una primera cita.
-Shhh.- Dijo.- Observa.- Entonces señaló en dirección a una tumba. -Lee la inscripción.- Me costó un poco, ya que era una lápida muy, muy antigua, consumida por el polvo, la mugre, y el tiempo. Pero entonces, tras concentrarme mucho, leí, sorprendida, en voz alta:

Aquí yace Ana de la Villa”
Nuestro amor es eterno, volveremos a encontrarnos”
   -Marco.

Entonces comprendí, y varias lágrimas brotaron de mis ojos para recorrerme las mejillas. Julián se acercó por detrás, él también estaba llorando, llorando de alegría.
- Un amor así no podía acabar de esa manera. Te dije que nos volveríamos a encontrar.- Y acto seguido me abrazó. No sé cuánto tiempo estuvimos así, los dos quietos, llorando y abrazándonos en aquel viejo cementerio, pero lo que sí sé es que a partir de ese momento, nada volvió a ser como antes. Era como nacer de nuevo, había comenzado mi nueva vida...


Por Ellen Hamon :)





jueves, 6 de junio de 2013

Miedos

   Recuerdo aquel día como si hubiera sido ayer. Por aquel entonces yo tendría unos 12 ó 13 años, y mi vecino Jerry... ¿15? Más o menos. Desde que mi madre y la suya se habían hecho amigas, Jerry había empezado a venir a casa cada vez que ellas salían a algún sitio.
   Aquel día, Jerry me preguntó a qué tenía miedo. Estaba realmente pesado, y se puso aún más cuando me negué a decírselo.
   -Venga Carol -me decía una y otra vez-, si me dices tu miedo, yo te digo el mío.
   -¿Por qué no lo dices tú primero? -le dije yo.
   Jerry se quedó mirándome con los ojos entrecerrados.
   -Me da miedo la oscuridad -me dijo-. ¿Y a ti?
   -Vale, voy a decírtelo porque tú me lo has dicho, y la verdad, pensaba que no lo harías... pero ni se te ocurra contárselo a nadie, ¿eh? Será nuestro secreto.
   -Y me llevaré el secreto a la tumba.
   -Bien -respiré hondo y solté el aire sin prisa antes de hablar. En realidad, no me importaba decírselo, pero era graciosa la cara que ponía mientras esperaba a que yo hablara-. Me da miedo el mar.
   -¿El mar? -dijo decepcionado.
   -¿Qué pasa?
   -No, nada. No me imaginaba que eso te diera miedo.
   -¿Y qué creías que me iba a dar miedo entonces?
   Jerry se encogió de hombros.
   -Ven conmigo -le dije.
   Fui a mi cuarto y bajé la persiana de la única ventana que había allí.
   -¿Qué pasa? -dijo Jerry a mi espalda.
   -Shh.
   Cerré la puerta del cuarto y puse la mano sobre el interruptor.
   -¿Listo? -pregunté sonriendo.
   Vi como se le descomponía la cara cuando vio lo que me disponía a hacer.
   Y apagué la luz.
   No oí ningún ruido, así que avancé hasta chocarme con Jerry, quien gritó por la sorpresa.
   -Jerry, tranquilo, soy yo.
   -¿Por qué haces esto, Caroline? ¿Crees que estaba bromeando antes?
   -Quiero que dejes de tener miedo, Jerry...
   -Enciende la luz, por favor.
   -Jerry, escúchame...
   -Carol, enciende la luz.
   -Calla ya y escúchame.
   -Carol...
   Abracé a Jerry antes de que dijera algo más. No era muy alto, un poco más que yo. Le rodeé el cuello con los brazos y le hablé:
   -Olvida donde estamos, ¿vale? Concéntrate en mi.
   -Pero no puedo verte.
   -Pero puedes hablarme. Cuéntame, ¿cómo te ha ido el día hoy?
   Jerry me rodeó con los brazos y empezó a hablar. Podía notar
sus acelerados latidos, y la agitación con la que respiraba.
   -Pues... me ha costado mucho levantarme esta mañana, estuve estudiando hasta tarde anoche.
   -Sigue, muy bien.
   -El examen de matemáticas, para el que había estado estudiando, me salió bastante bien.
   -¿Sí? Me alegro.
   -Sí, yo también. Aunque el profesor de historia me echó la bronca.
   -¿Por qué?
   -Porque me dormí en su clase -dijo riendo.
   Yo me reí con él. Notaba su aliento en la cara cuando hablaba, pero no me molestaba.
   -¿Porque habías estado estudiando hasta tarde?
   -Sí -y volvió a reír.
  Cada vez le notaba más relajado.
   -Lo estás haciendo muy bien Jerry, sigue contándome.
   -Pues Claire ha vuelto a molestarme hoy.
   -¿Claire? ¿Quién es?
   -¿Celosa?
   -Qué más quisieras tú.
   Jerry volvió a reír antes de hablar.
   -Es una niña que está en un curso menos que yo y no me deja tranquilo. Cada vez que paso al lado de ella y sus amigas por el pasillo se ríen y me señalan.
   -¿Y qué ha hecho hoy para molestarte?
   -Me ha mandado una nota en la que ponía lo guapo que era, firmada por “mi admiradora secreta”.
   -¿En serio? -dije riendo.
   -Totalmente en serio -dijo riendo también-. Es irritante.
   -Vamos, sigue diciéndome.
   -Pues... después del instituto ayudé a mi hermana con los deberes. Y más tarde mi madre me ha dicho que se iba con la tuya y con mi hermana, así que he venido a verte.
   -Ajá.
   -¿Y tú?
   -¿Qué?
   -¿Qué has hecho tú?
   -Se supone que el que debe hablar eres tú, no yo, para distraerte.
   -Bueno, tú me distraes.
   -¿Quieres salir ya?
   -¿Por qué haces eso?
   -¿El qué?
   -Siempre que intento saber algo de ti, o no sé, cuando intento conocerte, llevarme mejor contigo, me rehuyes, rehuyes el tema, y no tengo ni idea de ti cuando yo te lo cuento todo.
   -Jerry...
   -¿Qué?
   -Pero, ¿a que ya no tienes miedo?
   Jerry apoyó su frente en la mía y me apretó contra sí.
   -¿Sabes qué me da aun más miedo que la oscuridad?
   -¿El qué? -le pregunté.
   -Tú.



Escrito por Alicia González.

lunes, 3 de junio de 2013

El desconocido

   Aquel día yo iba caminando como si nada hacia el instituto, como hacía cada día, cuando pasó algo que no pasaba cada día.
   Recuerdo que estaba comiendo una manzana por el camino de desayuno, ya que iba tarde a clase, pero en cuanto lo vi, la manzana se me cayó al suelo por la impresión y me olvidé de las clases. Era alto y ancho, con el pelo muy corto y rubio y los ojos negros, completamente negros. Llevaba una mochila colgada del hombro, y sujetaba una hoja de papel en una mano, la cual estaba leyendo con el ceño fruncido.Cuando me quedé pasmada mirándolo fijamente, él levantó la vista y se me quedó mirando también.
   Yo había visto a aquel chico antes, estaba segura, pero ¿dónde?
   El chico rubio se acercó a mi despacio sin dejar de mirarme a los ojos hasta pararse en frente de mi.
   -¿Liz? -preguntó él mientras me acariciaba la mejilla.
   Yo me quedé quieta sin decir nada.
   -¿Eres tú de verdad? -volvió a preguntar el chico rubio.
   -¿De qué te conozco? -le pregunté yo.
   -Nos conocemos de toda la vida, Liz -dijo él-. Ven conmigo.
   Me cogió la mano y me llevó a rastras hasta una casa que había allí cerca, la suya supuse.
   -¿Dónde vamos? -le dije.
   El chico se limitó a sonreírme sin decir una palabra.
   Entramos en la casa y subimos al piso de arriba, entramos en una habitación y me indicó que me sentara en la cama.
   -Espera un momento.
   Estuve estudiando la que debía ser su habitación mientras él rebuscaba en un cajón. Había algunos dibujos de paisajes colgados en las paredes, y no muchos muebles; un escritorio, una cama pequeña y un armario.
¿Qué hacía yo allí, en la casa de un desconocido? ¿Y por qué me parecía como si estuviera en casa?
   Un rato después, el chico se sentó a mi lado en la cama y me dijo:
   -No te asustes, ¿vale? Es normal que no me recuerdes, pero se que lo harás en cuanto veas esto.
   Y me enseñó la foto. En ella aparecíamos el chico rubio y yo. El chico rubio aparecía besándome la mejilla mientras me abrazaba y yo estaba con la boca abierta y los ojos cerrados, como riéndome.
   Y entonces lo recordé todo.
   -¿Aiden? -le dije, sabiendo ya que el desconocido no era para nada un desconocido.
   Él se limitó a asentir. Yo me abalancé sobre él y le llené a besos.


Escrito por Alicia González.

domingo, 2 de junio de 2013

Madres


   -Marta, cielo, ¿puedes llegarte a por el pan? -dice su madre.
   Marta se limita a mirarla elevando las cejas, con gesto de incredulidad.
   -Vale cariño, no hace falta, ya voy yo...
   -Sí, mejor.
   Marta sigue mirando la televisión.
   -¡Ah, Marta! ¡Se me olvidaba! Hoy vamos a comer con un compañero de trabajo de tu padre y su mujer. También vendrán sus hijas, que tienen las dos la misma edad que tú. Estoy segura que...
   -Mamá -interrumpe Marta-, ya he quedado.
   La madre de Marta pestañea.
   -Pero cariño, ya saliste ayer.
   -Sí, y hoy también te he dicho.
   -¿No podrías dejarlo para otro día? A tu padre y a mi nos...
   -Mamá, te he dicho que no, ya está.
   La madre de Marta se muerde el labio para disimular el temblor. Tiene muchas arrugas en la frente, y también a cada lado de la boca. Parece diez años mayor, cuando en realidad sólo tiene 33 años, con una hija de 16. Se quedó embarazada muy joven, pero quiso tener a su pequeña, para que ahora la trate así... todas las oportunidades que ha perdido en su vida...



   -Paula, ¿puedes ayudarme a levantarme? -dice su padre.
   -Sí, voy.
   -Ay, Paulita... ¿qué haría yo sin ti?
   -Pues nada papá, pues nada.
   El padre de Paula se ríe y la despeina con la mano. Cada vez se parece más a su madre...
   -Tengo una sorpresa para ti.
   -¿Una sorpresa?
   -Sí, para que no estés triste por mamá.
   -Pero, ¿qué sorpresa?
   -Si te lo digo deja de ser sorpresa -dice poniéndose su chaqueta-. Tráeme las llaves del coche, ¿quieres?
   -Papá, no estás en condiciones de ir a ningún lado...
   -Tonterías.
   Paula y su padre pasaron el día en el que había sido el restaurante favorito de su madre, hacía ya 4 años de su muerte, y su padre, aunque cada vez le costaba más levantarse de la cama, la llevaba allí a comer para que no estuviera triste, con tal de verla contenta...


Escrito por Alicia González.