jueves, 30 de mayo de 2013

Cita

   Esto que voy a escribir ahora es una cita que he visto en un libro. Ningún personaje lo decía, es que en este libro que me estoy leyendo, al principio de cada capítulo sale algún fragmento de otro libro.
   Allá va:

Porque me maravillé que otros, sujetos a la muerte, vivieran, ya que  aquel al que yo amaba como si nunca debiera morir, estaba muerto; y me maravillé aún más de que yo, que para él era como un segundo yo, pudiera vivir, habiendo muerto él. Bien dijo uno de sus amigos: <<Eres la mitad de mi alma>>; porque sentía que su alma y mi alma eran <<un alma en dos cuerpos>> y, por tanto, mi vida se convirtió en un horror para mí, porque no quería vivir sólo a medias. Y al mismo tiempo temía morir, no fuera que aquel  al que yo tanto amaba muriera por entero.

SAN AGUSTÍN, Confesiones, Libro IV


Alicia González.

miércoles, 29 de mayo de 2013

La curiosidad mató al gato


Matthew cruzó la puerta, indeciso. Dudaba de que aquello fuera lo correcto, por algo su tío se había mostrado tan estricto a la hora de mantenerlo alejado de aquella habitación. Pero la curiosidad que Matthew sentía en aquel momento podía más que todas las normas impuestas por su tío. Además, ahora no se encontraba en casa, no tenía por qué enterarse de que Matthew le había desobedecido.
La sala estaba oscura, no se veía nada. A Matthew le entró un poco de miedo, ¿dónde se había metido? De repente notó como algo suave caía lentamente sobre su cabeza y, temeroso, lo cogió. No estaba seguro, pero por el tacto aquello parecía la hoja de un árbol. ¿Dónde estaba? ¿Qué era realmente aquella habitación?
Decidió caminar a ciegas, quizás hubiera algún interruptor en alguna parte. Según avanzaba, notaba que el suelo que pisaba se reblandecía, ya no parecían losas de mármol, ahora era como... tierra. Pensó que su mente le estaba jugando una mala pasada, siempre había sido un chico con mucha imaginación. Pero lo cierto era que estaba asustado, no sabía hacia dónde iba, no sabía cómo salir de aquel lugar. Pero una vez más, la intriga y la curiosidad pudieron más que su miedo, y no dejó de caminar, quería descubrir lo que estaba ocurriendo.
No sabía cuánto tiempo llevaba caminando en la oscuridad, aquello que siempre había creído una habitación normal y corriente, ahora le parecía infinita. Por más que andaba en línea recta jamás chocaba con ninguna pared. No se oía ningún sonido, le costaba incluso escuchar sus propios pasos, no olía a nada, y como estaba tan oscuro, obviamente el sentido de la vista tampoco le servía de mucho. Aún tenía aquella hoja en su mano. Entonces, algo le hizo dejarla caer de pronto. Un ruido, como el rugido de un animal, de una bestia... Algo se abalanzó sobre Matthew y...
- ¡Ahhh! 
- ¡Te advertí que jamás abrieras esta puerta!- Rugió la bestia, que había derribado a Matthew.
Él forcejeaba, pataleaba y gritaba... Pero ya era demasiado tarde...
Siempre se lo habían dicho, desde pequeño, cuando se inventaba aquellas ridículas historias de fantasía y aventuras, y no paraba quieto explorándolo todo a su alrededor, metiendo las narices en asuntos ajenos... “La curiosidad mató al gato”


Por Ellen Hamon:)

martes, 28 de mayo de 2013

Libros, libros...

   ¡Hola a todos! Bueno, a las personas que lean con frecuencia el blog les extrañará que esto no sea un relato, ya que siempre lo son. Aquí me he animado a escribir ideas que salían de mi cabeza junto con mi gran amiga Ellen, pero he estado pensando durante un tiempo en escribir algo más personal, por lo que poder hablar un poco con las personas que nos lean.
   En esta entrada me gustaría recomendar unos libros que me encantaron cuando los leí. Intentaré hacer entradas como de este estilo con regularidad y lo mejor que pueda.
   Allá van:

Nombre: Just Listen
Autor: Sarah Dessen
Número de páginas: 398
Sipnosis: <<Cuando una vez más Annabel dcide huir en vez de afrontar los problemas, su vida da un cambio radical. Aislada en el colegio y en casa, solo encuentra apoyo en Owen, un compañero del instituto, que tiene por norma decir siempre la verdad, sin importar las consecuencias. Annabel convierte la música en su vía de escape y trata de encontrar el valor de afrontar lo que de verdad ocurrió la noche en la que Sophie dejó de ser su mejor amiga.>>
Opinión personal: Este es el primer libro de esta escritora que leí, y la verdad, aunque al principio era algo entretenido, a medida que seguía leyendo me gustaba aún más.
Me encanta la protagonista de este libro, Annabel, y bueno, estoy enamorada de Owen. Annabel es una chica que ha sufrido mucho, ya sea por los problemas que han habido en su familia o por los que ella misma ha tenido que afrontar.
Y bueno, Owen... ¿qué puedo decir de él? No es ningún estereotipo, es... No sé, en mi opinión, es simplemente perfecto.

<<Bueno, si te das cuenta, la música une a la gente. Posee una fuerza increíble. Algo que dos personas totalmente distintas en todo lo demás pueden tener en común.>>



Nombre: Una canción para ti
Autor: Sarah Dessen
Número de páginas: 399
Sipnosis: <<La regla de oro de Remy es no enamorarse nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia. Es una chica inteligente y muy popular, pero teme involucrarse en una relación y siempre decide cortar antes de que la cosa se ponga seria. Sin pretenderlo, es una rompecorazones, como su madre, una famosa escritora de novelas románticas y coleccionista de maridos. La regla sagrada de Remy se tambalea todo lo que ella odia. Para colmo es músico como su padre. ¿Puede que haya llegado el momento de que Remy descubra el auténtico sentido de esas estúpidas canciones de amor que la gente tararea y que ella detesta?>>
Opinión personas: Este libro es el segundo que leí, lo voy poniendo en orden. La verdad, tenía muchas expectativas para este libro después de haber leído "Just Listen", y aunque no me gusto tanto, también estuvo muy bien.
También me gusta mucho la protagonista del libro, Remy, a pesar de que al leer la sipnosis me pareció que sería una estúpida, me gustó mucho. Eso es algo que tienen en común todos los libros que he leído de esta escritora, que tienen unas protagonistas que me encantan, no como me pasa con muchos otros libros.
Y bueno, qué decir de Dexter... me encantó, incluso me gustó más que Owen, y eso es mucho ¿eh?

<<El amor es una excusa para aguantar cosas que no deberías aguantar. Así es como te engancha. Altera la balanza de forma que las cosas que deberían ser muy pesadas no parecen serlo. Es una estupidez. Una trampa.>>



Nombre: Atrapa la luna
Autor: Sarah Dessen
Número de páginas: 252
Sipnosis: <<Mientras su madre, la reina del aeróbic Kiki Sparks, pasa el verano de gira por europa, a Colie, de quince años, le toca quedarse con su tía Mira en un aburrido pueblecito de Carolina del Norte. Está convencida de que va a ser el peor verano de su vida, pero pronto se da cuenta de que quizá sea todo lo contrario.
Colie consigue un trabajo de camarera en un restaurante donde conoce a Morgan, Isabel y Morgan, con quienes entabla una amistad especial. Gracias a los tres, al final del verano Colie se verá a sí misma de otra manera.>>
Opinión personal: Y por último, pero no por ello menos importante... ¡El tercer libro! Lo encontré en la librería un día de tantos en los que estaba buscando algún libro que leer y me da pena pensar que, si no hubiese sido porque me di cuenta de que era de una autora de la que ya había leído anteriormente, no hubiera reparado en él. Aunque al leer la sipnosis no me interesé mucho, me animé a comprármelo, y no me arrepiento. Este es el que más me ha gustado de todos, el que más me ha hecho pensar.
Al principio, no me gustaba la inseguridad que tenía la protagonista, pero es que ese es el tema principal del libro. Os aseguro que si lo leéis no os arrepentiréis de nada.

<<Hay un secreto que puede convertirte en una chica más guapa y segura de ti misma, pero no es lo crees.>>


A parte de lo que ya he dicho que tenían en común estos tres libros (que me gustan mucho las protagonistas, todas ellas chicas), también tienen en común que su objetivo es hacerte pensar (algo que bastante necesita de vez en cuando...).
Tengo muchísimas ganas de que algún otro libro de esta misma autora se publique en España. Espero no defraudaros con mis recomendaciones. Saludos a todos :)


Alicia González.

El poema

   -¡Aquí está! -dijo Nina sonriendo.
   -¿Me vas a decir ya qué estás buscando? -preguntó Leo.
   -No -dijo Nina riendo-. Ven aquí.
   Leo se levantó de la cama de Nina y ésta lo guió de la mano hasta el diminuto sofá que ocupaba una de las paredes de su diminuta habitación.
   -¿Estás cómodo?
   -Sí -dijo Leo impaciente-, ¿me lo vas a decir ya o no?
   -Lo bueno se hace esperar.
   Leo se rió y se acomodó en el sofá.
   -A saber con qué me sorprendes esta vez...
   Nina cogió la silla del escritorio y se sentó en frente de Leo. Lo observó sin decir nada. Leo parecía mirar a través de ella, a algún punto invisible. A veces le gustaría que pudiera verla, y que le gustara lo que viera, pero eso era imposible.
   Leo se había quedado ciego cuando tenía 6 años.
   -¿Qué estás haciendo? No oigo nada -preguntó Leo.
   -Te estoy mirando.
   Las pálidas mejillas de Leo se tiñeron de un tierno color rojo.
   -No es justo -dijo él.
   -Pero es lo que hay -contestó ella.
   -Ya, bueno.
   Leo extendió la mano hacía Nina. No era la primera vez que lo hacía, así que ella ya sabía lo que quería hacer. Le cogió la mano y se la puso en la mejilla.
   Leo tocó su cara, como tantas veces había hecho ya. Primero sus mejillas, la línea de su mandíbula, hasta la barbilla. Subió hasta sus labios, le acarició la nariz con la suya y apoyó su frente en la de Nina con los ojos cerrados.
   Nina le dio un beso en la mejilla y se levantó de la silla para acomodarse junto a él en el diminuto sofá.
   -Allá va, ¿eh? Atento.
   -Sí, señora.
<<Novia del campo, amapola,
que estás abierta en el trigo;
ampolita, amapola,
¿te quieres casar conmigo?
Te daré toda mi alma,
tendrás agua y tendrás pan.
Te daré toda mi alma,
toda mi alma de galán.
Tendrás una casa pobre,
yo te querré como un niño,
tendrás una casa pobre
llena de sol y cariño.
Yo te labraré tu campo,
tú irás por agua a la fuente,
yo te regaré tu campo
con el sudor de mi frente.
Amapola del camino,
roja como un corazón,
yo te haré cantar al son
de la rueda del molino;
yo te haré cantar, y al son
de la rueda dolorida
te abriré mi corazón,
¡amapola de mi vida!
Novia del campo, amapola,
que estás abierta en el trigo;
ampolita, amapola,
¿te quieres casar conmigo?>>

   Leo se quedó en silencio mientras acariciaba la mano de Nina. Ésta le miraba, esperando su reacción.
   -Ya ha terminado, ¿eh? -dijo Nina.
   Leo asintió lentamente.
   -¿Y bien? -volvió a hablar Nina.
   -No sabía que te gustase la poesía -se limitó a contestar él.
   -Es un libro que leía en el colegio de pequeña, de la biblioteca de allí -explicó ella encogiéndose de hombros-. Es de Juan Ramón Jiménez. Me gustaba, y aún me gusta. ¿Te gusta a ti?
   Leo asintió sonriendo.
   -Está muy bien. ¿Puedes leerlo otra vez?
   -Allá va.





Escrito por Alicia González.




miércoles, 22 de mayo de 2013

Simplemente, alguien que me escuche


Escucho a las personas, siempre lo hago. Les presto atención, cada detalle de lo que me cuentan es importante. Me gusta escucharlas. Me pongo en su lugar y les doy consejos. Pero, ¿dónde está la gente cuando es a mí a la que le hacen falta consejos? ¿Dónde está la gente cuando, simplemente, necesito a alguien que me escuche?
Están tan acostumbrados a ser escuchados, a que les hagan caso y les den consejos, que no se dan cuenta de que hay más personas, personas que al igual que ellos lo están pasando mal, y necesitan apoyo, o comprensión... O simplemente alguien que les escuche.
Fue un día, explorando viejas carpetas de mi ordenador con fotos de hace ya varios años, cuando me di cuenta de que algún día realmente tuve una persona que me escuchaba, alguien que siempre estaba ahí, una persona que me ofrecía su hombro para llorar, que me animaba, me defendía, me apoyaba, me ayudaba, me daba consejos, me hacía reír... Pero lo más importante de todo, era que me escuchaba. Simplemente eso. Su nombre es Lidia, éramos muy buenas amigas en la infancia, inseparables. Poco a poco nos fuimos distanciando, ella salía con un grupo de gente y yo con otro. Recuerdo que lo pasé mal, pues era duro ver cómo cada día que pasaba, estabas más lejos de una persona con la que prácticamente vivías, ya que lo hacíamos todo juntas.
La echo de menos, me pregunto qué habrá sido de ella.
Lo que sí sé, y de eso estoy completamente segura, es de que por más distanciamiento que haya habido entre nosotras, Lidia fue la primera persona que se molestó en escucharme, simplemente escucharme... Y por eso la quiero y jamás la olvidaré.

Para Lidia, Te echo de menos...

Por Ellen Hamon :)


Inseguridades

 

Un día de tantos:
   Sara se levanta de la cama, deja su poca autoestima entre las sábanas.
   En su casa, su madre le manda a callar cuando intenta contarle una de sus muchas dudas e inseguridades.
   En el instituto los profesores la hacen participar en clase y todos los alumnos hablan y ríen con ella, pensando que ella siempre está feliz.
   Mientras anda por la calle, todos los chicos le ponen la vista encima. Ella no lo sabe, pero es realmente guapa.
   A la tarde sale por ahí con unos amigos, un grupo grande, en el que es fácil ser invisible. Pero bueno, ella siempre sonríe, así que nadie se acerca a darle mucha conversación.
   En casa de nuevo, su madre la vuelve a mandar a callar mientras bebe su vino barato.
   En su cuarto, se ahoga en lágrimas y en soledad.


   Carlos sale de la cama con una sonrisa y pie derecho.
   Sus padres y hermana pequeña le desean los buenos días y le comen a besos.
   En el instituto nadie repara en él. Vuelve directo a casa, no tiene con quien pasar la tarde. En realidad, no tiene demasiados amigos.
   En casa pasa la tarde ayudando a su hermanita con sus deberes.
   Con un "buenas noches", un "que duermas bien, cielo", tres besos y otros tres "te quiero", Carlos se va sonriendo a su cama.


Escrito por Alicia González.

lunes, 20 de mayo de 2013

Soneto del libro de lengua

   Este es un soneto que leímos del libro en nuestra clase de lengua, nos gustó a todos y espero que a vosotros también.

Un soneto me manda hacer Violante
que en mi vida me he visto en tanto aprieto;
catorce versos dicen que es soneto;
burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante,
y estoy a mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.

Por el primer terceto voy entrando,
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.

Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.

LOPE DE VEGA:  Obras poéticas, Planeta.

Curioso, ¿verdad?


Alicia González.

jueves, 16 de mayo de 2013

Incesto


   -¿Vienes Lucía?
   -Sí, id vosotros, luego os sigo.
   Lucía se dirigió al lugar donde esperaba Leo.
   -¿Se puede saber qué estás haciendo aquí? ¿Qué crees que hubiera pasado si hubiera venido mi madre a recogerme? -le preguntó enfadada.
   -Sí, bueno... el caso es que no ha venido -contestó él-. Déjame invitarte a comer.
   -Leo...
   -Sí, ya sé que está mal, que tu madre nos mataría y la mía igual, que no nos puede ver nadie, pero, ¿no puede un primo invitar a su prima a comer de vez en cuando?
   -En realidad no.
   -En eso no estoy de acuerdo. Vamos, tengo el coche ahí.
   Lucía le miró mientras pensaba en si debía dejarse llevar por lo que quería su madre o por lo que de verdad quería hacer ella.
   -¿Por favor? -insistió Leo- ¿Me vas a hacer ponerme de rodillas?
   Lucía se rió y asintió.
   -Probablemente después me arrepienta, pero...
   -Nada de "peros", vámonos.
   Leo cogió la mano de Lucía y se la llevó lejos de allí. Después de ese momento se sentiría culpable, muy culpable, como siempre. ¿Cómo podía querer a su propio primo? ¿Y si se enteraran su madre o su tía? ¿Cómo lo explicaría?
   Pero eran tan bonitos esos momentos...



Escrito por Alicia González.

lunes, 13 de mayo de 2013

No más cortes


Siempre le he dicho lo guapa que era. Siempre la he hecho sonreír. Siempre parecía estar bien cuando estaba conmigo. ¿Cómo iba a saber yo que no era así?
Me di cuenta un día mientras nos besábamos en mi cuarto. Entonces, ambos empezamos a desnudarnos. Ella se quitó la camiseta, y me quedé observándola un rato. Realmente era preciosa... La chica más bonita que jamás haya conocido. Además de lista, graciosa, simpática, amable... Era la chica perfecta.
Entonces me fijé. Ella siempre llevaba manga larga, pensaba que para resguardarse del frío, pero ese día descubrí, que lo hacía para cubrir sus cortes.
Cortes que tenía en el brazo, y que ella misma se había hecho.
-¿Qué es esto?- Le pregunté, preocupado.
-No es nada- Dijo ella, apartando el brazo.
-No me mientas. ¿Qué son esos cortes?
-Son...
-¿Son?
-No son nada, en serio. - Ella recogió su camiseta del suelo y se la puso de nuevo.
-¿Qué te ocurre? ¿Por qué te haces eso?- Le dije casi apunto de llorar. Entonces ella me explicó, entre lágrimas, que era tan solo una manera de llevar el control, de controlar la pena que sentía por dentro. Me explicó qué clase de cosas le hacían sentir esa pena, como que sus compañeros de clase se burlaban de ella, no sabía bien por qué, que su padres la ignoraban o le gritaban... Me explicó que llevaba mucho tiempo sintiéndose de aquella manera. Sentía que no merecía todo aquello y que era mejor no existir, porque nadie la quería. -Yo te quiero. Te quiero más que a nada. No lo olvides, no estás sola. Me tienes a mí. Te quiero, pero por favor, no lo hagas más. - No pude evitar llorar yo también.- No más cortes, por favor... No más cortes...
-Todo parecía ir bien al día siguiente. Llegó al instituto feliz, saludando a la gente e incluso sonriendo. Pero al entrar en clase y fijarse en las miradas de sus compañeros, se sintió impotente, y me mandó un mensaje:
-Te quiero, con todo mi corazón, y te querré hasta la muerte” Pensé que no era nada, no sabía que lo de muerte lo decía literalmente, así que le contesté con un “Yo también te quiero”.
-Tuve entonces un mal presentimiento, sabía que algo no iba bien. Supongo que os sonará a locura, pero realmente sentí la pena y angustia de mi novia en aquel momento, y me asusté. Corrí a su casa, me fue fácil entrar, pues la puerta estaba abierta. Subí las escaleras hasta el piso de arriba, oía el sonido del agua saliendo del grifo, y entré en el cuarto de baño. Entonces la encontré. Allí, tirada en el suelo, lleno de sangre, inconsciente, con varios cortes en la muñeca y un cuchillo en su otra mano. Mi corazón se paró, se me acababa el aire, no podía respirar, no podía ver nada. Me acerqué a ella, con lágrimas en los ojos. La moví, intenté hacerla reaccionar, pero no hubo resultado.
-Me lo prometiste. No más cortes, ¡no más cortes!- En seguida me levante y llamé a una ambulancia, que la llevó de inmediato al hospital. Sus padres no tardaron en llegar, los había llamado un rato después al trabajo, para informarles de lo que había sucedido. Los tres esperábamos en la sala de espera cuando vimos aparecer al médico que había atendido mi novia.
-Lo siento- Fueron sus palabras- Había perdido mucha sangre, estaba ya en muy malas condiciones cuando la trajimos... No hemos podido hacer nada.

En ese momento, mi mundo se derrumbó, porque ella era mi mundo, ella era mi vida, ella lo era todo para mí. Y ya no estaba. Ni siquiera me fijé en la reacción de sus padres, me dirigí hacia los asientos y me senté, tratando de asimilar las palabras del doctor. “No hemos podido hacer nada”, “había perdido mucha sangre” …
- Me lo prometiste...-Dije, con la esperanza de que estuviera donde estuviese me escuchara.- Me lo prometiste. No más cortes... No más cortes...



Escrito por Ellen Hamon :)

domingo, 12 de mayo de 2013

Equilibrio



   Iba tarde a algún lado, no recuerdo dónde, me olvidé de eso en cuanto vi a la chica llorar en el banco. Por ese entonces yo tendría unos 16 años, la chica parecía un par de años más joven. En realidad, a mi no se me daban muy bien las chicas, en cuanto tenía que dirigirle la palabra a alguna empezaba a tartamudear, por horrorosa que fuera. Pero esa chica... no sé, sentía que no podía dejarla allí llorando, así que me acerqué a ella y me senté en el banco a su lado.
   La chica levantó la vista para mirarme. Tenía unos bonitos ojos marrones, grandes, el pelo rubio y la cara llena de pecas.
   -¿Por qué lloras? -le pregunté. Me sentí orgulloso de mi mismo por no haber tartamudeado con aquella chica.
   Ella se encogió de hombros y miró al suelo.
   -Hoy no ha sido un buen día... bueno, y tampoco los anteriores. Una mala racha.
   La chica se quedó en silencio, y yo empecé a pensar que la estaba aburriendo. ¿En qué estaba pensando al acercarme a hablar con ella?
   Sin saber de dónde, me vino la inspiración.
   -¿C-cómo...? -tosí e intenté volver a hablar sin tartamudear- ¿Cómo te llamas?
   -Laura.
   -Laura, ¿quieres saber mi teoría?
   Laura levantó la vista del suelo y elevó las cejas.
   -¿Tu teoría?
   -Sí, mi teoría sobre la vida.
   Ella se volvió a encoger de hombros, pero esta vez en vez de mirar al suelo se giró más hacia mi y prestó atención a lo que le decía.
   -¿Sabes eso de “el sol viene detrás de la tormenta”?
   Ella asintió.
   -Bueno, yo creo que es verdad. Creo que si a alguien le pasa algo bueno, es porque le ha pasado antes algo malo, o le pasará. ¿Entiendes lo que quiero decir?
   -No muy bien...
   -Vale, escucha -le dije-. Es como un equilibrio. Algo bueno, algo malo. Si te pasa algo bueno, te va a pasar algo malo. Si te pasa algo malo, te va a pasar algo bueno. Si llevas unos cuantos días malos, tranquila, tendrás unos cuantos días buenos. ¿Entiendes ya lo que quiero decir?
   Laura asintió y se me quedó mirando sin decir nada.
   -Pues eso -le dije-, ahora tendrás una buena racha.
   Laura me sonrió y me dijo:
   -Estás como una cabra.
   Yo me encogí de hombros y me reí.
   -¿Cómo te llamas tú? -me preguntó.
   No sé por qué, pero sabía que ese momento marcaría mi vida.
   -Pedro -le dije-, me llamo Pedro.


Escrito por Alicia González, para Ellen Hamon.

Bulimia



   Patricia come todos los días. Siempre acompañada de sus padres, siempre hablando con ellos, riéndose. Mientras que está almorzando o cenando con ellos cree que después las cosas no serán como siempre, que esta vez no se sentirá culpable, pero siguen igual.
   Patricia come, ríe, recoge la mesa y se va a su cuarto. Mientras que sus padres creen que está estudiando o haciendo deberes, Patricia se mira al espejo. Patricia empieza a llorar, a sentirse mal, a sentirse culpable. Se alegra de tener un cuarto de baño para ella sola, así es mucho más fácil.
   Patricia piensa en todo lo que ha comido mientras se agacha delante del retrete. Mete los dedos en su boca y se provoca el vómito. Odia las arcadas, y el líquido asqueroso que sale de su boca, pero cuando se pone de pie, tira de la cisterna y se lava los dientes se siente mucho mejor.
   Patricia se vuelve a mirar al espejo y sonríe satisfecha.


Escrito por Alicia González.

Y que todo siga igual



    A veces me despierto, creyendo que nada a cambiado. Creyendo que sigo siendo la misma niña pelirroja, bajita, de ojos azules, pálida y con pecas en la cara. Creyendo que me sigo llamando Saray y que mis padres estarán desayunando en la cocina, como cada mañana; que las calles siguen cubiertas por la nieve de este frío invierno en el que acabamos de entrar; que mi gato seguirá dormido junto al fuego, como cada día; creyendo, que todo sigue igual.
    Cosa que no es cierta. Hace tiempo que el invierno se fue, llevándose consigo al hermoso gatito que solía acurrucarse al lado de la chimenea, ya era muy viejo el pobre; hace tiempo que dejé de vivir con mis padres, y que dejé de ser una niña bajita, he crecido, he madurado...
    A veces me gustaría que todo siguiera igual, que las cosas fueran como cuando era pequeña. Todo era mejor entonces. Por eso, por la noche, cuando me voy adormir, ahora junto a mi marido, después de haber acostado a mis hijos, recuerdo el pasado, sueño con él... Y me despierto pensando que nada ha cambiado, que todo sigue como antes...


    Por Ellen Hamon :)

sábado, 11 de mayo de 2013

Sheryl


   Sheryl siempre lo observaba todo, pero sin decir nada.
   Desde pequeña hacía eso. Sus padres pensaron al principio que era gracioso ver su dulce carita mofletuda mirándolo todo, por simple que fuera. Después empezaron a preocuparse, ya que la niña crecía y no hablaba. Ni siquiera balbuceaba, ni berreaba cuando lloraba. Cuando quería algo le daba toques en la mano a su madre.
   Cuando Sheryl cumplió 5 años la llevaron al médico. Un par de semanas después, tras diversas pruebas, los médicos dijeron que la niña no tenía ningún problema. No era muda, ni autista, etc. Ningún problema.
   Sheryl empezó a ir al médico una vez por semana. El médico le dijo a sus padres que la niña parecía entender cuando le hablaban, ya que asentía, sonreía, fruncía el ceño, etc. Pero no hacía amago de contestar.
   Los padres de Sheryl aceptaron que la niña era un poco rarita.
   Pasaban los años y Sheryl seguía sin hablar. Daba clases en casa, ya que no interactuaba con el resto de personas de su entorno.
   Al principio, al sr. Jones, su profesor, le pareció un poco extraño dar clase a una alumna que no hablaba, pero acabaron entendiéndose bien. Cuando Sheryl no entendía algo, le daba golpecitos en el brazo, y el sr. Jones se lo volvía a explicar.
   ¿Dónde escondía Sheryl sus palabras? ¿Era alguien capaz de no decir una palabra en toda su vida?
   Resultó que la vida de Sheryl fue mucho mejor que la de mucha otra gente. Sheryl fue mucho más feliz guardándose sus reflexiones para ella misma que otras personas que se dedicaban a dar siempre su opinión, se la pidieran o no.
   -Sheryl -le dijo una vez su madre cuando ya era adulta-, ¿por qué no hablas?
   Sheryl se encogió de hombros y, por una vez en su vida, habló:
   -Simplemente, no creo que tenga nada que decir.
   Sheryl no volvió a hablar nunca más.


Escrito por Alicia González.

martes, 7 de mayo de 2013

La espera de Clara


   Clara se sentó en el banco de siempre mientras sacaba una botella de coca cola de su mochila. Había un par de niños jugando en los columpios, un gato callejero corriendo tras un ratón, chicos de su edad jugando al fútbol y sin quitarle la vista de encima, madres charlando mientras que vigilaban de lejos a sus hijos, un bebé llorando, etc.
   Todos los días se sentaba allí, desde las 6 hasta las 9, cómo había hecho hace tantos años con Lucía. Ella y Clara siempre habían sido amigas, sus madres también, y vivían las dos en los pisos blancos que rodeaban el parque. Todos los días, desde que tenían 10 años, quedaban en aquel banco para hablar, leer, pintar, reír, etc. Años después, las dos amigas seguían siendo inseparables, sin faltar nunca a su cita.
   Uno de esos días, Lucía le dijo a Clara que la esperase allí, que tenía que hacer un recado a su madre. Esa fue la última vez que la vio. De camino a hacer el recado que le había mandado su madre, un conductor borracho no vio a Lucía cruzar la calle, y con tan sólo 13 años falleció.
   Cinco años más tarde de la muerte de Lucía, Clara seguía acudiendo puntual a su cita, esperándola. A Clara le gustaba pensar que algún día Lucía volvería por el mismo sitio por el que se fue, le diría que ya estaba de vuelta, se sentaría a su lado y volverían a hablar de cualquier cosa y a reír como siempre.


Escrito por Alicia González.

sábado, 4 de mayo de 2013

Keila

   José corrió hacia el edificio donde se encontraba el veterinario tras encontrarse a Keila en el suelo inconsciente.
   Keila había llegado allí cuando era tan sólo una cría, unos cazadores habían matado a la madre de la gueparda y unos excursionistas la habían encontrado cuando estaba muriéndose de hambre. Keila no se había dejado tocar por nadie, menos por José.
  José entonces no tenía más de 10 años, y había acompañado a su padre al trabajo, el cual se dedicaba a buscar curas para enfermedades casi imposibles en su laboratorio. Y la vio. Estaba gruñendo a uno de los voluntarios, quien le estaba intentando dar de comer. La pequeña Keila fijó su mirada en él nada más entrar en el cuarto donde ella estaba. Keila ignoró al voluntario y se dirigió lentamente hacia José, hasta llegar hasta sus pies. Se tumbó y se le quedó mirando, hasta que el pequeño se agachó y le acarició el lomo. Desde ese momento se hicieron inseparables.


   Ahora, 8 años más tarde, José y Keila seguían siendo igual de amigos. La gueparda había enfermado hacía un par de semanas, pero no sabían que era. Una de las muchas tardes en las que la visitaba, encontró a Keila en mal estado.
   José corrió hacia el edificio donde se encontraba el veterinario tras encontrarse a Keila en el suelo inconsciente.
   -¡Papá! -gritó José irrumpiendo en el laboratorio.
   -¿Qué te pasa José?
   -Es Keila, está inconsciente.
   -¿Qué ha pasado?
   -¡No lo sé, he entrado la he encontrado así!
   Padre e hijo se dirigieron a la jaula de Keila.
   Esa fue la última vez que José vio a Keila.


Escrito por Alicia González.

viernes, 3 de mayo de 2013

Mamá


A menudo pienso en ella. Sí, en mi madre. Hace apenas dos años que murió.
No, no estoy triste. Claro que me gustaría que siguiera aquí, hay tantas cosas que le quedaban por hacer, tantas cosas que no pude decirle ni preguntarle... Era aún muy joven. Pero no me pone triste su partida. Es más, me alegra que ya no sufra más, me alegra que ahora esté en el cielo, junto a Dios, y de que allí sea feliz, como realmente se merece.
La pobre estaba muy enferma, el cáncer es una enfermedad horrible. Reconozco que me mosqueé un poco con los médicos, porque no se dieron cuenta de lo que pasaba hasta que ya fue demasiado tarde.
Aún tengo la imagen de ella en el hospital. No creo que se me borre nunca, ni si quiera sé si quiero borrarla, pues cuantos más recuerdos tenga de ella, mejor.
La recuerdo sobre una camilla, cubierta de sábanas blancas. Pálida, lacia, sin fuerzas... Muy delgada, atada a unos tubos por los que entraban los nutrientes a su sangre, ya que no podía comer nada. Recuerdo que ni siquiera le dejaban beber agua, y que mi tía debía estar constantemente humedeciéndole los labios con una esponja.
Recuerdo el día de su funeral. Lloré como pocas veces he llorado, supongo que es algo normal, ¿no? Había muchísima gente, incluso algunos desconocidos que supuse serían viejos amigos de la familia.
Mi madre era una persona alegre, sencilla, inteligente, guapa, cariñosa... Se hacía querer fácilmente, y por eso la gente la apreciaba tanto.
Muchos me han dicho que me parezco a ella, tanto de físico como de actitud, y sinceramente, me enorgullezco de ello.
Nunca he despreciado a mi madre, siempre la he querido, pero ahora además de quererla, la admiro. La admiro por todo lo que sufrió, y porque aguantó hasta el final. Eso me da fuerzas para seguir adelante, si ella pudo, yo también.
Mi madre era una persona menuda, muy bajita y frágil a simple vista, pero era una de las pocas personas más fuertes y luchadoras que he conocido. Por eso sonrío cuando la gente me dice: “Cada día te pareces más a tu madre”.
Para mí no es una simple comparación, para mí ser su hija es un orgullo.

Mamá, te quiero.

Por Ellen Hamon:')

Sinceramente:



Siento decepcionarte, pero no soy como tú y nunca lo seré.
No tengo tus virtudes, pero gracias a Dios tampoco tengo tus defectos.
No tengo tu don para el orden, no sé cómo organizar las cosas, ni si quiera cómo organizarme a mí misma; al contrario que tú, no soy para nada rencorosa, sé que te gusta que te den varias oportunidades, pero luego tú no las das, y yo sí; no tengo tus preciosos ojos color verde (aunque nadie sepa apreciarlos porque son demasiado pequeños), ni tu maravilloso acento americano, pero al menos soy capaz de esforzarme para intentar mejorar, para que veas cómo mejoro, pero desgraciadamente no es algo que tu aprecies...
Sé que has pasado por mucho, pero eso no te da derecho a pagarlo con los demás, y menos conmigo, ya que siempre me estoy esforzando por ganarme una mísera sonrisa, un mísero abrazo, o por lo menos un “hola” cuando llego a casa.
Yo también he pasado por lo mío, de hecho, sigo sufriendo aunque no lo parezca, aunque tú pienses que sea demasiado pequeña para saber de la vida. Y jamás se me olvidará esa frase, que como tantas otras que me has dicho quedará marcada para siempre en mi cabeza: “ Ya te darás cuenta con el tiempo, y ya lo pagarás con tus hijos”. No. No, señor. Ahí debo llevarte la contraria. Jamás culparé a mis hijos de lo que me haya pasado, o me esté pasando en ese momento, porque si, como todos los padres dicen, “yo ya tuve tu edad”, comprenderé la clase de cosas a las que se enfrentan, y jamás se me ocurriría ponerles más peso en los hombros del que ya tienen.
Todos somos frágiles en el fondo, aunque intentemos aparentar que somos rocas por fuera, por dentro todos somos de cristal.
A pesar de que somos muy diferentes, hay algo en lo que de cierto modo nos parecemos: A pesar de todo lo que nos ha pasado, de todo lo que nos pasa cada día, somos capaces de seguir adelante. Por motivos diferentes, con diferentes motivaciones, pero ni tú ni yo nos rendimos nunca, venga lo que venga.
Quizás tú manera y la mía sean demasiado diferentes para que llegues a comprender, cómo y por qué digo lo que digo y actúo como actúo, pero hay una cosa que tengo clara, no voy a cambiar, ni por ti ni por nadie, porque si a mí me va bien así, si así he encontrado la manera de seguir adelante, voy a continuar como hasta ahora. Por que yo soy yo.
Porque nunca he sido como tú, y nunca lo seré. 


Por Ellen Hamon :) 

Inspiración


    Mi inspiración... hace tiempo ya que la perdí. Al parecer iban de la mano con mis hormonas, mis granos y mis complejos, se fue cuando todos ellos se fueron.
   De joven me dedicaba a escribir pequeños artículos en revis
tas, algunas historias, poemas, etc. Tenía claro que llegaría a ser un gran escritor, pero un día la perdí, y se acabaron los finales felices en mis historias.
   Se llamaba Luna. Yo siempre me burlaba de su nombre, pero a ella le gustaba, y a mi me gustaba ella. Me llenó el corazón de amor y la cabeza de bobadas, llegó un momento en el que no podía pasar más de unas horas sin escribir algo nuevo.
   Entonces llegó él, el hombre que me la quitó.
   Empecé a ser infeliz, bastante infeliz, pero aún seguía siendo joven, pensaba que encontraría a alguien, así que me inspiración, aunque en menor cantidad, siguió estando ahí.
   Los años pasaban, el amor me esquivaba y la inspiración se alejaba, dejando lugar a la tristeza. Veía todos esos rostros felices, todo ese amor... ¿por qué yo no podía tener eso?
   Tenía tan sólo 25 años cuando la inspiración se fue del todo, pero yo seguía decidido a encontrarla de nuevo, así que seguí escribiendo. Las revistas en las que había estado años trabajando dejaron de publicar mis artículos, los cuales se veían cada vez más aburridos, como yo mismo. Un par de años después pasé a escribir artículos deportivos en un periódico.
   Y la vi. Luna.
   En ese momento yo estaba escribiendo un artículo sobre un partido de baloncesto del día anterior cuando noté su mano en mi hombro. Sin saber cómo, supe que era ella antes de girarme y ver su cara. Más tarde me dijo que iba a ser mi compañera de trabajo.
   -Veo que volvemos a encontrarnos -me dijo en ese momento.
   Sentía a la vez el corazón en los oídos, mariposas en el estómago y ganas de vomitar. ¿No era increíble que, con todo el daño que me había hecho aquella mujer, siguiera queriéndola así?
   -Hola Luna.
   -¿Cómo te va todo, Javier? Hace mucho que no sé nada de ti.
   -Ya sabes... -dije encogiendo los hombros.
   -¿Te gustaría quedar luego a tomar café y hablar un rato?
   -Eh... sí claro.
   -Genial, luego te veo.
   Me quedé en esa posición varios minutos antes de pensar en la cara de idiota que estaría poniendo en ese momento.
   Esa tarde la llevé a la mejor cafetería que conocía, bebimos un café y, sobretodo, hablamos. Fue la primera vez en mucho tiempo que me oía a mi mismo reír a carcajadas, y esa felicidad... creía que la había perdido para siempre.
   Desde ese día las cosas fueron a mejor, era como si el destino me estuviera compensando por todos los años tristes que pasé en mi vida.
   Mis historias, las que volví a escribir, acabaron al fin con final feliz.


Escrito por Alicia González.

jueves, 2 de mayo de 2013



Nunca he sido un romántico. No soy de esa clase de chicos que prestan demasiada atención a los detalles, o dicen cursiladas, o van a la playa por la noche con la chica de sus sueños, ni a una cena a la luz de las velas... No soy ni si quiera de los que le gusta ir cogidos de la mano.
Supongo que esa es una de las razones por las que sigo solo.
Ha habido muchas mujeres, sí, pero no he sido capaz de retenerlas a mi lado. Conmigo todo es monotonía, lo reconozco, no soy un chico especialmente guapo o inteligente, ni gracioso, mi rutina es de los más normal, ni siquiera hago deporte.
Esos es lo que más le fastidiaba a Laura. Laura fue mi última novia, y la más importante. Honestamente, Laura ha sido  la única que realmente me ha importado. Es perfecta. Guapa, lista, activa, siempre sonriente... Cómo la echo de menos. Ella se merecía algo mejor, algo que yo no podía ofrecerle. No hablo de cosas materiales, pues la verdad es que no ando mal de dinero, soy un abogado de alta reputación. Pero ella necesitaba atención, y yo fui un estúpido por no dársela.
Esto me ha hecho pensar, me ha hecho pensar en lo que soy y lo que quiero ser.
Hoy me quito la etiqueta de aburrido, y empiezo a vivir la vida. Con suerte, alguien querrá vivir la suya a mi lado.


Por Ellen Hamon :)

miércoles, 1 de mayo de 2013

Julianna, parte 5


   En los días que siguieron a esa tarde Owen empezó a venir cada vez más a menudo a casa, estuviera o no Logan. Buscaba cualquier escusa para verme y charlar un rato conmigo.
   Una vez le oí hablar con mi hermano en el salón.
   -Tío, ¿se puede saber que te traes con mi hermana?
   -¿Yo? Nada, ¿qué me voy a traer?
   -Tú sabrás... pero tío, es mi hermana, y además, es una enana.
   -Eso ya lo sé.
   -Pues eso.
   -Pues eso.
   Cuando les oí hablar así de mi la verdad es que me molestó, incluso me planteé entrar en el salón, pero ¿qué les iba a decir? ¿Qué no era una enana? ¿Qué no era su hermana? ¿No era eso cierto acaso? Tenía que dejar de pensar que Owen venía a verme a mi, era amigo de mi hermano, nada más, y claro, no me iba a tratar como a una desconocida viéndome todos los días...
   Al día siguiente Owen volvió a casa.
   -¿Juli? -me llamó desde el salón. Me acuerdo porque me extrañó que preguntase por mi en lugar de por mi hermano, pero enseguida me obligué a mi misma a dejar de hacerme ilusiones.
   -Logan está en el cine con mi madre.
   -Sí, ya lo sé.
   ¿Entonces qué hacía allí?
   Yo seguí haciendo los deberes que había empezado hacía rato.
   -¿Y por qué tú no vas?
   -Tengo deberes.
   Owen se sentó en la silla junto a la mía.
   -¿Te ayudo? Se me dan bien las matemáticas.
   -Pero si esto es francés.
   -Ah bueno, eso también.
   Yo no pude evitar sonreír, pero seguí haciendo los deberes, intentando concentrarme e ignorarle.
   -¿Pasa algo? -preguntó.
   -¿Qué va a pasar? -contesté yo.
   -No sé... estás algo rara hoy.
   -No me pasa nada.
   -Bueno, vale.
   Después de un rato que yo pasé mirando los deberes sin enterarme de nada y él me miraba a mi me levanté a coger algo de comida. Volví a sentarme sin mirarlo y escribí un par de cosas sin sentido mientras comía fresas.
   -¿Puedo? -dijo señalando las fresas.
   Yo asentí y le ignoré cuando se acercó más a mi para coger las fresas. Venga ya, ¿de qué iba ese chaval?
   -Oye, ¿por qué no te vas a jugar al salón?
   -¿Vienes?
   -Luego cuando termine, ve jugando tú.
   -Vale.
   Terminé de hacer los deberes al momento, pero no quería tener que pasar más tiempo con Owen. Después de repetirme y asegurarme a mi misma que le ignoraría pasara lo que pasase, me dirigí al salón, donde Owen se había acomodado en el sofá cuan largo era y jugaba a algún juego de fútbol. Al oírme giró la cabeza y me sonrió mientras me dejaba sitio en el sofá.
   -¿Jugamos al mismo que el otro día?
   -Como quieras -dije yo encogiéndome de hombros.
   Owen me acercó un mando y fue poniendo todas las cosas del juego con su mando y con el mío mientras yo me empezaba a cuestionar si serviría de algo ignorarle.
   -Juli, venga, dime que te pasa.
   -Ya te he dicho que no me pasa nada Owen, no insistas.
   Owen paró la partida que habíamos empezado y se me quedó mirando.
   -¿Un mal día?
   Yo encogí los hombros y miré a otro lado.
   -¿Es por lo de ayer? ¿Por lo que le dije a tu hermano?
   Yo me encogí de hombros otra vez.
   -¿Y en serio te lo creíste?
   Yo levanté la vista para mirarle.
   -Es la verdad.
   -Claro que no lo es.
   -Entonces ¿por qué le dijiste eso?
   -¿Y qué le iba a decir? ¿Le digo lo mucho que me gustas a tu hermano? ¿y que me da igual que tengas un par de años menos que yo?
   A saber la cara que puse en ese momento.
   -Pero Owen...
   Y me besó.
   Ahí, definitivamente, estaba loca por aquel chico.


Escrito por Alicia González.