martes, 16 de julio de 2013

El primer sábado de cada mes.


 Cuando era niño, a mis padres les gustaba llevarnos a mis cinco hermanos y a mi a pasar el día en el campo. En realidad, el campo no era ninguna novedad para nosotros, ya que nuestra familia era pobre y trabajábamos mucho todos desde pequeños, pero el primer sábado de cada mes, todos nosotros dejábamos lo que teníamos que hacer para el día siguiente, nos poníamos nuestras mejores ropas y salíamos en familia a disfrutar del día.
   Cuando llovía, mis padres se quedaban en el porche trasero de la casa hablando mientras nosotros nos metíamos en una pequeña casa de madera que habían hecho mis dos hermanos mayores, Luis y Jorge, y pasábamos el día jugando a juegos de cuando éramos críos. Luis, el mayor de todos con 19 años, era mi hermano favorito. Como era el más pequeño de todos mis hermanos con 7 años, ellos no me querían incluir en sus juegos a veces, pero él siempre me sentaba en su regazo, me preguntaba a qué quería jugar yo y jugaba conmigo a cualquier cosa, fuera lo que fuera, cualquier cosa.
   En cambio, cuando hacía el sol, cada uno iba por su cuenta; Jorge y Luis se quedaban en la casita hablando de cosas de mayores. Los mellizos, María y Pablo, se iban con Lucas, con quien sólo se llevaban un año a dar paseos, y yo pasaba el día entero tirado en la hierba mirando el cielo, desde por la mañana para ver las nubes e imaginar formas en ella, hasta por la noche para mirar las estrellas. Mis padres seguían en el porche, y de vez en cuando me animaban a que fuera a jugar con mis hermanos, pero yo siempre les decía que quería estar allí.
   Cuando ya era muy tarde y era hora de volver a casa, yo me quedaba siempre dormido en el suelo mientras miraba al cielo, así que Luis siempre me llevaba en brazos a la cama.
   Esos fueron los mejores días de mi vida.


Escrito por Alicia González.

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