viernes, 28 de junio de 2013

Locuras de un alma viajera

   
-¿Qué quieres ser de mayor? 
   No sé cuántas miles de veces en la vida me habrán hecho esa pregunta, sobre todo mi madre, que se preocupaba por lo soñadora que siempre había sido.
   -Déjala mujer, ya se le pasará -decía mi padre siempre.
   Y mi madre se mordía las uñas hasta la raíz mientras me miraba como si de un momento a otro fuera a desaparecer.
   Lo que le preocupaba tanto a mi madre era la respuesta que yo siempre daba a la pregunta que ya he dicho anteriormente.
   -Seré exploradora, y veré el mundo entero. Conoceré a millones de personas y hablaré cientos de idiomas distintos.
   Cuando era pequeña la gente me despeinaba el pelo con la mano y no me tomaban muy en serio, aunque tampoco era de extrañar. Pero cuando ya tenía mis 15 años, la gente me miraba algo extrañada.
   -Pero, ¿no vas a estudiar nada? ¿No quieres ir a la universidad? -decían algunos.
   -Bueno, tendré que estudiar idiomas. Y dígame usted para que me serviría la universidad si lo que yo quiero es ver mundo -les contestaba yo.
   A medida que iba creciendo, la gente se iba apartando más de mi, ya que ninguno compartía mi punto de vista, aunque a mi no me importaba, yo seguía encerrada en libros y en sueños por voluntad propia; hasta que llegó él.
   Se llamaba Dante. Dante había nacido en un pueblecito de Italia, pero no permaneció mucho tiempo allí. Había viajado con su madre desde que tenía uso de razón, por lo que no recordaba aquel pueblecito en el que nació, ni tampoco conoció nunca a su padre, pero hablaba muchísimos idiomas y había visto mundo, que era lo que realmente me interesaba a mi.
   No tardé mucho en caer rendida a sus pies, y lo mismo de él conmigo.
   -Dante, ¿en qué sitios has estado? -le preguntaba yo siempre.
   -En muchos, Annie, y algún día te llevaré a todos ellos -respondía él siempre.
   Dante no se quedó mucho tiempo donde yo había vivido durante toda mi vida, pero prometió volver cuando yo cumpliera los 18 y pudiera ir a donde me diera la gana aunque mis padres no quisieran, que era el problema, mis padres.
   -¿Por qué no me dejáis soñar? -les decía yo siempre.
   -Ya has soñado más que suficiente, Annie -contestaba mi padre enfadado siempre-. Y encima llega el italiano ese y hace que te vuelvas aún más loca...
   Y mi madre seguía mordiéndose las uñas hasta la raíz.
   ¿Por qué me llamaba loca? ¿Porque para mi las cosas que a ellos les parecían esenciales no eran más que tonterías? ¿Por qué no compartía el mismo punto de vista que tenían ellos sobre todo? Quizá los locos fueran ellos, que creían que podrían pararme los pies...


Escrito por Alicia González.

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