lunes, 3 de junio de 2013

El desconocido

   Aquel día yo iba caminando como si nada hacia el instituto, como hacía cada día, cuando pasó algo que no pasaba cada día.
   Recuerdo que estaba comiendo una manzana por el camino de desayuno, ya que iba tarde a clase, pero en cuanto lo vi, la manzana se me cayó al suelo por la impresión y me olvidé de las clases. Era alto y ancho, con el pelo muy corto y rubio y los ojos negros, completamente negros. Llevaba una mochila colgada del hombro, y sujetaba una hoja de papel en una mano, la cual estaba leyendo con el ceño fruncido.Cuando me quedé pasmada mirándolo fijamente, él levantó la vista y se me quedó mirando también.
   Yo había visto a aquel chico antes, estaba segura, pero ¿dónde?
   El chico rubio se acercó a mi despacio sin dejar de mirarme a los ojos hasta pararse en frente de mi.
   -¿Liz? -preguntó él mientras me acariciaba la mejilla.
   Yo me quedé quieta sin decir nada.
   -¿Eres tú de verdad? -volvió a preguntar el chico rubio.
   -¿De qué te conozco? -le pregunté yo.
   -Nos conocemos de toda la vida, Liz -dijo él-. Ven conmigo.
   Me cogió la mano y me llevó a rastras hasta una casa que había allí cerca, la suya supuse.
   -¿Dónde vamos? -le dije.
   El chico se limitó a sonreírme sin decir una palabra.
   Entramos en la casa y subimos al piso de arriba, entramos en una habitación y me indicó que me sentara en la cama.
   -Espera un momento.
   Estuve estudiando la que debía ser su habitación mientras él rebuscaba en un cajón. Había algunos dibujos de paisajes colgados en las paredes, y no muchos muebles; un escritorio, una cama pequeña y un armario.
¿Qué hacía yo allí, en la casa de un desconocido? ¿Y por qué me parecía como si estuviera en casa?
   Un rato después, el chico se sentó a mi lado en la cama y me dijo:
   -No te asustes, ¿vale? Es normal que no me recuerdes, pero se que lo harás en cuanto veas esto.
   Y me enseñó la foto. En ella aparecíamos el chico rubio y yo. El chico rubio aparecía besándome la mejilla mientras me abrazaba y yo estaba con la boca abierta y los ojos cerrados, como riéndome.
   Y entonces lo recordé todo.
   -¿Aiden? -le dije, sabiendo ya que el desconocido no era para nada un desconocido.
   Él se limitó a asentir. Yo me abalancé sobre él y le llené a besos.


Escrito por Alicia González.

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