viernes, 21 de junio de 2013

Amigo

   Terry salió de casa a las 6 para correr, igual que todos los fines de semana. Entre semana corría antes de ir al instituto, y por la tarde podía llegar a pasarse horas en el gimnasio.
   Terry medía alrededor de 1,75 m, y era ancho y musculoso, aunque antes no había sido así.
   Desde que era pequeño había sido un niño gordo. En el colegio le habían empezado a molestar con eso, y en el instituto habían llegado a fastidiarle bastante con el tema. Había llegado a pesar más de 100 kilos.
   Siempre que salía a correr no podía evitar recordar su anterior vida. ¿Por qué a la gente le había importado tanto su peso? Incluso acabó por importarle a él también. Aunque era un chico de lo más inteligente, buena persona e incluso divertido, a la gente le daba igual, lo que les importaba era su físico.
   Llegó a un punto en el que Terry no soportaba mirarse en un espejo, y ni hablar de que alguien le viera sin camiseta.
   Terry pensó que si empezaba a comer mejor y a hacer ejercicio acabarían aceptándolo, y aceptándose a sí mismo, pero resultó que la gente que, cuando perdió peso, se acercó a él, era gente de lo más estúpida y superficial.
   ¿Dónde estaba la solución entonces? ¿Qué tenía que hacer para tener amigos? Y es que se sentía tan sólo...
   Esa mañana, Terry llevaba la música a todo volumen en sus auriculares. Iba a cruzar por una esquina, cuando chocó con algo y cayó sentado en el suelo. Había un chico más bien pequeño tumbado en suelo mirándolo con sorpresa. Terry se quitó los auriculares y, tras levantarse él, ayudó al otro chico a levantarse.
   -Eh, ¿estás bien? Lo siento, no te he visto -le dijo Terry.
   -Ya, ya, se ve...
   -¿Te has hecho daño?
   -No, no. Estoy bien -dijo el chico pequeño sonriendo-. Me llamo Kevin, ¿y tú?
   -Terry -dijo éste dándole la mano al pequeño Kevin.
   No parecía en realidad tan pequeño, tendría a lo mejor uno o dos años menos que Terry.
   -Creía que era el único que corría tan temprano un sábado -dijo Kevin.
   -Pues ya ves que no -contestó Terry sonriendo.
   -Bueno, yo me tengo que ir ya. ¿Hacia dónde vas tú?
   -Ah, en realidad pensaba dar un rodeo por la manzana, pero si quieres te acompaño, no tengo prisa.
   -Bien, ¿vamos?

   Y así conoció Terry a su primer y mejor amigo, pensando en lo sólo que estaba y sin esperárselo, desde luego.


Escrito por Alicia González.

1 comentario:

  1. Es una pena que las personas se fijen tanto en las apariencias, pero por desgracia, así es. Vivimos en un mundo en el que el interior de los demás está infravalorado.
    Como en el caso de Terry, hay ocasiones que las mejores cosas de nuestra vida, suceden un día cualquiera, sin nosotros siquiera esperarlo.
    ¡Besitos!

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