sábado, 11 de mayo de 2013

Sheryl


   Sheryl siempre lo observaba todo, pero sin decir nada.
   Desde pequeña hacía eso. Sus padres pensaron al principio que era gracioso ver su dulce carita mofletuda mirándolo todo, por simple que fuera. Después empezaron a preocuparse, ya que la niña crecía y no hablaba. Ni siquiera balbuceaba, ni berreaba cuando lloraba. Cuando quería algo le daba toques en la mano a su madre.
   Cuando Sheryl cumplió 5 años la llevaron al médico. Un par de semanas después, tras diversas pruebas, los médicos dijeron que la niña no tenía ningún problema. No era muda, ni autista, etc. Ningún problema.
   Sheryl empezó a ir al médico una vez por semana. El médico le dijo a sus padres que la niña parecía entender cuando le hablaban, ya que asentía, sonreía, fruncía el ceño, etc. Pero no hacía amago de contestar.
   Los padres de Sheryl aceptaron que la niña era un poco rarita.
   Pasaban los años y Sheryl seguía sin hablar. Daba clases en casa, ya que no interactuaba con el resto de personas de su entorno.
   Al principio, al sr. Jones, su profesor, le pareció un poco extraño dar clase a una alumna que no hablaba, pero acabaron entendiéndose bien. Cuando Sheryl no entendía algo, le daba golpecitos en el brazo, y el sr. Jones se lo volvía a explicar.
   ¿Dónde escondía Sheryl sus palabras? ¿Era alguien capaz de no decir una palabra en toda su vida?
   Resultó que la vida de Sheryl fue mucho mejor que la de mucha otra gente. Sheryl fue mucho más feliz guardándose sus reflexiones para ella misma que otras personas que se dedicaban a dar siempre su opinión, se la pidieran o no.
   -Sheryl -le dijo una vez su madre cuando ya era adulta-, ¿por qué no hablas?
   Sheryl se encogió de hombros y, por una vez en su vida, habló:
   -Simplemente, no creo que tenga nada que decir.
   Sheryl no volvió a hablar nunca más.


Escrito por Alicia González.

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