sábado, 4 de mayo de 2013

Keila

   José corrió hacia el edificio donde se encontraba el veterinario tras encontrarse a Keila en el suelo inconsciente.
   Keila había llegado allí cuando era tan sólo una cría, unos cazadores habían matado a la madre de la gueparda y unos excursionistas la habían encontrado cuando estaba muriéndose de hambre. Keila no se había dejado tocar por nadie, menos por José.
  José entonces no tenía más de 10 años, y había acompañado a su padre al trabajo, el cual se dedicaba a buscar curas para enfermedades casi imposibles en su laboratorio. Y la vio. Estaba gruñendo a uno de los voluntarios, quien le estaba intentando dar de comer. La pequeña Keila fijó su mirada en él nada más entrar en el cuarto donde ella estaba. Keila ignoró al voluntario y se dirigió lentamente hacia José, hasta llegar hasta sus pies. Se tumbó y se le quedó mirando, hasta que el pequeño se agachó y le acarició el lomo. Desde ese momento se hicieron inseparables.


   Ahora, 8 años más tarde, José y Keila seguían siendo igual de amigos. La gueparda había enfermado hacía un par de semanas, pero no sabían que era. Una de las muchas tardes en las que la visitaba, encontró a Keila en mal estado.
   José corrió hacia el edificio donde se encontraba el veterinario tras encontrarse a Keila en el suelo inconsciente.
   -¡Papá! -gritó José irrumpiendo en el laboratorio.
   -¿Qué te pasa José?
   -Es Keila, está inconsciente.
   -¿Qué ha pasado?
   -¡No lo sé, he entrado la he encontrado así!
   Padre e hijo se dirigieron a la jaula de Keila.
   Esa fue la última vez que José vio a Keila.


Escrito por Alicia González.

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