viernes, 3 de mayo de 2013

Inspiración


    Mi inspiración... hace tiempo ya que la perdí. Al parecer iban de la mano con mis hormonas, mis granos y mis complejos, se fue cuando todos ellos se fueron.
   De joven me dedicaba a escribir pequeños artículos en revis
tas, algunas historias, poemas, etc. Tenía claro que llegaría a ser un gran escritor, pero un día la perdí, y se acabaron los finales felices en mis historias.
   Se llamaba Luna. Yo siempre me burlaba de su nombre, pero a ella le gustaba, y a mi me gustaba ella. Me llenó el corazón de amor y la cabeza de bobadas, llegó un momento en el que no podía pasar más de unas horas sin escribir algo nuevo.
   Entonces llegó él, el hombre que me la quitó.
   Empecé a ser infeliz, bastante infeliz, pero aún seguía siendo joven, pensaba que encontraría a alguien, así que me inspiración, aunque en menor cantidad, siguió estando ahí.
   Los años pasaban, el amor me esquivaba y la inspiración se alejaba, dejando lugar a la tristeza. Veía todos esos rostros felices, todo ese amor... ¿por qué yo no podía tener eso?
   Tenía tan sólo 25 años cuando la inspiración se fue del todo, pero yo seguía decidido a encontrarla de nuevo, así que seguí escribiendo. Las revistas en las que había estado años trabajando dejaron de publicar mis artículos, los cuales se veían cada vez más aburridos, como yo mismo. Un par de años después pasé a escribir artículos deportivos en un periódico.
   Y la vi. Luna.
   En ese momento yo estaba escribiendo un artículo sobre un partido de baloncesto del día anterior cuando noté su mano en mi hombro. Sin saber cómo, supe que era ella antes de girarme y ver su cara. Más tarde me dijo que iba a ser mi compañera de trabajo.
   -Veo que volvemos a encontrarnos -me dijo en ese momento.
   Sentía a la vez el corazón en los oídos, mariposas en el estómago y ganas de vomitar. ¿No era increíble que, con todo el daño que me había hecho aquella mujer, siguiera queriéndola así?
   -Hola Luna.
   -¿Cómo te va todo, Javier? Hace mucho que no sé nada de ti.
   -Ya sabes... -dije encogiendo los hombros.
   -¿Te gustaría quedar luego a tomar café y hablar un rato?
   -Eh... sí claro.
   -Genial, luego te veo.
   Me quedé en esa posición varios minutos antes de pensar en la cara de idiota que estaría poniendo en ese momento.
   Esa tarde la llevé a la mejor cafetería que conocía, bebimos un café y, sobretodo, hablamos. Fue la primera vez en mucho tiempo que me oía a mi mismo reír a carcajadas, y esa felicidad... creía que la había perdido para siempre.
   Desde ese día las cosas fueron a mejor, era como si el destino me estuviera compensando por todos los años tristes que pasé en mi vida.
   Mis historias, las que volví a escribir, acabaron al fin con final feliz.


Escrito por Alicia González.

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