viernes, 26 de abril de 2013

Pensamientos de un sordo



   No es fácil ser sordo. Empezó cuando tenía ocho años. Un día, en el colegio, empecé a oír un pitido. A partir de ese día empecé a oír el mismo pitido cada vez con más frecuencia, cada vez más fuerte. Al cabo de un tiempo se convirtieron en dos pitidos, que más tarde fueron tres. Esos pitidos tapaban las voces de quienes me hablaban, cada vez oía menos. Alrededor de un año después dejé de oír incluso los pitidos, era definitivamente sordo.
   Al principio fue horrible. En “el año de los pitidos”, como lo llamo yo, fui al médico claro. Me dijeron ya que me iba a quedar sordo y empecé a aprender esa lengua de signos tan extraña. La verdad, yo no me lo tomé muy en serio, no podía creerme que fuera a quedarme sordo, sólo tenía ocho años. Cuando me quedé sordo me liaba bastante, pero claro, me quedaba toda la vida para perfeccionar el idioma que tendría que hablar el resto de mi vida.
   En el años de los pitidos empecé a tener cada vez menos y menos amigos, claro, en el colegio apenas me enteraba de lo que decían, y además los pitidos me ponían de un humor de perros, y mucho más cuando me enteré de que me quedaría sordo.
   Cuando me quedé sordo, casi todo cambió en mi mundo. Yo tan sólo tenía 9 años, tuve que aprender que hablar con las manos, acostumbrarme a no oír ni nada ni a nadie, perder a todos mis amigos de la infancia, etc. Una mujer empezó a venir a mi casa para enseñarme a mi, a mis padres y a mi hermana mayor el lenguaje de signos. Mis padres y mi hermana se hablaron a hablar en casa siempre hablando y reproduciendo las palabras con las manos, aunque no se dirigieran a mi, lo cual me hacía sentir mejor, ya que así me enteraba de lo que hablaban.
   La misma mujer que nos enseñó a todos el lenguaje de signos empezó a darme clases en casa, yo aun era muy pequeño y me negaba a ir a un colegio especial para sordos. Mis padres y mi hermana me ayudaron mucho, se turnaban para entretenerme, llevarme a algún sitio, jugar conmigo, contarme cuentos (con señas).
   En realidad, aunque echaba de menos oír las voces de la gente y escuchar música, mi hermana me decía que tenía suerte de no tener que oír las tonterías que decían algunas personas.
   Lo que más me consolaba eran los libros. Era algo que no había cambiado. Me gusta releer viejos libros que leí hace ya tiempo, aunque sean infantiles, me hacen pensar por un momento que todo sigue igual.


Escrito por Alicia González.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada