domingo, 14 de abril de 2013

Perro, puntualidad


    En cuanto salí del colegio, me dirigí corriendo al callejón donde siempre estaba Toby. Desde que le conocí, empecé a dejar de comerme el desayuno que mi madre preparaba. Me daba pena no comérmelo, pues mi madre lo había hecho con mucho cariño para mi, y siempre con lo que más me gustaba, y también tenía mucha hambre, pero Toby lo necesitaba más que yo.
   Allí estaba él cuando llegué, tan puntual como siempre.
   -¡Hola pequeño! ¿Qué tal tu día hoy? -le saludé.
   Toby era un perro callejero. Cuando lo encontré estaba muerto de hambre, tenía suerte de que yo llevara algo de dinero encima para comprarle algo de comer. Alguna tarde lo había llevado a mi casa cuando no estaba mi madre para lavarlo, quitarle las pulgas, etc. Pero no se podía quedar en casa, mi madre odiaba los animales.
   Cada tarde iba al callejón donde conocí a Toby, él me esperaba allí y yo le daba de comer, también algo de agua. Me alegraba ver como Toby cada vez estaba menos flacucho, ahora era incluso más bonito. Era blanco entero, excepto los ojos y las orejas, que eran marrones.
   Le puse el bocadillo a Toby en el suelo también le puse agua en un cacharrito que siempre traía conmigo, mi madre no lo echaría de menos por unas horas.
   A mi tampoco me había atraído nunca antes ningún animal, como a mi madre, pero con Toby fue diferente. Era tan bueno... tan noble... el mejor amigo que nadie podía tener.


Escrito por Alicia González.

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