martes, 16 de abril de 2013

Kleenex, amor


    Marissa siempre había sido una niña muy insegura. Siempre le solía caer bien a le gente, pero a Marissa no le gustaba su cuerpo, no se aceptaba a sí misma. Una de las cosas que siempre había odiado sobre ella era su alergia, la cual tenía durante todo el año. Tenía alergia a el chocolate, al polen, a los guisantes, a el pelo animal, etc. A cualquier cosa. Su nariz siempre estaba enrojecida e irritada por muchas cremas que se echase, y tenía que cargar siempre con mínimo tres paquetes de kleenex.
   Entonces Marissa se enamoró. Fue algo bonito para ella, ya que nunca había sentido ese sentimiento por nadie, y nunca imaginó que sería tan fuerte, y es que no podía apartar de su cabeza a su querido Paul. Paul era le chico más guapo de la clase, todas las chicas estaban locas por él, sin excepción. Paul era guapo, atento con las chicas, simpático, gracioso...
   Un día Marissa se atrevió a hablar con él. Para ella fue un momento mágico, y para él el comienzo de una pesadilla. A partir de ese momento, Marissa le saludaba siempre que lo veía, siempre, además intentaba entablar conversación con él sobre cualquier cosa en cualquier momento, estuviera donde estuviera, hicieran lo que hicieran, y es que era tan inocente la pobre Marissa... Empezó incluso a sentirse más segura de sí misma, ya que ella pensaba que Paul sentía lo mismo por ella que ella por él.
   En una ocasión en la que Marissa fue a hablar con Paul, oyó nombrar su nombre. Paul estaba hablando con algunos amigos en una zona retirada del recreo. Marissa se escondió en una esquina mientras escuchaba la conversación que mantenían.
   -¿Cómo te va con tu novia, Paul? -preguntó uno de sus amigos riéndose a carcajadas.
   -Para ya Billy... -contestó él.
   -Es que no entiendo por qué no le dejas las cosas claras, siempre te está molestando, ¿cuándo piensas mandarla a paseo? ¿Cuando estéis en la boda?
   -¡Tío, no me casaría jamás con esa máquina de mocos! ¿Has visto su nariz? Da asco -dijo Paul riéndose-, si me casara con ella tendría que comprar una fábrica de klee
nexs.
   Paul y sus amigos rieron a carcajadas mientras Marissa se iba de allí. Nunca, en su vida, se había sentido más humillada que en ese momentos. Pero bueno, no todos son finales felices, ¿no? Y eso ayudó a Marissa a darse cuenta de que aquel chico no merecía la pena, claro que también bajó su autoestima hasta límites insospechados, pero con ello aprendió mucho.


Escrito por Alicia González.

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